La difícil sintonía fina

16 de febrero 2026

La semana dejó una foto rara. Por un lado, el mercado cambiario se sigue ordenando, el Banco Central compra dólares y el dólar afloja. Por el otro, la inflación volvió a incomodar justo donde más duele, en la mesa.

Enero marcó 2,9% de inflación. El dato en sí ya es una señal, pero más importante es la trayectoria. Después del piso de 1,5% en mayo, la inflación fue subiendo mes a mes hasta cerrar en 2,9% en enero. No hay un salto aislado, hay una pendiente. Y cuando la pendiente aparece, el debate deja de ser “bajó o subió” y pasa a ser “qué está empujando”.

Ahí está el punto central. Los alimentos subieron 4,7% y eso corrió hacia arriba los gastos inflexibles de las familias, los que no se pueden patear. En el mes aumentaron 3,3%, (vs 3,2% en dic-25). No es sólo inflación, sino inflación en lo impostergable. Y esa composición pega directo en el ingreso disponible, que es lo que define si el consumo respira o se queda sin aire.

Conviene despejar una confusión que empezó a circular. Este movimiento no se explica por el cambio metodológico del IPC. Si el mes lo lideran alimentos, el efecto de ponderaciones nuevas es limitado. Donde sí va a haber discusión es más adelante, cuando la película la marquen servicios y tarifas. Febrero tiene todos los números para poner ese tema arriba de la mesa.

El problema es que este ruido llega con salarios que vienen corriendo por atrás. Los registrados avanzaron 2% en diciembre. Entonces la inflación de enero no cae sobre un ingreso en recuperación, cae sobre un ingreso que ya venía ajustado. Y eso se ve en nuestro indicador de ingreso disponible de las familias. Con dato cerrado, el ID acumuló cuatro meses consecutivos de caída hasta diciembre. Enero probablemente haya sido el quinto, porque ya conocemos el golpe en inflexibles y ninguna paritaria estuvo cerca de compensarlo. Y febrero arranca con aumentos de tarifas y alimentos que, por ahora, no aflojan.

La película, con números, es exigente. Nuestras estimaciones sugieren que el ingreso disponible de febrero quedaría 10,5% por debajo de febrero de 2025. En un año que necesita reactivar, ese arrastre es un lastre. No porque el consumo sea “todo”, sino porque cuando el bolsillo se achica en lo básico, la economía se queda sin amortiguadores.

En el frente político, la semana también trajo la media sanción de la reforma laboral. Es un tema de fondo, pero conviene ser prudentes con los tiempos. Una reforma puede mejorar incentivos de mediano plazo, pero en el corto, si la actividad está fría, el impacto puede ser más ambiguo de lo que sugieren los slogans. Vale la pena tratarlo con calma y con evidencia.

El contraste es que, del lado cambiario, las noticias son francamente buenas. El BCRA compra, la brecha se mantiene contenida y el dólar sigue aflojando. Positivo por donde se lo mire. La pregunta que empieza a asomar es la que importa para 2026. Con el dólar más calmo y reservas sumando, ¿aflojarán las tasas para destrabar actividad sin reencender la nominalidad?

Ahí aparece la oportunidad. La cosecha gruesa puede ser el puente para salir de este pantano. Puede aportar dólares, calma y margen de maniobra. Pero no alcanza con el puente si del otro lado no hay piso. Ese piso se llama ingreso disponible. Y hoy está pidiendo auxilio.

SECCIÓN NACIONAL

¿A QUIÉN LE CREEMOS, AL MERVAL O AL PESO?

Si esta semana hubiera que elegir un MVP, el premio sería para el BCRA. En un contexto global enrarecido para activos de riesgo, el Central compró cerca de USD 600 M y extendió su racha acumuladora, llevando el total anual a casi USD 1.900 M. No era un escenario sencillo. Sin embargo, el tipo de cambio oficial terminó bajando 2,3% en la semana y el CCL 1,3%.

El mensaje fue claro: hay oferta sostenida, brecha comprimida y una autoridad monetaria que aprovecha cada ventana para sumar reservas. En Argentina, las reservas no son sólo un dato contable, sino una señal de consistencia macro, y el Central logró comprar sin desordenar el mercado.

En paralelo, el Tesoro renovó más del 100% de los vencimientos y retiró alrededor de $1,7 billones del sistema. En otros momentos del ciclo, una absorción de esa magnitud habría tensionado tasas y forzado subas abruptas en la curva, pero los bonos a tasa fija avanzaron 1,2% y la liquidez no mostró señales de estrés.

Pero el dato que terminó de inclinar la balanza en pesos fue la inflación. Esa sorpresa tuvo un correlato inmediato en la curva. Los bonos CER rindieron levemente mejor que la tasa fija en la semana, también con avances de 1,5% pero con mayor demanda relativa tras conocerse el dato.

No fue un salto dramático, pero sí una señal. Cuando la inflación corre por encima de lo esperado, el mercado vuelve a pagar cobertura. Incluso en un esquema de orden fiscal y monetario, el riesgo inflacionario no desaparece de un mes al otro.

Detrás de la estabilidad de la curva puede estar el lado menos visible de la acumulación de reservas. Cada dólar que compra el BCRA implica emisión; parte se esteriliza vía licitación, pero otra queda circulando. El resultado es un equilibrio fino entre absorción fiscal e inyección monetaria que, por ahora, funciona como amortiguador y evita un salto en tasas nominales, aun cuando el dato de inflación obliga a recalibrar expectativas. Y entonces aparece la pieza que no termina de encajar: el equity.

Mientras el mercado de cambios se ordena y la deuda se mantiene firme —con bonos en dólares subiendo 0,7% y riesgo país en 519 puntos—, las acciones locales retrocedieron 4,3% en dólares en la semana. El jueves fue especialmente duro, incluso después de la media sanción de la reforma laboral. Las acciones no miran solo nominalidad, miran ganancias futuras. Allí las señales son menos alentadoras: con la industria operando con baja capacidad y el consumo sin consolidar una recuperación, el mercado accionario no discute la estabilidad financiera, sino el crecimiento.

La duda inevitable es a quién creerle. Al tipo de cambio que se aprecia y a los bonos que se muestran resilientes, o a las acciones que descuentan una actividad más débil de lo que sugiere la narrativa oficial.

Tal vez no sea una contradicción sino una secuencia donde primero se estabiliza la nominalidad y después se consolida lo real. El BCRA fue el jugador más valioso y los bonos acompañaron, pero las acciones levantaron la mano para señalar el costo del ajuste.

En Argentina, cuando los precios divergen, no siempre hay un error; es que cada activo está mirando un tramo distinto del mismo camino.

REFORMA LABORAL: DEL PROYECTO A LA IMPLEMENTACIÓN

El Senado dio media sanción a la reforma laboral con 42 votos a favor. Después de años de presión del sector empresarial, avanzó un paso importante. Ahora, más allá del título, lo relevante es el equilibrio que propone. Baja rigideces y costos para las empresas, pero redistribuye riesgos dentro de la relación laboral y puede tener un arranque adverso en un contexto de actividad todavía frágil.

Los cambios se pueden agrupar en tres categorías:

  1. Flexibilidad operativa: vacaciones fraccionables desde siete días en lugar de catorce, jornadas de hasta doce horas con compensación y un banco de horas que permite canjear extras por días libres o jornada reducida. En la práctica, es más margen para ordenar picos de demanda sin que cada aumento de producción dispare costos inmediatos. El punto sensible es la implementación, porque sin reglas internas claras, lo que hoy parece flexibilidad mañana puede convertirse en conflicto acumulado.
  2. Reducción de costos directos: la indemnización se calcula sin aguinaldo ni bonos, aparece la opción de crear un fondo de cese laboral y cambian los intereses de juicios laborales, que pasan de tasas judiciales a IPC más 3% anual. Para la empresa, esto apunta a bajar incertidumbre y a hacer más predecible el “costo de salida”. Para el trabajador, se trata de una cobertura menor y una pérdida de poder de negociación, especialmente donde el mercado laboral está más débil.
  3. Rebalanceo de la negociación colectiva: los convenios caducan al vencer en lugar de mantener vigencia, se amplían servicios esenciales que requieren 75% de operación durante huelgas y se crean servicios “trascendentales” con piso del 60%. La intención es limitar parálisis y acelerar renegociaciones. El riesgo es que, en sectores sensibles, el conflicto no desaparezca, sino que cambie de forma y se vuelva más permanente, con tensión de baja intensidad.

Para una pyme que venía operando al límite, hay puntos que pueden ser un alivio concreto y sería necio negarlo. Poder extender la jornada en momentos de alta demanda sin pagar horas extra en efectivo, reorganizar vacaciones según el ciclo productivo o reducir el costo de una desvinculación son herramientas que pueden marcar diferencia en la gestión diaria. Y no hablamos de grandes corporaciones, sino de la enorme mayoría de empresas locales que tienen entre 3 y 15 empleados.

Desde nuestra lectura, el mayor riesgo está en el corto plazo y en el orden de los efectos. Las primeras semanas posteriores a la sanción pueden traer más reordenamiento de personal que nuevas contrataciones. Desde ya, no por “maldad empresaria”, sino porque con costos de salida más bajos muchas firmas van a limpiar estructuras, corregir roles y renegociar esquemas antes de pensar en expandirse.

Con un mercado interno firme, esa transición podría pensarse en un corto período de tiempo. Ahora bien, con un consumo débil y sectores muy golpeados, puede estirarse y profundizar la contracción antes de mostrar resultados.

La reforma ofrece herramientas, pero la pregunta relevante es si el contexto acompaña para absorber el ajuste inicial sin agravar el ciclo. En Argentina, el punto no es solo qué dice la norma, sino cómo arranca en la calle.

SECCIÓN MUNDO

NO LLORES POR MI JAPÓN

¿Qué pasa cuando el país más endeudado del mundo decide que las tasas cero ya no son gratis?

La coalición gobernante japonesa acaba de obtener una mayoría histórica en las elecciones legislativas y lanzó un paquete fiscal de USD 136.000 M. El problema es que ese estímulo se financia con más deuda, que dejó de ser gratis: la inflación volvió, el Central japonés subió las tasas a 0,75%, y el rendimiento del bono a 10 años trepó a 2,2%, un máximo desde 1999. Lo que antes se podía emitir casi sin costo, ahora tiene precio.

Durante casi tres décadas, Japón sostuvo una deuda pública cercana al 230% del PBI -la más alta del mundo industrializado- financiándose a tasas cercanas a cero porque la inflación oscilaba entre 0% y -0,5%. El Banco de Japón llegó a poseer cerca del 50% de los bonos públicos y fijó el rendimiento a 10 años en torno al 0%. Además, alrededor del 90% de la deuda estaba en manos de inversores domésticos, blindando al país de shocks externos. Ese ecosistema permitió que Japón operara al margen de las reglas fiscales convencionales: gastar sin límite porque el costo de financiamiento era nulo.

Desde 2022, ese equilibrio se rompió. La inflación ronda el 3% anual y los salarios subieron cerca del 5%, los mayores aumentos en más de tres décadas. Si el costo promedio de la deuda -hoy cercano al 0,5%- convergiera hacia el 2% en la próxima década, el costo anual de intereses podría pasar de alrededor del 1,1% del PBI a más del 4%. Eso no sólo complica el presupuesto público; también golpea a bancos, aseguradoras y fondos de pensión con bonos en sus carteras.

Lo que parece un ajuste doméstico es, en realidad, un cambio de marea para el ahorro global.

Japón es el principal tenedor extranjero de bonos del Tesoro de EE.UU. y tiene activos afuera por más de USD 3,3 billones. Durante años, como en su casa la tasa era cero, los japoneses financiaron al mundo: compraron deuda americana, crédito europeo y bonos emergentes buscando un rendimiento que Tokio no les daba.

Si ahora sus propios bonos empiezan a pagar algo, ese capital va a pegar la vuelta. Ya tuvimos un aviso en agosto de 2024: un simple amague de normalización de tasas hizo que el yen volara, la bolsa de Tokio se desplomara un 10% y la volatilidad global saltara por el aire.

Para los mercados emergentes, el impacto podría llegar por múltiples canales:

  • Menos financiamiento desde Japón: si aseguradoras, bancos o fondos vuelven a bonos locales, baja el flujo hacia deuda y proyectos en América Latina y Asia.
  • Tasas globales más altas: si EE.UU. paga más para financiarse, el costo del dinero sube en general.
  • Más aversión al riesgo: cuando se desarma carry trade, suelen aparecer ventas rápidas de activos riesgosos y condiciones financieras más duras.

Japón fue durante décadas el amortiguador silencioso que le daba estabilidad al sistema financiero internacional.

El interrogante de fondo es cómo reaccionará el mercado global ahora que ese contrapeso empezará a funcionar, muy probablemente, como un factor de inestabilidad.

Dinámica | Economía y Estrategia
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