Un trabajo académico de María Caridad Bonavida Foschiatti, profesora en Historia de la Facultad de Humanidades de la UNNE, titulado “Las disputas por la memoria en torno a la masacre de Napalpí”, reavivó la pregunta sobre quién fue el primero que instaló en la sociedad los pormenores de esa horrible matanza.
Afirma que “se considera a Vidal Mario un pionero en la cuestión”, pero que, sin embargo, “no fue el primero, ni el único”.
Documentaciones y viejas notas periodísticas que tengo a mano me hacen pensar que tal afirmación es inexacta.
Revisarlas no dejan dudas de que dicho escritor fue quien instaló fuertemente esa historia en la sociedad, y además abrió caminos a otros escritores e investigadores.
Hace veintisiete años (7 de junio de 1998), la Cámara de Diputados del Chaco declaró de interés legislativo su libro “Napalpí, la herida abierta”, y lo distinguió “por la resonancia nacional” alcanzada por dicha obra. Hasta le compró 500 ejemplares.
Pero a medida que iba pasando el tiempo, también iba apareciendo gente atribuyéndose la paternidad de la historia.
Uno hasta recibió una distinción de la Cámara de Diputados del Chaco “por revelar los horrores de Napalpí”.
Evidentemente ignoraban que dicho homenajeado comenzó a interesarse en el tema unos siete años después de la aparición de aquel primer libro de Vidal Mario.
Otro que fue erigido como padre de la criatura fue un investigador aborigen, ya fallecido.
Mientras a Vidal Mario se lo ninguneaba, sobre el investigador aborigen se vertían declaraciones como estas:
“Fue el mejor historiador que parió el Chaco en estas últimas décadas”, “el investigador que dio el primer paso para investigar la masacre de Napalpí”, “el historiador que logró mantener viva la historia de Napalpí”, y otras por el estilo.
Cuando Mario lanzó la historia en 1998, dicho investigador aborigen todavía estaba en la secundaria.
Inclusive, el 21 de julio de 1999, a través de Norte admitió con sinceridad que “hasta la aparición del libro de Vidal Mario, gran parte de nuestra sociedad desconocía la verdadera historia de la masacre de Napalpí”.
Nada nuevo
Justo es reconocerlo, antes de aquel libro de Mario (marzo de 1998), ya se habían difundido sobre el tema una tesis doctoral, un artículo en la Revista Latinoamericana de Sociología, un trabajo de estudiantes de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA), y dos o tres libros sobre grupos indígenas chaqueños que citaban el episodio.
No era un secreto. Hasta los norteamericanos estaban informados de eso que ocurrió en Napalpí.
En 1954, un dirigente menonita llamado William D. Reyburn publicó en Elkhart (Indiana) “Los indígenas tobas del Chaco Argentino”, dedicando varias líneas al episodio.
Pero fue el que trajo la explosión fue el libro de Mario. Nunca antes había habido un texto que revelara con tan impresionante riqueza de detalles y crudeza lo sucedido en la mañana del 19 de julio de 1924 en la actual Colonia Aborigen Chaco.
Ese libro fue el primero. Seguramente por eso fue reeditado cinco veces, motivó una demanda por 116 millones de dólares contra el Estado Nacional (caso inédito en la historia de la literatura argentina), fue presentado en el Senado Argentino y en universidades, fue mencionado en el New York Times, y difundido en Alemania, Suecia y Austria por la escritora y documentalista Gaby Weber.
Motivó documentales y videoclips, obras teatrales y canciones dedicadas a la rememoración de la tragedia. Incluso fue presentado por su autor en la iglesia Saint Elizabeth de Nueva York, y una banda de rock se puso como nombre “Napalpí”.
Como acertadamente lo señaló Julio René Sotelo, ex diputado e hijo del indigenista René James Sotelo: “La masacre se transformó en una cuestión tapada y escondida, hasta que la redescubrió el periodista y escritor Vidal Mario con su libro Napalpí, la herida abierta”.

