“Hubo un buen día en que Paraguay decidió invadir Brasil”, dijo, hace unos días, en un acto político, el presidente brasileño.
Esa declaración suya provocó una lluvia de repudios en determinados círculos culturales, periodísticos, políticos, parlamentarios, académicos y de la historia paraguaya.
Hubo críticas a la Cancillería paraguaya por “mantenerse en total silencio sobre las expresiones del presidente del Brasil”. El propio presidente Santiago Peña afrontó severos cuestionamientos por su postura de no responder a su colega brasileño.
El Senado Nacional del Paraguay aprobó por unanimidad un documento que rechaza las expresiones de Lula, documento que será remitido al Congreso brasileño.
En esa misma línea, la Cámara de Diputados del Paraguay emitió la declaración Nº1.386 “repudiando las declaraciones del presidente de la República Federativa del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, por distorsionar y minimizar la dimensión histórica de la Guerra de la Triple Alianza”.
Sin embargo, aunque algunos no lo quieran admitir, Lula tiene razón.
Efectivamente: el 24 de diciembre de 1864 tres mil soldados, cinco vapores de guerra, tres goletas y dos chatas partieron desde el puerto de Asunción para atacar la provincia de Matto Grosso.
Al despedirlos, Francisco Solano López les dijo: “Soldados, mostrad al mundo entero cuánto vale el soldado paraguayo”.
Un mes antes, el 12 de noviembre de 1864, en represalia por la invasión del Uruguay por parte de los brasileños, López había hecho perseguir y capturar al buque mercante brasileño “Marqués de Olinda” perteneciente a la Compañía de Navegación a Vapor Alto Paraguay, que navegaba por aguas territoriales paraguayas.
Secuestró a todos sus pasajeros, entre quienes estaba el nuevo gobernador de Matto Grosso, coronel Federico Carneiro Campos, quien murió en cautiverio tres años después.
Ese mismo 12 de noviembre, apareció en “El Semanario” de Asunción esta proclama suya:
“El Brasil no ha dado oídos al amistoso llamado que le ha hecho el Paraguay. Constante en su pensamiento de conquista y exterminio de la República Oriental, abusando de su fuerza y poder y provocándonos a una lucha, lanza sus huestes sobre el Estado Oriental, se posesiona de la Villa de Melo, quema la bandera oriental y la sustituye con la auri-verde del Imperio”.
Y terminaba diciendo: “El Brasil se declara nuestro enemigo. Nada hay que esperar”.
El 19 de noviembre siguiente, también en “El Semanario”, hizo publicar esta otra proclama:
“Brasil ha invadido el Uruguay. Consecuentemente, el Paraguay ya no puede menos que declararse en guerra abierta con el Brasil. Mejor definida no puede estar la situación política del Paraguay con respecto del Brasil: estamos en guerra”.
Fue así como a finales del siguiente mes de diciembre miles de soldados paraguayos cayeron sobre Coimbra, Corumbá, Albuquerque y zonas aledañas, saqueándolas totalmente.
El éxito de esta invasión fue celebrado en Asunción con bailes, conciertos, serenatas y manifestaciones populares de todo tipo.
Un mes después, el 26 de enero de 1865, el embajador brasileño en Buenos Aires, José María de Silva Paranhos, envió una nota al canciller Rufino de Elizalde y a todos los embajadores acreditados en la Argentina para notificarles de la invasión paraguaya a su país.
“Contando con la ventaja de la sorpresa, el Paraguay ha invadido el Brasil, llevando sus armas a poblaciones indefensas de la provincia de Matto Grosso”, informaba la circular.
Tras anunciar que “Brasil repelerá con la fuerza a su agresor”, advirtió: “La responsabilidad de la guerra entre el Brasil y la República del Paraguay pesará exclusivamente sobre el gobierno de Asunción”.
Lula tiene razón: un buen día el Paraguay (aunque sería mejor decir Solano López) invadió el Brasil.
Más aún, entusiasmado con su victoria inicial, seguidamente planeó invadir Río Grande Do Sul, para lo cual debía llevar sus tropas a unos 1.100 kilómetros de Asunción.
Para ello, pidió autorización a Mitre para hacer cruzar sus tropas por territorio argentino. Como se le negó el permiso solicitado, en la madrugada del 13 de abril de 1865 barcos de guerra paraguayos también atacaron por sorpresa el puerto de Corrientes.
Al día siguiente, la ciudad fue invadida por tres mil soldados paraguayos al mando del coronel Wenceslao Robles. Hubo saqueos, e incluso rapto de mujeres que fueron llevadas al Paraguay.
Así fue como Francisco Solano López (héroe máximo del Paraguay recién desde hace noventa años, gracias a un simple decreto militar) desencadenó la Guerra de la Triple Alianza.
Su sola voluntad fue suficiente para impulsar a todos los paraguayos hacia el abismo.
El 12 de septiembre de 1866, en la entrevista de Yataity Corá, López le dijo a Mitre:
“He hecho la guerra a su Gobierno porque lo consideraba ligado al Gobierno brasileño en la cuestión oriental”.
Ahí está la clave de la verdad sobre cómo comenzó la Guerra de la Triple Alianza: “He hecho la guerra a su Gobierno”. Él mismo reconocía que él le hizo la guerra a la Argentina, como ya le había hecho al Brasil. En ambos casos, él fue el agresor, no el agredido.
Y todo por meterse como un imbécil en un asunto que sólo concernía a brasileños y uruguayos y se desarrollaba a más de mil kilómetros de distancia de Asunción.
Menos mal que su padre Carlos Antonio López, cuando ya estaba en su lecho de moribundo, le había aconsejado: “Hay muchas cuestiones pendientes, pero no busque resolverlos con la espada, sino con la pluma, principalmente con el Brasil”.
Acertadamente, en su libro “El Fiscal” Augusto Roa Bastos remarcó: “Alucinado por la utopía napoleónica, López se creía forjado para la guerra, pero para una guerra a la medida de sus fantasías”.
