Los dos dioses

Por Vidal Mario - Autor de los libros “La espada asesina” y “El Jesús de la historia”

4 de agosto 2025

José era un niño de padre judío y de madre católica.

Con su madre celebraba la Navidad; con su padre celebraba la hanuká, “la fiesta de las luminarias”.

Su padre lo llevaba a la sinagoga, su madre lo metió en un colegio religioso para el jardín de infantes.

Lo que le enseñaba su padre judío, lo que le enseñaba su madre cristiana, lo que aprendía en la sinagoga, lo que aprendía en el católico jardín de infantes, hicieron de su cabeza una licuadora.

Tenía una compleja crisis de identidad religiosa, porque papá y mamá lo tenían encerrado en una contradictoria dualidad de fe de la que no sabía cómo ni por donde salir.

Mamá le decía que los judíos, gente como su padre, habían matado a Dios. Pero en la sinagoga su papá le rezaba a Dios.

Recién con el paso del tiempo el niño entendió que había dos dioses, uno para su padre y otro para su madre.

El Dios de su padre se llamaba Jehová y latía como un león rugiente en el Tanaj, que su madre llamaba Viejo Testamento.

El Dios de su madre se llamaba Jesús. Al revés del victorioso Dios de su padre, a este se lo veía sufriente, sangrante, agonizante, muy necesitado de atención médica.

Su madre le decía que lo clavaron en una cruz, y murió allí. Al niño le horrorizaba imaginar lo que este Dios habría sufrido.

“Lo hizo por nosotros”

Su madre le enseñó que Dios se dejó matar a propósito. El niño no entendía cómo unos simples mortales pudieron matar a un Dios que no podía morir por ser inmortal.

“Murió por nosotros, para redimir nuestros pecados”, le enseñaba su madre, amiga de Carmen, la presidenta de Acción Católica.

Un día, el niño le preguntó a esta mujer quienes eran esos que trataron tan horriblemente mal a ese Dios flaco, triste y ensangrentado que estaba en la cruz del martirio.

Ella, inclinándose hacia su pequeña oreja, le susurró: “No le digas a tu padre que fui yo quien te dijo esto: fueron los judíos, los judíos mataron a Dios, querido”.

Así fue como un sencillo día de su vida, el niño se enteró que su padre era un deicida. Nunca se olvidó de doña Carmen porque le reveló la Verdad: los judíos mataron a Dios.

Un día, escuchó por la tele el chiste de un tipo que le pegaba a otro. Alguien le pregunta por qué, y el golpeador le responde: “Porque es judío, y los judíos mataron a Dios”. El conciliador le aclara que eso ocurrió hacía ya mucho tiempo. El agresor le contesta. “No me importa cuándo pasó. Yo me enteré hoy”.

Todos los días más y más chicos de su barrio, a través de doña Carmen, se enteraban de lo que dijo Pedro en Hechos 3:4: que los judíos mataron al Autor de la Vida.

No entendía cómo su padre y su madre vivían juntos. ¿Acaso a su mamá no le importaba que el pueblo del Dios de su padre había matado a su Dios, clavándolo en una cruz?

La revancha del Dios de su madre

Siglos después del asesinato del Dios de su madre, milagrosamente este se volvió poderoso y se volvió dueño de vastas tierras, reyes y estados por casi toda la tierra.

Muchos personajes que decían actuar en Su nombre lo representaban. Entre ellos, el llamado Papa. Este decía que era Su representante en la tierra. No había alguna prueba o contrato de tal representación, ni se sabía cuándo ni quién lo nombró sucesor de Pedro y vicario de Cristo. Pero la cosa era así, y quien pensara lo contrario era un hereje.

Este Dios sufriente, nunca escribió nada ni dejó nada escrito. Era un Dios silencioso, que no hablaba. Delegó el arte de hablar en hablantes que afirmaban hablar inspirados por él.

Este Dios silencioso (hijo del Dios que está en las páginas del Viejo Testamento), logró siglos después de su muerte un desmedido poder terrenal llamado Iglesia.

Este poder tomó de oficio a su cargo la palabra y los actos del Dios muerto en el Gólgota, hecho que terminó consumando una gran tragedia: el sistema de la Inquisición.

Tal sistema consistía en hacerles a los que no creían en el Dios de aquel niño lo mismo que a Él le habían hecho. Así que se pusieron a apresar, torturar y quemar vivos a los pensadores incorrectos.

Ese Dios había sufrido mucho. Había sido muy mal-tratado, y eso autorizaba ahora a mal-tratar, es decir, a torturar y después matar a quienes ofendían su memoria.

Esquizofrénicos como santo Domingo de Guzmán y Torquemada, eran campeones en esta tarea.

Se ponían frente a los torturados de hoy haciendo la señal de la cruz en que fue clavado el torturado de ayer, el torturado eterno que parecía reclamar desde su dolor infinito el dolor de los otros.

El mecanismo basado en hogueras llamado Inquisición le funcionó maravillosamente bien al Dios de la madre de aquel niño: le posibilitó crecer en poder y prosperidad y transformarse en un Imperio fabuloso como el Imperio romano

Ya no existen las hogueras de Torquemada ni de Domingo de Guzmán. Pero el Dios de los judíos y el Dios de los cristianos siguen siendo usados para el señalamiento del otro, para la intolerancia con el otro, a veces para la muerte del otro.

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