Este domingo es el Día del Niño en el Paraguay, en memoria de miles de infantes que el 16 de agosto de 1869 fueron sacrificados en la batalla de Acosta Ñu.
Esto fue posible gracias a que, a partir de determinado momento, Francisco Solano López comenzó a utilizar niños en los combates de la Guerra de la Triple Alianza.
Sólo a un desequilibrado como ese podría habérsele ocurrido mandar niños (a quienes a veces disfrazaban con barbas postizas) a enfrentar a miles de profesionales de la guerra.
Comenzó a hacerlo ya desde antes de diciembre de 1868, cuando movilizó los últimos recursos humanos que le quedaba para una guerra que ya estaba perdida, para una resistencia militarmente ya imposible, para un pueblo que ya no podía defenderse de los aliados.
Aquel mismo mes y año, el embajador norteamericano en el Paraguay, Martin Thomas McMahon, reportó: “Siento decir que más de la mitad del ejército paraguayo ahora se compone de niños de diez a catorce años de edad”.
Esto lo escribió luego de la batalla de Itá Ivaté que se desarrolló entre los días 25 al 27 de diciembre de 1868, de la cual fue testigo presencial.
También allí, como en otras batallas, muchos de los combatientes paraguayos eran criaturas a quienes se les había puesto barba postiza.
Un escritor dijo, respecto de esos infortunados infantes sacrificados en Itá Ibaté: “Cuando a los cadáveres se les quitaba aquel disfraz, parecían niños dormidos después de un día de juego”.
Por estas y por otras cosas, la Guerra de la Triple Alianza fue uno de los grandes crímenes cometidos en América del Sur.
Un crimen que no lo cometieron los aliados sino Solano López, quien en su locura y en su consigna de “Vencer o Morir” exigía el suicidio colectivo de los paraguayos.
Un baño de sangre
El exterminio masivo de niños y adolescentes se hizo especialmente trágico en ese baño de sangre que fue la “Batalla de Acosta Ñu”, según los paraguayos; “Batalla de Campo Grande”, según los brasileños, librada el 16 de agosto de 1869.
A las 8,30 de ese día, unos veinte mil soldados aliados que avanzaban hacia Caraguatai persiguiendo a López, tropezaron con unos seis mil paraguayos comandados por el general Bernardino Caballero y decididos a impedir el paso del enemigo.
El resultado no podía ser otra cosa que una gran mortandad entre los paraguayos.
No solamente por la enorme diferencia de fuerzas, sino también porque muchos de los paraguayos no eran más que adolecentes de 14 a 15 años y otros apenas niños a quienes otra vez se les había puesto barbas postizas para que pareciesen adultos.
Los aliados contaban con caballería, infantería, artillería, carretas, municiones y equipamiento militar. ¿Qué podían hacer esos niños-soldados ante tamaño poderío bélico?
El ataque final, el más violento de todos, se dio alrededor de las dos de la tarde e incluyó la quema de los pastizales circundantes donde estaban escondidos otros niños y mujeres. 2.000 paraguayos murieron allí ese día, y 1.200 fueron hechos prisioneros.
El general Bernardino Caballero logró escapar, como en todas las batallas de las que participó.
Los aliados sólo tuvieron 26 muertos y 256 heridos, saldos demostrativos de la impresionante disparidad de fuerzas que había habido entre unos y otros contendientes.
En su libro “Historia de la Guerra de la Triple Alianza”, el militar brasileño Augusto Tasso Fragoso recordó:
“El campo quedó lleno de muertos y heridos del enemigo, entre los cuales nos daban pena, debido a su gran número, soldaditos cubiertos de sangre y con las piernitas quebradas, muchos de los cuales todavía no habían llegado a la pubertad”.
Y todo esto para que el Gran Jefe, hoy héroe máximo de la nacionalidad paraguaya, pudiera seguir huyendo hacia las cordilleras, donde finalmente se le cerró el círculo.
