El libre albedrío

Por Vidal Mario

25 de agosto 2025

Desde siempre me ha encantado la filosofía. De hecho, muy joven todavía, en el diario “Norte” publicaba los días domingo una columna titulada “Apuntes filosóficos”.

Pero en este campo no fui más que eso, por lo que me considero y me juzgo un filósofo frustrado.

Pero, de tanto en tanto, en algún artículo dejo a un lado la historia para ponerme a reflexionar sobre determinadas pautas existenciales.

En este caso, lo haré sobre uno de los privilegios que todos tenemos: el libre albedrío.

La definición académica de este concepto es que todo ser humano es libre por naturaleza y por voluntad propia de tomar sus propias determinaciones y de obrar en consecuencia.

Dicho de otro modo, toda persona tiene el poder de actuar sobre su vida en función de sus necesidades, deseos y aspiraciones.

A la hora de elegir sus actos dispone de gran autonomía. Eso sí: debe asumir las consecuencias de lo que haga o de lo que decida.

Eso es libre albedrío.

La inteligencia

Igualmente, todo ser humano tiene un potencial intelectual llamado inteligencia, la cual se origina en procesos mentales inherentes o ligados al funcionamiento del cerebro.

En el marco del libre albedrío, la inteligencia es un poder que puede ser utilizado tanto para el bien como para el mal.

Así, las armas más mortíferas fueron creadas por sabios que pusieron su saber al servicio de la guerra.

Pero, al mismo tiempo, los medicamentos más milagrosos y las aplicaciones más portentosas fueron creados por sabios que pusieron su inteligencia al servicio del bienestar de la humanidad.

¿Por qué algunos usan su inteligencia para el bien y otros para el mal?

Lamentablemente, la historia muestra que hubo y hay personas dotadas de gran inteligencia para la ciencia, la economía o la política, pero eligieron aplicarla a fines negativos.

Tales personas podrán ser todo lo inteligentes que quieran, pero están alejadas de los valores espirituales.

Inteligentes, sí, pero no evolucionados espiritualmente.

Es lo que pasa con los genios del mal, en quienes están ausentes los ideales espirituales necesarios para contribuir a la felicidad del otro.

Son mentes brillantes que, por no estar evolucionadas espiritualmente, no saben trabajar por el bien común.

No saben lo que es la tolerancia, el altruismo, la generosidad, la compasión y el servir al prójimo, virtudes que no se adquieren desarrollando el cerebro sino la inteligencia del corazón.

Ni ángel, ni demonio

En el marco del libre albedrío, cualquier persona tiene poder para hacer suyas tanto las virtudes del Bien como las tendencias hacia el Mal.

Sólo es cuestión de que determine de qué lado del camino quiere estar.

En este sentido, no es un ángel ni un demonio sino un agente libre que elige lo que será y lo que hará con su vida.

Pero quien elija el camino del Mal debería tener siempre presente lo siguiente: tarde o temprano se paga.

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