Páginas no olvidadas de la Guerra de la Triple Alianza

Por Vidal Mario - Autor de tres libros sobre la Guerra de la Triple Alianza

12 de agosto 2025

La Guerra de la Triple Alianza dio batallas más grandes que algunas de las libradas por el mismo Napoleón, puso en juego la suerte de cuatro naciones, consumió más de medio millón de vidas, y dejó páginas nunca olvidadas, como las que pasaré a recordar.

El 11 de agosto de 1867, el entonces teniente coronel Bernardino Caballero tendió una emboscada a una vanguardia enemiga comandada por Bartolomé Mitre.

Ocurrió cuando los aliados estaban en Tuyu Cué, frente a unos formidables espaldones protectores detrás de los cuales López comía a manteles de seda mientras sus soldados morían de hambre.

Los aliados también morían, pero no de inanición sino por una epidemia de cólera.

En el bando aliado, la devastación provocada por la enfermedad era tan atroz que algunos incluso enloquecieron.

Morían soldados, mujeres, y hasta perros porque no había auxilios eficaces para salvar a los afectados por ese mal bacteriano producido por el agua en mal estado.

Hasta aquellos que tantas veces habían despreciado las mortíferas metrallas de los paraguayos veían quebrada su energía ante el flagelo de la referida pandemia.

Un buen día, así como empezó el cólera cesó, pero los aliados estacionados en Tuyú Cué habían quedado diezmados.

Pero no por mucho tiempo.

Llegaron más hombres. Muchos de ellos habían sido arrancados a la fuerza de sus hogares y traídos al combate.

Llegaron también “enganchados” (vale decir, mercenarios) venidos de Francia e Italia.

Uno de estos extranjeros era el italiano Juan Peretti, que nunca había sido soldado

Lo fusilaron por matar a uno de apellido Paredes, un cabo que le había pegado por no barrer bien la cuadra de su compañía.

Al lado suyo cayó, también fusilado, uno que había sido chupado en Salta y traído a la fuerza al teatro de guerra.

A este lo ejecutaron por haber desertado tres veces, la última vez con una mujer.

Quien presidió el pelotón de fusilamiento dijo, después. “La ley militar es inexorable, pero no hay nada más triste que pasar uno por las armas a sus propios soldados”.

Todo llega

Los filósofos franceses decían “tout arrive”, que en español significa todo llega.

Fue lo que les pasó a los aliados durante esa guerra a la que mi tatarabuelo, teniente Eugenio Orué, Jefe de Telégrafos de Asunción durante el conflicto, llamaba “Guerra Tripartita”.

Los aliados habían triunfado siempre. Alguna vez los habrían de derrotar. Y esa vez llegó el 22 de septiembre de 1866, cuando asaltaron la trinchera de Curupaÿtÿ.

Creían que ese asalto iba a ser un paseo. Por eso se triplicó la ración de la tropa. Creían que la próxima vez que durmieran ya sería del otro lado de la trinchera.

Pero fueron recibidos a cañonazos, fusilazos, y todo un diabólico infierno de fuego.

Había llegado la hora de la derrota. Los hospitales de campaña eran testigos de la tragedia.

Por la puerta de las carpas desfilaban los heridos como fantasmas, se escuchaban los ayes de los heridos que amputaban y los quejidos de los que eran traídos en camillas o llegaban por sus propios medios arrastrándose por el suelo.

Curupaÿtÿ, diseñado por el ingeniero inglés George Thompson, fue escenario por excelencia de una de las más espeluznantes batallas de la Guerra de la Triple Alianza.

Para los paraguayos fue la madre de todas las batallas, para los argentinos, el símbolo del horror.

Allí quedaron enterrados para siempre entre ocho a diez mil soldados aliados, la mayoría argentinos. La flor y nata de la juventud porteña, entre ellos el hijo adoptivo de Sarmiento, fue exterminada en esa trampa mortal tendida por los paraguayos.

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