Han pasado exactamente 890 días desde que Juan Román Riquelme dejó de ser el "vice" con poder para convertirse en el Presidente de Boca Juniors. En aquel diciembre de 2023, la promesa era clara: devolverle al club la identidad xeneize y recuperar el terreno perdido. Sin embargo, casi dos años y medio después, el balance en el despacho presidencial del club de la Ribera arroja un saldo que preocupa tanto a socios como a hinchas: cero títulos y un retroceso institucional evidente.
El peso de la soledad
La gestión de Riquelme como presidente ha estado marcada por una paradoja: mientras su figura sigue siendo sagrada para un sector de la hinchada, su capacidad administrativa es cuestionada con datos duros. Bajo su mandato directo, Boca no solo no ha levantado trofeos, sino que ha sufrido el golpe de quedar fuera de la elite continental, teniendo que conformarse con el segundo plano de la Copa Sudamericana.
La "mala gestión" de la que hablan propios y ajenos no es solo una cuestión de resultados deportivos. Es, principalmente, una crisis de formas. El manejo personalista del club, donde cada decisión parece pasar por el filtro del asado y el mate en Ezeiza, ha desplazado a profesionales de carrera. La consecuencia directa ha sido un equipo de fútbol que parece un "parche" constante, sin un norte claro y con técnicos que duran lo que un suspiro.
Un vacío que duele
Para un club que respira títulos, pasar más de dos años de presidencia sin dar una vuelta olímpica es un fracaso estrepitoso. Durante este tiempo, el eterno rival y otros equipos con presupuestos menores han logrado reorganizarse y festejar, mientras que en Boca se discute más sobre las declaraciones de Román que sobre el funcionamiento del equipo en la cancha.
El éxodo de juveniles que se van por la puerta de atrás y la incapacidad de atraer refuerzos de verdadera jerarquía internacional (más allá de nombres que llegan en el ocaso de sus carreras) son los clavos que terminan de sellar un informe de gestión deficitario.
El veredicto del tiempo
Los años pasan y el crédito se agota. Riquelme el jugador fue eterno; Riquelme el presidente está demostrando ser un hombre común, atrapado en una estructura que él mismo diseñó y que hoy no le da respuestas. Boca Juniors necesita gestión, profesionalismo y, por sobre todo, volver a los primeros planos. Por ahora, el sillón presidencial parece haberle quedado más grande que la mítica camiseta número 10.
