¿Tenía la cruz (ese instrumento de ejecución romano que siglos después terminó convirtiéndose en símbolo oficial del cristianismo) forma de espada?
Que era como una espada con la punta hacia abajo es una historia que comenzó el 28 de octubre del año 312 con la batalla del puente de Milvio, entre los ejércitos de los augustos Constantino y Majencio, dos que se disputaban el control del Imperio.
El biógrafo personal de Constantino, Eusebio de Cesárea (autor de los libros “Vida de Constantino” e “Historia de la Iglesia”) afirmó que Jesús le había hecho saber a éste que la victoria sería suya.
En “Vida de Constantino”, relató que cuando el mismo se dirigía a la batalla, en determinado momento miró al cielo y vio sobre el sol una cruz en forma de espada rodeada por ésta leyenda: “In hoc signo vinci”. “Con este signo vencerás”.
En el año 326, la madre de Constantino (hoy conocida como Santa Elena) viajó a Jerusalén, donde, dijo, encontró el instrumento de suplicio que había ido a buscar.
Así relata la Iglesia el supuesto hallazgo:
“Increíble fue el gozo de sanque era como una letra T. Pudo haber sido sólo un madero. ta Elena, la cual hizo gracias al Señor por tal señalado regalo y beneficio, y mandó edificar un suntuoso templo en aquel mimo lugar, donde dejó parte de la cruz ricamente engastada y adornada, y la otra parte con los clavos envió a su hijo el emperador Constantino, el cual mandó ponerla en un templo que labró en Roma, y que después se llamó “Santa Cruz de Jerusalén”.
Ordenó además que desde entonces ningún malhechor fuese crucificado, y que la cruz que hasta aquel tiempo era el más vil e ignominioso suplicio, fuese de allí adelante la gloria y corona de los reyes, y así trocó las águilas del guion imperial por la cruz.
Con ella mandó batir monedas y poner un globo del mundo en la mano derecha de sus estatuas y sobre el globo la misma cruz, para que se entendiese que el mismo mundo había sido conquistado por la santa cruz de nuestro Redentor Jesucristo, y que ésta misma cruz había de ser el escudo y defensa de la república cristiana”.
¿Cómo era?
Se desconoce cómo era ese instrumento en el cual los romanos clavaron a Jesús.
No hay registros sobre su forma ni existen informaciones, ni datos, ni evidencias que prueben.
Otros creen que tal crucifixión no existió porque no lo mencionan los historiadores contemporáneos de Jesús, ni consta en documentos romanos o judíos de la época.
Lo cual obedece a que, en su momento, la crucifixión de Jesús no tuvo la menor relevancia.
Es que él era sólo uno más de los miles de rebeldes religiosos, políticos o esclavos sublevados que en aquellos tiempos Roma crucificaba, a veces masivamente, a lo largo y ancho del Imperio.
Cuenta la historia que setenta años antes de Jesús, unos 6.000 esclavos sobrevivientes de la rebelión encabezada por Espartaco fueron crucificados a lo largo de la Vía Apia.
Para los romanos, crucificar era como el pan de cada día. La crucifixión era algo común, algo que hacían casi a diario con quienes consideraban hostil al Imperio.
Se cuenta que Jesús no fue el único crucificado ese día en el Gólgota, sino que, al lado suyo, había dos más cuyos nombres ni siquiera merecieron una mención. Por eso los historiadores y escribas de esos días no estimaron que la crucifixión de un agitador –como se lo consideraba a Jesús- tuviera mérito para que constara en sus escritos.
No fue sino porque esa crucifixión en particular originó una nueva religión que varios siglos después la cruz (supuestamente dos palos clavados uno sobre el otro) se convirtió en logotipo o símbolo oficial de la religión cristiana.
¿Por qué pasó a la historia el atentado contra el archiduque de Austria, Fernando, y de su esposa, en Sarajevo?: porque desencadenó la Primera Guerra Mundial.
Si el asesinato de la pareja real austríaca no hubiera tenido por resultado la más espantosa guerra que hasta entonces había sufrido la humanidad, no hubiera pasado de ser uno de los olvidados magnicidios cometidos a lo largo de la historia del mundo.
En el caso de Jesús, ni los propios evangelistas le dieron importancia a su crucifixión.
Por eso en los Evangelios no hay un relato riguroso, detallado y pormenorizado de ello.
De no haber desencadenado una nueva religión, la de Jesús hubiera sido otra olvidada crucifixión.
