El dato de la semana llegó por el lado de la inflación. Abril cerró con una suba del 2,6%, bastante por debajo del 3,4% de marzo, y el Gobierno lo tomó como un logro porque necesitaba mostrar que el salto previo no se estaba transformando en una nueva dinámica nominal.
No es un número para festejar. En una economía normal, 2,6% mensual seguiría siendo altísimo. Pero Argentina no viene de una economía normal y, si aceptamos por un momento la lógica de “lo pasado, pisado”, el ritmo de baja entre marzo y abril fue más que aceptable.
El punto es que desacelerar precios no alcanza para ordenar el humor social. Según nuestro modelo de ingreso disponible, tomando marzo como último dato cerrado, la capacidad real de consumo de las familias cayó 13,5% desde el último pico de julio de 2025. No es un dato menor, porque muestra que el deterioro no empezó en abril ni depende de un solo registro mensual. La mejora nominal de algunos ingresos no logró compensar el peso de los gastos esenciales, que son justamente los que menos margen dejan para ajustar cuando el bolsillo empieza a tensarse.
Lo que queremos marcar es que la inflación puede bajar y, aun así, el ingreso disponible puede seguir perdiendo terreno. De hecho, en abril, la inflación de 2,6% convivió con un aumento de 3,1% en los gastos inflexibles de las familias, empujado por transporte, comunicaciones y tarifas. Son rubros centrales en la canasta cotidiana de los hogares, que, cuando suben más que el promedio, diluyen la mejora esperada sobre el bolsillo.
Por eso, aunque todavía no tenemos datos salariales completos de abril, la conclusión es bastante clara: fue otro mes de caída para la capacidad real de consumo de las familias. No necesariamente porque todo haya empeorado al mismo ritmo, sino porque el alivio de la inflación no se trasladó mecánicamente al bolsillo. . .
El dato relevante es el punto de partida que deja este proceso. Nuestras estimaciones indican que el ingreso disponible de abril cerró 10% por debajo del mismo mes de 2025. Incluso bajo un escenario de recuperación más acelerada desde mayo, el promedio de 2026 terminaría cerca de 4,5% abajo del promedio del año pasado.
La pregunta, entonces, es cuánto tiempo puede pasar entre la mejora nominal y la mejora efectiva del bienestar. Ese desfasaje es políticamente decisivo. El Ejecutivo intenta recuperar la iniciativa en la agenda en medio del escándalo Adorni y de una profundización del ajuste que empieza a tensionar su relación con gobernadores dialoguistas.
Ahí entra un indicador que, a nuestro entender, conviene mirar con especial atención hasta que el escenario electoral de 2027 empiece a aclararse. Nos referimos al núcleo duro del oficialismo.
Con datos de las encuestas elaboradas por la Universidad de San Andrés en mayo, vemos que la aprobación absoluta del gobierno entre quienes lo votaron en 2023 tuvo una recomposición importante, pero sigue alicaída. Entre nov-25 y abr-26, la aprobación de ese núcleo duro pasó del 45% a tan sólo el 11%, para subir en mayo al 29%.
La erosión de su base de sustentación política parece haber frenado, y nuestra hipótesis es que todo se debe a la tranquilidad de los precios en las góndolas más que a un repunte político.
En definitiva, la dinámica de precios le está dando algo de aire a Milei en un momento en el que necesitaba mostrar capacidad de reacción. Pero el arranque del año también dejó una advertencia nítida. El Gobierno puede enderezar el barco, pero no tiene nada ganado.
Sección nacional
Capacidad instalada: una mejora con claros contrastes
La utilización de la capacidad instalada en la industria llegó a 59,8% en marzo de 2026, contra 54,4% en el mismo mes del año pasado. Es una mejora relevante, de 5,4 puntos, y también marca una recuperación frente a un arranque del año en el que enero y febrero quedaron cerca de 54%. El dato no es malo, pero tampoco muestra una industria plenamente normalizada: entre los marzos de la serie 2016-2026, marzo de 2026 queda como el quinto registro más bajo.
La lectura sectorial es más importante que el número general. Hay ramas que trabajan con niveles altos de utilización, como refinación de petróleo, metálicas básicas, papel y cartón, químicos y alimentos. En varios casos, además, la comparación interanual mejora con fuerza. Químicos es el caso más notorio, aunque ahí conviene no sobreactuar la lectura porque marzo de 2025 estuvo afectado por los problemas del polo petroquímico de Bahía Blanca. También hubo mejoras en refinación, metálicas básicas, alimentos y minerales no metálicos.
Del otro lado, la recuperación sigue dejando sectores en niveles bajos. Metalmecánica excluida automotriz, textiles, caucho y plástico e industria automotriz operan por debajo del 50%. En metalmecánica, además, la utilización cayó respecto de marzo de 2025, asociada a menores niveles de producción de maquinaria agropecuaria y aparatos de uso doméstico.
Así las cosas, la industria muestra una mejora respecto del pozo del año pasado, pero todavía con una dinámica muy desigual. Hay sectores que acompañan la recomposición, sobre todo ligados a energía, insumos básicos y algunos materiales, mientras otros siguen esperanzados con una recuperación más firme de la demanda interna.
La inflación de abril cortó una racha negativa de 10 meses
El IPC de abril fue 2,6% mensual y cortó una aceleración que concatenó 10 meses consecutivos de datos ascendentes, desde el piso alcanzado en mayo del año pasado (1,5%).
Respecto a marzo, la baja estuvo concentrada en la inflación núcleo, que pasó de 3,2% a 2,3%. En términos interanuales, la inflación se ubicó en 32,4%.
La composición deja una lectura bastante clara. El principal foco de presión volvió a estar en los regulados, que subieron 4,7%, impulsados por transporte y electricidad. Es un dato importante porque marca que la baja del IPC ocurrió aun con ajustes pendientes en precios administrados. La inflación de bienes fue 2,5% y la de servicios 2,6%, una brecha mucho menor que la observada en marzo, cuando los servicios habían corrido bastante por encima de los bienes.
Por divisiones, los mayores aumentos estuvieron en Transporte, con 4,4%, Educación, con 4,2%, y Comunicación, con 4,1%. También quedaron por encima del promedio Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles, con 3,5%, y Prendas de vestir y calzado, con 3,2%. La contracara estuvo en Alimentos y bebidas no alcohólicas, que subió apenas 1,5%, y Recreación y cultura, con 1,0%.
El dato fue bueno. Pero la discusión relevante pasa a ser otra: si abril fue un escalón hacia un régimen de inflación más baja o apenas una corrección después del salto de marzo. Ahí se juega la credibilidad del proceso.
Baja la nominalidad y se estiran los plazos
La semana dejó una mejora clara en el frente financiero. La inflación de abril ya quedó instalada como dato ordenador, pero el movimiento fue más amplio: el mercado volvió a estirar plazos, el Tesoro renovó vencimientos con buena demanda y los bonos soberanos defendieron parte de la recuperación reciente.
Ahora bien, tampoco fue una semana sin matices. El riesgo país cerró en 538 puntos básicos, 28 puntos por encima del viernes anterior, aunque todavía lejos del deterioro que había mostrado durante abril.
La licitación del Tesoro fue el dato más relevante. Finanzas adjudicó $10,7 billones frente a ofertas por $14,4 billones, con un rollover superior al 110% sobre los vencimientos de la semana. Si se incluyen los pagos de Bonceres de principios de semana, la renovación queda cerca del 93%. Pero el punto central estuvo en la composición. La colocación promedio alcanzó 531 días, unos 18 meses, y casi 45% del monto quedó concentrado en vencimientos de 2028 y 2029.
Eso importa porque la Argentina no suele conseguir plazo con facilidad. En un mercado acostumbrado a mirar vencimientos cortos, colocar deuda más allá del actual mandato muestra que, al menos por ahora, volvió cierta disposición a tomar duration. Entre el nuevo Dual junio 2028 y la reapertura del junio 2029 se emitieron cerca de $4,7 billones. Además, el Dual 2028 cortó en niveles equivalentes a CER +4% o TAMAR +7%, por debajo de la curva CER pura. Parte de la demanda, sobre todo bancos, empieza a valorar estos instrumentos más cerca de la pata TAMAR que de la curva CER tradicional.
La liquidez del sistema también empuja. Durante la semana, la caución operó cerca de 19%-20% TNA y el BCRA absorbió entre $3,5 y $4,6 billones diarios vía REPO. Con money markets y bancos necesitados de colocar pesos, el Tesoro encontró una ventana favorable.
Aun así, llama la atención que no haya absorbido más. Probablemente el equipo económico esté administrando ese excedente a la espera de una recomposición de la demanda de dinero.
La mejora también se vio en el tramo hard dollar. El AO27 cortó a la tasa mínima permitida de 5% y el AO28 salió apenas por encima del secundario. Desde fines de febrero, el Tesoro ya acumula más de USD 2.500 M emitidos vía Bonares hard MEP. En paralelo, los Globales recuperaron buena parte de la caída de abril, aunque el cierre semanal del riesgo país recuerda que la normalización todavía no está consolidada.
El frente cambiario completa la foto. Según el IPOM del BCRA, desde octubre las empresas emitieron cerca de USD 10.800 M de deuda corporativa y liquidaron USD 7.700 M en el mercado oficial, con unos USD 3.100 M pendientes de ingreso. Es decir, el BCRA no compró dólares porque desapareció la demanda privada, sino aun conviviendo con mayor dolarización de portafolios, pagos de dividendos y demanda corporativa.
A eso empezó a sumarse la cosecha gruesa. El agro aceleró liquidaciones, con jornadas por encima de USD 220 M, y el BCRA ya compró más de USD 700 M en mayo. La combinación de menor inflación, liquidez, deuda más larga, demanda por instrumentos en dólares y acumulación de reservas volvió a darle aire al mercado local. La duda es cuánto puede sostenerse cuando la liquidez deje de hacer parte del trabajo.
Sección mundo
Chips, tasas y Taiwán: la tregua frágil entre EE.UU. y China
Mientras el mercado sigue obsesionado con inflación, tasas y petróleo, la verdadera discusión de fondo empezó a desplazarse silenciosamente hacia otro lugar. La cumbre entre Trump y Xi Jinping terminó funcionando como una conversación sobre infraestructura tecnológica, inteligencia artificial y control estratégico de cadenas críticas. La vieja guerra comercial empieza a parecerse cada vez más a una “guerra fría tecnológica”.
El ejemplo más claro fue Nvidia. Reuters reveló que EE.UU. autorizó ventas de chips H200 a grandes tecnológicas chinas como Alibaba, Tencent y ByteDance. En otro contexto, eso habría parecido apenas una flexibilización técnica controles. El mercado lo leyó distinto, más como una señal de que los semiconductores dejaron definitivamente de ser un producto corporativo para transformarse en una herramienta diplomática. El principal cuello de botella de la inteligencia artificial ya no es el software ni los datos, sino la capacidad de cómputo.
Ese cambio de régimen también explica buena parte del comportamiento reciente de los mercados asiáticos. La tecnología china empezó a estabilizarse después de meses de floja performance relativa frente al ecosistema AI estadounidense. El Hang Seng Tech sigue negativo en el año, pero el mercado comenzó a distinguir entre las plataformas tradicionales de internet y los verdaderos beneficiarios de la carrera por infraestructura AI. Corea, Taiwán y Japón siguen liderando flujos regionales justamente porque concentran buena parte de esa cadena estratégica.
El problema es que toda esta narrativa convive con un contexto macro mucho más incómodo. En EE.UU., el precio al productor (proxy de los costos de producción) sorprendió al alza con la mayor suba mensual desde 2022, mientras que los servicios empezaron a mostrar que el impacto arancelario empieza a filtrarse a márgenes y servicios domésticos.
El mercado pasó rápidamente de discutir recortes a volver a ver probabilidades crecientes de suba de tasas. La referencia crítica volvió a aparecer sobre la mesa: si el Treasury a 10 años supera de forma sostenida la zona de 4,6%, el equity probablemente deje de tolerar múltiplos tan exigentes. Una muestra se vio el viernes, con tasas de todo el mundo subiendo fuertemente.
En ese contexto, Taiwán sigue funcionando como el verdadero riesgo de cola global. Xi endureció nuevamente el tono durante la cumbre y advirtió que EE.UU. y China “tendrán conflictos” si la cuestión taiwanesa no es manejada correctamente. El mercado todavía opera bajo el supuesto de competencia estratégica administrada, no de desacople total. Pero justamente ahí está la fragilidad del equilibrio actual. La economía global depende cada vez más de cadenas tecnológicas cuya estabilidad descansa sobre una distensión geopolítica extremadamente precaria.
Por eso, quizás la idea que mejor resumió la semana no vino de ningún banco central ni de ningún dato macro, sino de una descripción más simple que circuló entre mesas globales: la relación entre EE.UU. y China ya no parece encaminarse hacia cooperación ni hacia ruptura total, sino hacia una tregua táctica, útil para sostener mercados y cadenas productivas, pero demasiado frágil como para asumir que será permanente.
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