El empresario Marcelo Porcel está procesado por presuntos delitos sexuales contra diez adolescentes. Después de que se lo viera el domingo en una misa en la Basílica de Luján, finalmente le colocaron la tobillera electrónica, medida que la Justicia había dispuesto días antes de que el hombre se moviera como si nada.
Los denunciantes son compañeros de colegio de sus hijos, y tenían entre 11 y 15 años cuando sucedieron los abusos.
La decisión de los padres de presentarse en los tribunales no fue fácil, ni sucedió de un día para el otro. Por primera vez, una madre cuenta cómo se enteraron de una realidad que el acusado se esmeraba en ocultar, qué sintieron cuando sus hijos les relataron los horrores que habían vivido y, finalmente, cómo se animaron a romper el cerco del silencio y de los prejuicios y hacer públicos los hechos.
De pronto, el horror: mi hijo es abusado por una persona en la que yo confío
De pronto, el horror apareció en el momento, el lugar y la persona menos esperada.
Existía una comunidad de padres en el histórico Colegio Palermo Chico, una institución bilingüe de perfil exclusivo que reúne a familias de clase media alta. Eran vecinos, compartian rutinas, cumpleaños, actos escolares y preocupaciones comunes.
Se sabían parte de un mismo universo. Un entorno que, al menos en apariencia, parecía inmune a las amenazas que suelen atribuirse al mundo exterior.
Con los años, la confianza se transformó en una forma de convivencia. Como ocurre en tantas comunidades educativas, o en clubes, los padres aprendieron a acompañarse en la crianza de sus hijos. El pacto era tácito, casi invisible: cuidarse entre todos.
Aquellos chicos acababan de dejar atrás la escuela primaria y daban sus primeros pasos en la adolescencia. Tenían apenas 13 años. Comenzaban a adaptarse a las exigencias de la secundaria mientras atravesaban las transformaciones propias de la pubertad: cambios en los tonos de voz, la revolucion del acné, los primeros amores, las inseguridades, el descubrimiento de la sexualidad y de emociones que apenas empezaban a comprender.
Hay pruebas de que el empresario Marcelo Porcel grababa a los compañeros de colegio de su hijo bañándose. (Foto: TN)
Es una etapa extraordinaria y frágil al mismo tiempo. Un momento de enorme potencia vital, pero también de profunda vulnerabilidad. La edad en la que los hijos empiezan a reclamar independencia mientras los padres intentan encontrar el difícil equilibrio entre acompañar y dejar crecer.
Y fue precisamente allí, en ese territorio frágil, donde irrumpió la peor de las pesadillas.
Porque lo que nadie imaginó es que la amenaza no venía de afuera: ya habitaba dentro del propio círculo de confianza.
Nadie pudo anticipar que quien aparecía como uno de los padres más presentes, serviciales y mejor integrados, terminaría convirtiéndose en el centro de graves denuncias.
Los hechos comenzaron en el 2022.
Cómo Marcelo Porcel logró ganarse la confianza de los padres de los chicos que lo denunciaron por abuso
Según relatan las madres, la construcción de confianza no fue inmediata. Fue un proceso lento, paciente y calculado. Una aproximación progresiva en la que la urgencia de la vida cotidiana y la familiaridad jugaron un papel decisivo.
Mientras muchos padres dividían sus días entre el trabajo, la crianza y las obligaciones domésticas, Marcelo Porcel, empresario de posición económica muy superior a la mayoría de las familias del grupo, parecía disponer de algo que para muchos resultaba escaso: tiempo.
Tiempo para estar, para resolver, para ayudar. Pero también tiempo para elegir a sus presas.
Con esa disponibilidad fue ganando espacio dentro de la comunidad. Ofrecía colaboración permanente, solucionaba inconvenientes, acercaba recursos y se mostraba siempre dispuesto cuando hacía falta una mano.
Poco a poco, la cercanía se convirtió en confianza. Y cuando la confianza se instala, las alertas suelen apagarse.
El mensaje implícito que muchos hijos recibieron fue simple: “Es Marcelo. Es de confianza. Es parte de nosotros.”
Las madres sostienen hoy que esa confianza fue utilizada para acercarse a los adolescentes. Cuentan que la dinámica familiar funcionaba como una puerta de entrada natural: encuentros sociales, invitaciones, cenas y noches compartidas entre compañeros.
La cotidianidad se transformó en escenario.
Y detrás de esa normalidad comenzó a desplegarse un universo que los adolescentes jamás imaginaron: apuestas ilegales, ingesta de alcohol en grandes cantidades, exposición a material pornográfico y situaciones que vulneraban por completo la intimidad de los menores.
Las madres describen episodios en los que, aprovechando situaciones de vulnerabilidad provocadas por el vodka Smirnoff, se promovían conductas cada vez más invasivas.
Quebradas por el dolor, hablan de manoseo, tocamientos en los genitales, filmaciones de sus hijos desnudos e irrupciones en baños.
El Colegio Palermo Chico donde van los hijos de Marcelo Porcel. (Foto: Google Street View)
El exceso de ayuda fue el pasaje a la traición. La traición de quien ocupaba un lugar de afecto y confianza.
De la culpa a la valentía: la decisión de denunciar y el reclamo de Justicia
Esa es la realidad que golpeó de lleno a una comunidad que hoy cuenta con diez menores denunciantes ante la Justicia.
Pero esta historia no habla solamente del daño. También habla del coraje.
Habla de madres y padres que comprendieron que proteger a sus hijos no significa esconder el dolor debajo de una alfombra ni preservar apariencias sociales.
Tambien habla de una culpa silenciosa que muchos cargan hasta hoy. La culpa de no haber visto venir el peligro. Es una culpa injusta, pero profundamente humana.
Sin embargo, el verdadero legado no nace de esa culpa sino de la manera en que decidieron enfrentarla.
Porque eligieron escuchar, creer y acompañar. Y lo más importante, eligieron denunciar.
Comprendieron que el silencio nunca repara y que la vergüenza debe cambiar de lugar: es el que daña quien debe sentir esa vergüenza, nunca quienes denuncian.
Por eso acudiern a la Justicia, aportarom pruebas y confían en las instituciones del Estado.
No eligieron la venganza.
No buscaron hacer justicia por mano propia.
Eligieron algo mucho más difícil: reclamar que la ley funcione.
Ni más ni menos que eso.
Y demostrarles a esos chicos que, incluso después de la traición, siguen existiendo adultos capaces de protegerlos, de decir la verdad y de luchar por ellos.


