Delia Rufina Mario falleció el pasado 9 de julio, a la edad de 91 años. Era mi tía, hermana de mi madre.
También, artífice de mi migración a la Argentina, en 1966. Es justo que le dedique esta columna
Me trajo a este país tras una peregrinación judicial tan tortuosa que hasta llegó a la Corte Suprema de Justicia del Paraguay.
En aquellos tiempos, la legislación paraguaya era especialmente rígida a la hora de autorizar que alguien que no fuese padre o madre de un menor lo lleve al extranjero.
Nací el 28 de abril de 1953. Mi madre me anotó recién el 18 de febrero de 1961, dos meses antes de cumplir mis 8 años. Así consta en el Acta de Inscripción Nº 181 del Registro Civil de mi pueblo, Itá.
Fue su última actividad en una oficina pública: murió ocho meses después, a los 29 años.
Tía Delia, desde 1956 estaba radicada en Resistencia, donde vivía en una pensión de señoritas y trabajaba como vendedora en “Tienda La Textil”, de don Jaime Calahonra.
Con el tiempo se convertiría en una importante empresaria, dueña de “Lencería y Corsetería Tiffany”.
Días después del sepelio de mi madre, ella vino a entrevistar a don Erasmo Garcete, farmacéutico y juez de Paz de mi pueblo,
Quería averiguar qué posibilidades legales existían de que dos criaturas huérfanas que habían quedado a cargo de su abuela materna pudieran ser llevadas a la Argentina.
Con esa reunión se iniciaron los trámites, que duraron cuatro años, para nuestra migración.
Sólo por treinta días
El 4 de febrero de 1966, por oficio Nº 827, el defensor general de menores e incapaces de Asunción, Alfredo Franco Preda, envió éste mensaje al jefe de Policía de Asunción:
“El que suscribe, se dirige a Ud. a fin de comunicarle que por resolución de esta fecha, éste Ministerio Pupilar ha concedido su venia para que los menores: Vidal, de doce años, y Elba Beatriz Mario, de nueve años de edad, huérfanos de madre, se trasladen a Resistencia (República Argentina) con su tía y encargada Srta. Delia Rufina Mario, C.I. Nº 140.791, por el término de treinta días de vacaciones y de conformidad a lo solicitado por la misma, según consta en el escrito presentado y otorgado ante el Juzgado de Paz de Itá, que obra en Secretaría.
Los menores, con el presente permiso, deberán ser presentados al consulado paraguayo dentro de las setenta y dos horas de su entrada a la República Argentina”.
Dicha resolución, transcripta en un papel cuyo costo era de veinte guaraníes y con numeración 045824, fue elevada a la Corte Suprema de Justicia del Paraguay.
Allí, el Secretario, Francisco Pecci Manzoni, certificó que la firma del citado defensor de menores e incapaces era auténtica.
Finalmente, el presidente de la Corte Suprema de Justicia del Paraguay, Luís Martínez Miltos, dio fe de que la firma del mencionado Secretario también era auténtica.
“Ya estás en la Argentina”
En la madrugada del 12 de febrero de 1966, mi tía, mi hermana, y yo, abordamos una balsa en Itá Enramada (el puente José Falcón aún no existía) para cruzar a Clorinda, donde abordamos un ómnibus de la empresa “Brújula”.
Por el camino, se veía agua por todas partes. Era las aguas de la gran inundación del año 1966
Mi tía me dijo: “Vidal, ya estás en Argentina”. Yo respondí: “Éste es el día más feliz de mi vida”.
Efectivamente, mi felicidad ante esa experiencia de conocer otro país era de un grado que nunca antes había experimentado.
Gran excitación me causaba también imaginar cómo me jactaría ante mis amigos cuando de regreso de mis vacaciones les relatara mis vivencias por tierras “curepas”.
Pero no todo lo que brilla es oro, y no siempre las cosas son como parecen ser: me habían engañado. Lo de los “treinta días de vacaciones” no era tal.
La cruda realidad era–secreto que se me escondió- que se nos traía para siempre a la Argentina.
Lo de un mes de vacaciones había sido sólo un artilugio para conseguir que la justicia de menores permitiera nuestra salida del Paraguay a manos de una persona que no era nuestra madre.
Todos en la familia sabían que nuestro supuesto viaje de vacaciones era sin boleto de regreso. Todos lo sabían, menos los hermanos huérfanos. Es decir, nosotros.
Los declarados treinta días de permanencia en la Argentina se extendieron más de lo autorizado por la justicia paraguaya: hace 59 años que estoy en Resistencia.
¡Gracias por todo, tía!
