El 30 de marzo de 1963, en ceremonia encabezada por el presidente Alfredo Stroessner, quedó inaugurada una nueva escuela en mi pueblo natal, Itá, Paraguay.
En ese acto de hace 63 años, estuve como alumno del tercer grado.
La mayoría de los niños que estábamos allí presentes en realidad veníamos de otra escuela, “Manuel Gamarra”. Esta no tenía edificio propio, funcionaba en casa común, por lo que a muchos alumnos se nos transfirió a la flamante institución.
Estaba también el empresario Enrique Doldán, donante del edificio y de los relojes que todavía están en lo alto de la iglesia.
Lo anterior es meramente anecdótico.
A los efectos del objetivo de esta columna, quiero referirme a otro de los personajes que estaban allí, un periodista, escritor e historiador de 84 años que moriría seis años después.
Se llamaba Juan E. O´Leary, lo apodaban “El reivindicador”, y la razón por la que estaba allí era porque habían puesto su nombre a la nueva escuela.
Los años que vinieron me permitieron interiorizarme que no existe otro ejemplo en la historia de la literatura paraguaya como el suyo, en que un periodista y escritor haya violado tan radicalmente sus principios a cambio de dinero, títulos y honores.
Una rara metamorfosis
La suya fue realmente una extraña e inusual metamorfosis.
De tenaz antilopista pasó a ser lopista a muerte vocero del lopismo, un paladín de la reivindicación del hombre que había invadido primeramente al Brasil, seguidamente a la Argentina, y terminó arrastrando a los paraguayos a una guerra infernal.
O´Leary era además una suerte de vocero cultural del coloradismo. A partir del año 1954, se volvió también vocero del stronismo, que lo llenó de distinciones y atenciones.
Tengo presente en mi memoria y en mis archivos dos ejemplos de la consideración gubernamental que se le tenía.
El 16 de agosto de 1954 fue Perón a Asunción a devolver algunas reliquias de la Guerra de la Triple Alianza y a otorgar a Stroessner el grado de Oficial de Estado Mayor “honoris causa” del Ejército Argentino.
En la misma ceremonia, que se realizó en la Plaza Juan de Zalazar y Espinosa, de Asunción, Perón entregó al escritor del que hablo la Orden al Mérito en Grado de Gran Cruz.
El régimen de Stroessner lo consideraba “el más grande defensor de la heredad nacional y figura venerada por todos los paraguayos”.
Le hicieron un busto de bronce que fue inaugurado por Stroessner el 1° de marzo de 1955 en la plaza ubicada al lado del Oratorio de la Virgen de Asunción y a la vez Panteón Nacional de los Héroes.
Lo llamativo fue que el propio escritor asistió a la celebración de su propia gloria.
“No lo perdono”
¿Quién hubiera creído o imaginado que en su juventud O´Leary odiaba tan intensamente a Francisco Solano López que hasta había jurado que su odio sería eterno?
Es que ese loco de la guerra había provocado el martirio de su madre, Dolores Urdapilleta Caríssimo, y la muerte de sus medio hermanos, los hijos que Dolores había tenido con su primer marido, Ricardo Jovellanos, un juez al que López también asignó un triste final.
De allí venía su odio (ese odio que juró sería por toda la eternidad) hacia el “Nerón americano”.
Tanto lo repudiaba que, evocando a los hermanos que nunca pudo conocer, escribió:
“Para tus verdugos y para los verdugos de nuestra patria –perdóname, madre mía- mi odio es eterno. Madre, tu martirio es infinito. Día tras día, a cada momento, aparecen ante tus ojos las sombras de tus hijos, mis hermanos, muertos de hambre en la soledad de la peregrinación.
Tú los viste morir. Tú presenciaste aquella agonía indescriptible y, después que murieron, tuviste que dejar sus pequeños cuerpos fríos bajo una capa de tierra y una alfombra de flores.
¡Pobres mis hermanos! Yo también los veo en mis sueños; envueltos en nítidas mortajas, flotan en el espacio como blancos angelitos. Ni siquiera ustedes escaparon de la furia de los tiranos y de los Caínes.
Algún día, cuando mi canto sea digno de ustedes, enterraré su memoria en la cristalina sepultura de mis versos.
Tú perdonaste al tirano que tan brutalmente te maltrató. Yo no lo perdono. Lo olvido. Y en éste día, uno mis lágrimas a los tuyos y con mi alma abrazo a esos pobres mártires, mis hermanitos, muertos de hambre en la soledad del destierro”.
Sin embargo, el episodio que le inspiró tan dolorosas palabras no le impidió que escudándose en el seudónimo “Pompeyo González” en 1902 empezara a desplegar su talento literario para enaltecer al dictador que había jurado odiar de por vida.
El dinero que por sus columnas tituladas “Recuerdos de Gloria” le pagaba Enrique Solano López, fundador y propietario del diario “Patria” e hijo de Francisco Solano López, fue el elemento que provocó en él esa rara, sorprendente, llamativa, amnesia.
Sepultó en su memoria lo sucedido con su madre y sus hermanos muertos durante la huida de López y empezó a predicar que el único error de éste había sido “no haber vencido”, que su único crimen había sido “amar demasiado a su patria”.
Su pluma mercenaria terminó convirtiendo al auto-denominado Mariscal en “una montaña de patriotismo, nudo de nuestra historia, principio y fin de nuestra epopeya, clave de nuestro pasado, cumbre y cima, aurora y ocaso, resplandor de luz meridiana, encarnación de todas nuestras grandezas morales, símbolo vivo de todos nuestros dolores”.
Todo por plata
Cuando comenzó su campaña “reivindicadora” había declarado que el objetivo de sus artículos era “exponer a las nuevas generaciones las hazañas de los héroes de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza”.
La verdad era otra: lo hacía porque a su patrón, Enrique Solano López, le urgía mejorar la figura de su padre para favorecerlo en un resonante juicio que se ventilaba en tribunales de Buenos Aires y Río de Janeiro por los extensos territorios que reclamaba su madre, Elisa Alicia Lynch, juicio que finalmente perdieron.
Juan E. O´Leary murió el 31 de agosto de 1969, a los noventa años. Mi recordada ex escuela, una calle de Asunción, y una ciudad del Alto Paraná, siguen llevando su nombre.
