La teología de la esclavitud

Por Vidal Mario

30 de junio 2025
Vidal Mario
Vidal Mario

Como si el tiempo no hubiera pasado, las páginas del denominado Nuevo Testamento siguen exhibiendo una vergonzosa santificación y justificación de la esclavitud.

Alguien debería explicar por qué la “Palabra de Dios” aún sigue enseñando que la esclavitud es doctrina y voluntad de Dios

Efesios 6: 5-7, exhorta a los esclavos:

“Obedezcan a sus patrones con temor y respeto, sin ninguna clase de doblez, como si sirvieran a Cristo, no con una obediencia fingida que trata de agradar a los hombres sino como servidores de Cristo, cumpliendo de todo corazón la voluntad de Dios”.

Colosenses 3: 22-24, les manda:

“Esclavos, cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres. Sepan que el Señor les recompensará haciéndoles sus herederos”.

Tito 2: 9-10, ordena:

“Que los esclavos obedezcan en todo a sus dueños y procuren agradarles, tratando de no contradecirlos. Que no los defrauden, sino que les demuestren absoluta fidelidad para hacer honor en todo a la doctrina de Dios, nuestro Salvador”.

Por lucro, no por Dios

Con semejante apoyo bíblico, no le habrá costado mucho al papa Nicolás V emitir el 8 de enero de 1455 (treinta y siete años antes del desembarco de Colón en América) su bula “Romanus Pontifex”, con la cual dio respaldo oficial al tráfico de esclavos.

Dicha resolución pontificia dejó listo el escenario para que el sistema esclavista después se fuera propagando como un reguero de pólvora por casi todo el nuevo continente.

Como se aprecia, la Iglesia no fue ningún baluarte contra la esclavitud. Por el contrario, muchos clérigos (especialmente los jesuitas) eran acérrimos adeptos del sistema.

En esos tiempos eran pocos los que cuestionaban la esclavización de otros, sobre todo si a ojos de la Iglesia eran “infieles”. Había gente que alegaba abiertamente que la esclavitud de africanos era un medio eficaz para “salvar almas perdidas”.

Sin embargo, el móvil de los tratantes de esclavos no era la salvación de “almas perdidas”. Era la codicia.

Los navíos europeos llegaban a los puertos africanos cargados de mercaderías que canjeaban por negros que a su vez eran trasladados a América para ser cambiados por azúcar y otros productos, que luego eran revendidos en el Viejo Continente.

En este comercio triangular, todos salían ganando, incluso los sacerdotes. Estos cobraban por cada nativo africano que bautizaban antes de ser llevados al Nuevo Mundo.

Sobre este punto, en uno de sus libros (“La trata de esclavos”), el historiador británico Hugh Thomas describió:

“El sacerdote pasaba entre las perplejas filas de cautivos y daba a cada uno un nombre cristiano previamente escrito en un papel. Luego, pronunciando algunas palabras en la lengua de los esclavos, los salpicaba con sal y los rociaba con agua bendita.

Con la ayuda de un intérprete, les pedía a todos que se considerasen hijos de Cristo, les informaba que irían a otras tierras donde aprenderían asuntos de la fe cristiana, y les ordenaba no volver a pensar en su lugar de origen y no comer perros, ni ratas, ni caballos, y conformarse”.

Las bodegas de los navíos negreros siempre estaban atestadas y eran pestilentes focos infecciosos que se llevaban muchas vidas. Por eso se consideraba necesario bautizarlos antes de la partida, ceremonia que a veces se repetía cundo las víctimas llegaban a destino.

La teología de la esclavitud

Tratando de conciliar ese sistema basado en la explotación del otro con valores cristianos como “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, la Iglesia lo justificó con la “teología de la esclavitud”.

Dicha doctrina exponía que, aunque los cuerpos languideciesen bajo la brutal esclavitud, “sus almas eran libres”. Así que se propiciaba que los cautivos aceptaran con alegría su humillación y sufrimiento. Supuestamente, era parte de un plan divino de preparación de los mismos para la gloria.

Un partidario de la esclavitud fue el obispo brasileño Azeredo Continho, quien decía que los traficantes de negros en realidad les hacían un favor a esos pobres infelices.

En una enérgica defensa de la esclavitud que publicó en el año 1796, se preguntó: “¿Acaso sería mejor y más propio que el cristiano permitiera a los africanos morir en el paganismo y en la idolatría en lugar de en nuestra santa religión?”.

Otro jesuita, Antonio Vieyra, les dijo a los esclavos: “Debéis dar infinitas gracias a Dios por haberos traído a esta tierra, donde, instruidos en la fe, viviréis como cristianos y os salvaréis”.

Si de jesuitas se trata, el abolicionista brasileño Joaquín Nabuco señaló en el siglo XIX que los monasterios estaban repletos de esclavos, que en 1768 la hacienda jesuita de Santa Cruz tenía 1.205 esclavos, y que los benedictinos y carmelitas también habían adquirido grandes propiedades y poseían muchos esclavos trabajando en las mismas.

Sorprendentemente, hoy, en pleno siglo XXI, las “sagradas escrituras” siguen exhortando: “Que los esclavos obedezcan en todo a sus patrones y procuren agradarles”.

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