Hacía años que, a lo largo y ancho de su geografía, Argentina era un “teatro de guerra civil”.
A la violencia política imperante se sumaban la corrupción, la fuga de capitales, una inflación que en los primeros meses de 1976 llegó al 98,1 por ciento, un agudo desabastecimiento que hizo desaparecer hasta el papel higiénico, y una Presidenta (Isabel) física y mentalmente discapacitada para gobernar.
“Isabelita” tal vez haya sido una buena bailarina. Como presidenta era una tragedia.
Su nombre significaba: vacío de poder, ingobernabilidad, descontrol económico, malestar social, clausuras de periódicos y revistas, bombas contra diarios, prohibición de películas y violencia en todo el país.
El semanario Times dedicó dos páginas a esa descontrolada violencia política El título de la nota eximía de mayores comentarios: “Argentina, un estilo de muerte”.
El país era un aguantadero de organizaciones guerrilleras como las siguientes:
Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Ejército de Liberación 22 de Agosto (ERP 22 de Agosto), Ejército Revolucionario del Pueblo Fracción Trotskista (ERP Roja), Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), Fuerzas Armadas Peronistas 17 de Octubre (FARP 17), Fuerzas Armadas Peronistas-Peronismo de Base (FAP-PB), Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAP-Montoneros); Comando de Organización, Liga Comunista Revolucionaria y, finalmente, el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP).
Como si estos doce violentos grupos guerrilleros ya no bastaran, el gobierno creó su propio instrumento de muerte: la Triple A, acusada de matar a más de 2.000 personas.
Un pedido militar: “debe irse”
El 5 de enero de 1976, los comandantes de las tres armas: teniente general Jorge Rafael Videla (Ejército), almirante Eduardo Emilio Massera (Armada), y brigadier general Orlando Agosti (Fuerza Aérea), se reunieron con “Isabelita”.
Los tres le pidieron que, “por el bien del país”, presentara su renuncia a la Presidencia.
Ya habían logrado, en julio de 1975, el alejamiento del ministro de Bienestar Social, José López Rega. Pero éste, desde Madrid, seguía influenciando sobre ella.
En aquel encuentro, los tres militares expusieron ante la Presidenta los resultados del operativo antiguerrillero “Independencia” de Tucumán, la situación del país como ellos la veían, y la corrupción imperante en el gobierno.
Le dijeron que las Fuerzas Armadas ya no la querían como jefa del Poder Ejecutivo Nacional
Para evitar el golpe le sugirieron su alejamiento, y que el senador Luder o algún otro sucesor constitucional complete su mandato hasta las elecciones previstas para octubre.
Le advirtieron que, si se negaba, no se harían responsables de lo que pudiera suceder.
“Isabelita” se negó rotundamente. Les respondió que tenía suficiente respaldo para controlar la delicada situación que afrontaba el país, un país donde casi todos los días se cometía un asesinato político y que con sobrada razón era calificado de “capital mundial de la inflación” y “capital mundial del secuestro”.
Les dijo también que si entregaba el poder a Luder, en dos meses se produciría la desintegración total de la base política del gobierno. Eso, dijo, daría lugar a que las fuerzas castrenses asumieran de hecho el control directo de la Nación.
En cuanto a que los oficiales ya no la querían en la Casa Rosada (según los visitantes), les dijo que controlarlos era problema de ellos y que no deberían usar ese argumento para exigir su renuncia.
Los tres jefes militares replicaron que era más probable evitar la desintegración política del gobierno con su ausencia, que con su presencia.
El almirante Massera, de manera dura y tajante, le advirtió: “Nosotros no tememos una lucha”.
La respuesta de la Presidenta al marino fue igual de enérgica: le dijo que la única manera de sacarla de la Casa Rosada sería usando la fuerza física y arrastrándola.
“Isabelita” estalló en llanto. Así lo contó ella, después, al nuncio apostólico Pío Laghi.
El problema era Isabel
No sólo para los militares, también para una parte del propio peronismo, el problema era Isabel Perón. Siendo ella el obstáculo, había que ponerla a un costado para esperar con más calma las elecciones anunciadas para octubre siguiente.
Ya era un secreto que se propalaba a voces que las fuerzas armadas y algunos peronistas querían echarla de un modo o de otro, por las buenas o por las malas.
Ante esa manifiesta posibilidad, un numeroso grupo de militantes desfiló por las calles de Buenos Aires a los gritos de “¡Si la tocan a Isabel, guerra sin cuartel!”.
En determinado momento, se ofreció la Presidencia de la Nación al presidente del Senado, Ítalo Argentino Luder, quien rechazó la propuesta argumentando que aceptarla implicaría para él pasar a la historia peronista como traidor.
A principios de marzo de 1976, Massera, uno de los que habían estado con Isabel el anterior mes de enero, invitó a comer a varios peronistas “antiverticalistas”. Entre otros, asistieron los diputados nacionales Julio Bárbaro y Nilda Garré
Allí se insistió en que la única salida posible que tenía el país era la renuncia de Isabel
Se barajaron más alternativas para ello, entre ellas que continúe con su licencia por enfermedad, que sea reemplazada por otro, o sea destituida a través de un juicio político.
Para el juicio político, se pensó en denunciarla por haber pagado con un cheque de la “Cruzada de la Solidaridad Justicialista” una deuda privada de Perón con las hermanas de Evita por la sucesión de su esposa, muerta en 1952.
Sobre aquella reunión, Julio Bárbaro recordó que le dijo a Massera: “Si la echan ustedes, gobiernan ustedes; si la echamos nosotros, seguimos gobernando nosotros”.
Al final los que el 24 de marzo de 1976 la echaron fueron los militares, con las consecuencias por todos conocidas.
