Paraguay: el terror en los tiempos de Francia

Por Vidal Mario - Periodista, escritor, historiador

23 de septiembre 2025
José Gaspar Rodríguez de Francia - Retrato póstumo del doctor Francia realizado en el siglo XX por autor anónimo. Actualmente se conserva en el Museo Casa de la Independencia.
José Gaspar Rodríguez de Francia - Retrato póstumo del doctor Francia realizado en el siglo XX por autor anónimo. Actualmente se conserva en el Museo Casa de la Independencia.

El 20 de septiembre de 1840, en Asunción, fallecía José Gaspar Rodríguez de Francia, otro de los azotes que en su sufrida historia debió padecer el Paraguay.

La historia oficial paraguaya lo considera uno de los doce héroes del movimiento que tuvo lugar en la capital paraguaya los días 14 y 15 de mayo de 1811.

En realidad, ese movimiento fue contra él. Y contra el gobernador español Bernardo de Velazco. Ambos eran las máximas figuras del poder colonial en el Paraguay.

Francia, entre los años 1807 a 1809, era Promotor Fiscal de la Real Hacienda. En 1808, mientras desempeñaba ese cargo, era también Síndico Procurador y a la vez Alcalde Ordinario de Primer Voto del Cabildo de Asunción.

Más aún: era también diputado interino del Real Consulado, donde deliberaban los representantes coloniales de todo el Virreinato del Río de la Plata.

Era definitivamente uno de los dos principales referentes de la corona española en el Paraguay.

También fue carlotista, como se llamaba a los que apoyaban a la princesa Carlota Joaquina, futura reina de Portugal, exiliada en Brasil desde que Napoleón invadió España.

A principios de mayo de 1811, fue uno de los que buscaron entregar el Paraguay a dicha princesa.

Por todo lo señalado, calificarlo de prócer de la independencia paraguaya es un chiste de mal gusto.

De todos modos, se sigue enseñando que, en la hoy denominada Casa de la Independencia, se reunían secretamente unos doce descontentos. Entre ellos, él.

De ninguna manera podía estar entre esos descontentos: en realidad, el movimiento que gestaban esos que se reunían en secreto era contra él y Velazco.

Debe decirse, de paso, que en esos secretos encuentros nocturnos no se hablaba de independencia política de España, ni de destitución de Velazco y Francia. Ambos, como si nada hubiera pasado, siguieron en sus puestos después del movimiento.

No era una ruptura violenta con la Madre Patria lo que pretendían los militares paraguayos, quienes siguieron siendo fieles al entonces prisionero Fernando VII.

Los ejes del levantamiento del 14 y 15 de mayo de 1811 fueron esencialmente económicos, y demanda de paraguayos en el gobierno colonial.

Rumbo al poder

Igual que Velazco (aunque éste solamente por un tiempo más) Francia permaneció en su puesto. Fue por su talento, ilustración jurídica, experiencia y reputación.

En un país donde eran raros los hombres de saber, era un tuerto en medio de ciegos, un elemento muy necesario.

A veces fingía enojarse y se recluía en su quinta de Ybyray, pero como lo necesitaban siempre le pedían que vuelva.

El 18 de julio de 1811 se constituyó una Junta igual a la de Sevilla y Buenos Aires, integrada por Caballero, Yegros, Bogarín, Mora, y, necesariamente, él.

Ya entonces abrigaba dos firmes objetivos: independizar al Paraguay tanto de España como de Buenos Aires, y quedarse únicamente él sólo con todo el poder.

A instancia suya, esa Junta convocó a otro Congreso, que inició sus sesiones el 1º de octubre de 1811. Vinieron mil diputados de todo el país. Muchos de ellos no sabían a qué venían a Asunción. eran analfabetos arrancados de sus estancias y chacras.

En este Congreso, Francia, inspirado en la historia romana, logró que el gobierno fuese dirigido por dos cónsules: él y el comandante Fulgencio Yegros.

Hicieron dos sillas con los nombres “César” y “Pompeyo”. Él ocupó la que decía “César”.

Pero estaba en la naturaleza de Rodríguez de Francia no querer compartir el poder con nadie.

Así que organizó otro Congreso, que comenzó a sesionar el 3 de mayo de 1814. En esta ocasión logró, “en vista de haber aumentado los peligros para la República”, que la suma del poder público se concentrara en una sola mano: la de él.

Ese Congreso, por una gran mayoría de votos, lo convirtió en dictador con poder absoluto.

De inmediato, se instaló en la casa que antes había sido la residencia de los gobernantes españoles.

Insensible, misántropo por naturaleza e implacable con sus adversarios, desde esa casa comenzó a desplegar un despotismo que hizo resucitar en el Paraguay el embrutecimiento que los jesuitas les habían traído a los guaraníes.

Cuando en mayo de 1817 se concretó un nuevo Congreso para elegir dictador, Francia se hizo nombrar Dictador Perpetuo, o sea, dictador por el resto de sus días.

Para consolidarse en su cargo fusiló a por lo menos cincuenta personas, incluidos varios gestores del movimiento de 1811.

El 17 de julio de 1820, fusiló a su ex compañero en el poder, Fulgencio Yegros, ejecutado a un costado del Cabildo.

Otro héroe, Pedro Juan Caballero, se suicidó en su celda para no enfrentar al pelotón de fusilamiento.

Concretamente, liquidó a muchos verdaderos padres de la patria paraguaya, cuyos restos no se sabe dónde están. No están en el Panteón de los Héroes, donde deberían estar.

El Paraguay de Francia

El coronel Juan Crisóstomo Centurión era ex combatiente de la Guerra de la Triple Alianza, periodista, escritor, docente, traductor, diplomático, político y Fiscal del Estado paraguayo en 1885.

Una noche, en el Ateneo de Asunción pintó el siguiente, terrorífico, cuadro de la tiranía de Francia:

“Los hombres y las familias, una vez implantado el espantoso sistema de espionaje, comenzaron a temerse los unos a los otros. Hubo, pues, aislamiento nacional y aislamiento individual.

En las inmediaciones de Asunción, donde naturalmente se hacía sentir con todo su furor la fuerza de la tiranía, no se oía una palabra ni se veía una sonrisa.

Sólo se escuchaba el llanto angustioso de los padres, el sollozo de las viudas, el gemido de los hijos y de los hermanos que yacían en la miseria. Los gritos aterradores del miedo y de la desesperación de todos repercutían en todos los ámbitos del país.

Más tarde, acostumbrados ya los hombres al silencio producido por el pavor, degenerados ya por la fuerza de la ignorancia, del indiferentismo y de la pusilamidad, llegaron a ser insensibles a sus propias desgracias y a las ajenas.

¡Cuán triste y conmovedor era el espectáculo que presentaba este pueblo nuestro! Todos los resortes de la actividad ciudadana se hallaban paralizados.

Llegada la noche, toda Asunción se convertía en un sepulcro. En la profundidad del silencio sólo se percibían el chillido de las lechuzas y el ruido de las armas de la patrulla que apresaba y conducía a sablazos a cualquier transeúnte que encontraba a deshora.

Cesaron por completo las reuniones de familia, y por consiguiente el arpa y la guitarra yacían mudas y desacordadas en los rincones de las habitaciones.

Sin embargo, cuando murió, el pueblo lo lloró. Ese pueblo paraguayo era tan ingenuo, tan sumiso, tan bueno”.

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