miércoles 18 de febrero, 2026

Mi padre y mi madre

Por Vidal Mario

16 de febrero 2026

Recién a mis 71 años, en el 2024, recolectando datos para mi libro autobiográfico “50 años a pura letra”, me enteré que mi padre se llamaba Barcilicio Rotela, pero que todos lo conocían solamente por “Rubito”, su apodo.

Lo de “Rubito” era por rubio y petiso. Descendiente de italianos, trabajaba como albañil.

Mis entrevistados afirmaron que era buena persona, pero que su talón de Aquiles era la caña, bebida que frecuentemente lo convertía en una persona violenta.

Su adicción al alcohol favorecía su participación en peleas que se desencadenaban, a veces para cobrarse algún orgullo herido, a veces para ostentar un machismo mal entendido.

Eso no era motivo de asombro para nadie. En aquellos tiempos, en aquellos campos de Itá, había hombres ignorantes que valoraban más el cuchillo que la diplomacia.

Una noche de Jueves Santo, en casa de “doña Marina, la dulcera”, quien como mi madre hacía y vendía dulces de maní, tuvo lugar un episodio que de alguna manera empezó a marcar el porvenir de mi vida, y se constituyó en uno de los factores que contribuyeron a que años más tarde me trajeran a la Argentina.

Dos hombres se desconocieron durante el juego de una lotería familiar que se jugaba en la citada casa de doña Marina “La Dulcera”. Uno de ellos era mi padre, el otro Amado, de apellido Presentado.

Aunque eran amigos, el alcohol y un cuchillo que mi padre llevaba escribieron una historia de sangre.

Amado quedó tendido en el suelo, gravemente herido, pero sobrevivió y murió ya anciano. Me quería mucho. Nunca le importó que yo fuese hijo del que casi lo había matado.

Mi padre, desapareció. Prófugo de la justicia paraguaya, se fue para siempre. Algunos contemporáneos suyos me dijeron que murió en Buenos Aires, de viejo y de cirrosis.

Nunca conocí a mi padre, lo cual me lleva a una cuestión singular: algunos de los que no conocimos a nuestros padres siempre abrigamos la pena de no haberlos conocido.

Saber cómo era el rostro del autor de nuestros días algunas veces se convierte en lo que más quisiéramos.

La piel de nuestro desconocido padre sigue siendo nuestra piel, y nuestra sangre sigue llamando a su sangre.

No hicieron bien sus deberes paternales. Pero con los años algunos le perdonamos y terminamos cargando a la cuenta del destino la forma en que se escribió nuestra historia.

Y tenemos en nuestros corazones un Monumento al Padre Desconocido.

Mi madre

 

Hablaré ahora de mi madre

Ella falleció a los 29 años, cuando yo tenía siete. Está sepultada en el cementerio de Itá.

De la nebulosa memoria que aún conservo de ella, recuerdo más que nada su pasión por el canto.

La música era para mi madre como un jardín que se lleva en el corazón. Por eso vivía cantando.

Cuando se juntaba con sus amigas cantaba con tanta pasión que parecía que arrancaba fuego de la música.

Compraba una revista dedicada a la música paraguaya llamada “Ocara potÿ cue mí”, aprendía de memoria las letras de las canciones allí publicadas, y cantaba.

Cantaba mientras hacía sus dulces de maní y su pan de miel, cantaba mientras caminaba vendiendo sus productos. Siempre cantaba. El canto era su compañero de vida.

Me imagino que lo hacía para no pensar en el hombre que se le fue o porque aprendió que, en este mundo, si no fuera por la poesía y por la música, la gente tendría más razones para volverse locos.

El vino y la sandía

 

Mi madre falleció la mañana del 2 de enero de 1962, y una historia oficial se hizo carne en la familia Mario: murió porque la noche del Año Nuevo tomó vino y comió sandía.

Tanto se repitió la historia del vino y la sandía que también se hizo carne en mí, quedando alojado en mi mente como verdad histórica durante casi cincuenta años.

Pero, como suelen decir los franceses, un soplo del viento y todo da un vuelco.

Ya entrada la década de los años 80, en una de mis visitas a mi pueblo de origen, visité a una señora que había sido tal vez la mejor amiga de mi madre.

Se llama Petrona, y todavía vive. No me veía desde cuando niño, desde cuando me fui del pueblo.

De modo que inmensa fue su alegría de verme hecho ya un hombre con algún nombre en el mundo de los libros.

Reflotando mis recuerdos de infancia, le hablé del vino y de la sandía que troncharon la vida de mi madre.

“El vino y la sandía no tuvieron nada que ver. Tu mamá murió de un problema de mujer”, me dijo ella.

Seguidamente me hizo una revelación que causó en mí el mismo efecto de un rayo que cae en medio de un limpio cielo: mi madre había fallecido a causa de un aborto clandestino que salió mal.

Tal vez haya sido esa confidencia la que me convirtió en historiador revisionista. Si mi propia historia no era la que yo siempre creí, ¿qué podía esperar de las otras historias?

Tal vez por eso vivo hurgando por los rincones de la historia, que vivo revisando el fondo de las cosas.

Uno de mis detractores, que también los tengo, dijo de mí que debo ser portador de algún problema psicológico infantil no resuelto que me hace revolver el pasado, y tal vez tenga razón.

El hecho es que mi hermana y yo terminamos viviendo con nuestra abuela María.

Un niño engañado

 

El 4 de febrero de 1966, por oficio Nº 827, el defensor general de menores e incapaces de Asunción, Alfredo Franco Preda, envió éste mensaje al jefe de Policía:

“El que suscribe, se dirige a Ud. a fin de comunicarle que por resolución de esta fecha éste Ministerio Pupilar ha concedido su venia para que los menores: Vidal, de doce años, y Elba Beatriz Mario, de nueve años de edad, huérfanos de madre y padre desconocido, se trasladen a Resistencia (República Argentina) con su tía y encargada Srta. Delia Rufina Mario, C.I. Nº 140.791, por el término de treinta días de vacaciones, de conformidad a lo solicitado por la misma, según consta en el escrito presentado y otorgado ante el Juzgado de Paz de Itá.

Los menores, con el presente permiso, deberán ser presentados al consulado paraguayo dentro de las setenta y dos horas de su entrada a la República Argentina”.

Ese escrito fue enviado a Asunción para ser ratificado por el mismísimo presidente de la Corte Suprema de Justicia del Paraguay, Luís Martínez Miltos.

Ocho días después, a las seis de la mañana del 12 de febrero de 1966, mi tía, mi hermana y yo cruzamos en balsa a Clorinda, donde tomar un ómnibus de la empresa “Brújula”.

Mi tía me dijo “Vidal, ya estás en Argentina”, y yo le contesté: “Éste es el día más feliz de mi vida”.

Realmente me sentía el niño más feliz del mundo por ese regalo de poder conocer otro país. Me imaginaba con qué alegría al regreso de mis vacaciones les contaría a mis amigos mis experiencias por estas tierras que nosotros llamábamos “de curepas”

Pero no todo lo que brilla es oro, y no siempre las cosas son como parecen ser. Me habían engañado.

Lo de los “treinta días de vacaciones” no era tal. La verdad, secreto que hasta entonces se me había ocultado bajo siete llaves, era que veníamos para siempre.

Lo de vacaciones había sido un invento. En realidad, nunca había habido boleto de regreso.

Los supuestos treinta días de vacaciones en la Argentina se extendieron más de lo autorizado por la justicia paraguaya: hace 60 años que estoy en el Chaco.

Pero estos sesenta años al final fueron para bien. De no haber sido por esas supuestas vacaciones hoy no estaría, por ejemplo, teniendo esta alegría de reunirme con ustedes y compartirles algunas cosas de mi pasado.

Muchas gracias”.

(Leído por el autor con motivo de sus 60 años en el Chaco, en la 26º Feria del Libro “Chacú-Guaraní”)

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