Napalpí no era un depósito de esclavos

Por Vidal Mario - Autor de cinco libros sobre la masacre de Napalpí

7 de julio 2025

“Arquetipo” es una palabra que ya poco se usa. Significa “modelo original y primario en un arte u otra cosa”.

El 24 de abril de 1950, durante el primer gobierno peronista, el ministro de Educación de la Nación, Oscar Ivaniscevich, pidió al entonces gobernador del Territorio Nacional del Chaco datos sobre quien podría ser “el nombre del arquetipo histórico de esa región, de la persona que por los relieves de su personalidad encarne la representación simbólica del alma popular de ese pedazo de la patria”.

Dicho gobernador (Nicolás Russo, luego interventor al producirse la provincialización del Chaco), pidió a estudiosos e instituciones de la época opinión al respecto.

Todos coincidieron en proponer como “Arquetipo Histórico del Chaco” a uno que ya había muerto quince años atrás: Enrique Lynch Arribálzaga.

El elegido había sido político, escritor, periodista, profesor universitario, naturalista, científico, uno de los impulsores de la provincialización del Chaco, chaqueño por adopción, y, además, fundador de la Reducción de Napalpí y cofundador-primer presidente de la Universidad Popular de Resistencia.

En esta capital, entre las avenidas Italia y 9 de Julio, hay un busto suyo que fue inaugurado en el año 1935 con un gran acto público y palabras de varios oradores.

El diputado nacional Alfredo Palacios lo definió como “un apóstol”, y Guido Miranda dijo de él que su vida había estado jalonada de “episodios brillantes y siempre significativos”.

En otro homenaje que se le hizo el 29 de junio de 1966, la bibliotecaria Ledy Besie de Guerra, hablando en nombre de la Biblioteca de Extensión “Enrique Lynch Arribálzaga”, afirmó: “Aunque no nació en esta tierra hizo tanto por el Chaco como un propio chaqueño”.

Un benefactor repudiado

Pero sucede algo muy extraño con este hombre: pese a haber hecho tanto por el Chaco y ser durante el primer gobierno peronista arquetipo histórico del Chaco, durante los dos últimos gobiernos provinciales (también peronistas) fue acusado de haber creado un campo de concentración de aborígenes llamado Reducción de Napalpí.

Se trata de un típico caso de oxímoron, es decir, de un caso de absoluta y total contradicción.

Resulta que a este científico, docente universitario, escritor, periodista, defensor del Territorio Nacional del Chaco, intendente de Resistencia, creador de un centro para el mejoramiento de la calidad de vida de los aborígenes, además de fundador y primer presidente de una universidad con orientación hacia los pobres ahora lo hacen aparecer como creador de un antro de inhumana explotación aborígenes chaqueños

En este sentido, el 3 de mayo de 2022 la Secretaría de Derechos Humanos y Géneros del Chaco afirmó que la Reducción de Napalpí fue un sitio deliberadamente ·creado por el presidente Roque Sáenz Peña para encerrar indios y explotarlos sin piedad.

El historiador aborigen Juan Chico, que formaba parte del equipo gubernamental, afirmó que ese lugar se levantó “para propósitos reñidos con los más elementales principios de humanidad”.

Hasta la jueza federal de Resistencia, Zunilda Niremperger, se sumó a la extraña teoría de que era un campo de concentración donde se hacían y cometían cosas abominables.

En la sentencia pseudo-judicial que dictó al término de un disparatado “juicio por la verdad de Napalpí”, la misma dio por “suficientemente probado” que “las condiciones de vida a las que fueron sometidos los empleados de la Reducción de Napalpí fueron deplorables, vivían hacinados, sin vestimenta apropiada, con poca comida y de mala calidad, sin atención médica, ni posibilidad de escolarizarse”.

No era un campo de concentración

¿Alguien sensato puede imaginar a un presidente como Roque Sáenz Peña mandando a un hombre con los quilates morales y culturales de Enrique Lynch Arribálzaga a concentrar indígenas en un lugar siniestro para ser explotados como animales?

Hombres como estos dos ni ebrios ni dormidos podrían haber pensado siquiera un instante en cazar y entregar indios para que el blanco los explote como esclavos.

¿Qué clase de campo de concentración era ese que ya en 1920 tenía una cancha de fútbol y dos equipos que participaban de torneos organizados por colonos blancos?

Hay que decirlo con claridad: la Reducción de Napalpí no fue un campo de concentración. Fue una novedosa colonia civilizadora y educadora, una fresca avanzada de civilización que le mostró al aborigen que había caminos hacia un destino más promisorio.

Que esa Reducción (hoy se llamaría Instituto o Fundación) creada con los más nobles propósitos se haya ido al diablo durante la trágica gobernación de Fernando Centeno, es otra historia.

La masacre que se perpetró allí no invalida la verdad de que antes de Centeno dicha colonia se regía por nobles ideales y mostraba al país cómo debe ser tratado el indio.

Nacida al amparo de nobles objetivos, no merecía el penoso final que tuvo el 19 de julio de 1924.

Te puede interesar