Fue el 19 de septiembre de 1945, cuando el coronel Juan Domingo Perón era vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra, Secretario de Trabajo y Previsión (con rango de ministro), y Secretario del Consejo Nacional de Posguerra.
Con todos esos cargos en las manos, era el hombre fuerte del gobierno militar surgido del golpe del 4 de junio de 1943.
Hacía, y deshacía. Todo el mundo decía que el presidente Edelmiro J. Farrell era sólo un mandadero suyo.
Desde hacía tiempo que se venía reclamando la vuelta de la libertad y de la Constitución hasta que, cada vez más desprestigiado y acorralado, el gobierno accedió.
Pero la oposición estaba inquieta por la posibilidad cada vez más cierta de que el candidato de ese gobierno militar sería nada menos que el astuto, movedizo y perturbador coronel Perón.
Ya el 23 de febrero de 1945 el diario socialista “La Vanguardia” lo había advertido:
“Ningún ministro de este gobierno militar revolucionario debe ser candidato presidencial. Nunca habíamos supuesto que un gobierno del Ejército y de la Marina organizara campañas electorales y, además, empleara recursos a favor de uno de sus miembros. Esto contraría la más elemental exigencia de la cultura política”.
La advertencia del referido periódico obedecía a que por todo el país estaban distribuyéndose mates y pañuelos de algodón con la sonriente efigie del coronel Perón.
Sin embargo, el 22 de abril de 1945 Perón lo negó. “No aspiro a ser Presidente, y me opondré a todas las gestiones que se puedan hacer para erigirme en candidato”, dijo.
Mostraba, así, una vez más, ser “un modelo de simulación e hipocresía” como lo definió años después su ex vicepresidente Albero Teisaire. La historia sabe quién representó a ese gobierno militar en los comicios realizados en febrero de 1946.
Para cuando el 6 de julio de 1945, durante una comida servida en el comedor de Campo de Mayo el presidente Edelmiro J. Farrell anunció la realización de la muy reclamada convocatoria a elecciones, ya tenía un candidato en mente: Perón.
Opina de “El Territorio”
El 18 de septiembre de 1945, “El Territorio” (“Diario de la tarde del Chaco para el Chaco”) dedicó su editorial de la fecha a la ya virtualmente pública candidatura de Perón por el oficialismo para las elecciones que tendrían lugar el año siguiente.
Bajo el título “El Ejército y la política del candidato oficial”, señalaba lo siguiente:
“Ha llegado el momento de insistir en la verdad y hacerlo con claridad, porque está de por medio el porvenir de la Nación y porque a ese terreno llevan las intrépidas posturas y falaces conceptos del candidato oficial que, cegado por una ambición personal, ha anarquizado toda la vida republicana del país.
Candidatura oficial, sí, la del coronel Perón. Calificarla de otra manera sería seguir el juego a la falacia o desconocer, por temor a represalias, la verdad de ese hecho.
Candidatura oficial de tipo fascista que se pretende imponer al pueblo argentino por el fraude, la fuerza, y recursos del presupuesto nacional.
Nada se ha dejado de hacer para ello, y todo se ha perturbado. Nunca el Ejército se ha visto complicado contra su evidente voluntad en tal subalterna política. Contra su voluntad, sí, porque son conocidos los esfuerzos realizados por su oficialidad superior para poner fin a esa situación.
La declaración del presidente de la Nación en el banquete de camaradería del 6 de julio pasado parecía que era la respuesta sincera y firme en el sentido de satisfacer los deseos de las fuerzas armadas. No otra cosa podría conjeturarse de las palabras del primer magistrado cuando afirmó que el gobernante que surgiese sería el elegido por los partidos políticos en comicios libres; prometió que no trabajaría a favor de sucesiones, y que a las fuerzas armadas las mantendría alejadas de la política.
Pero al poco tiempo aparecía la promulgación del decreto para el fraude por medio del cual el candidato oficial (Perón) se apoderaría de la vida de los partidos por el sistema fascista.
En vez de frenarse el aprovechamiento de los dineros del pueblo con los cuales este financia sus resortes administrativos, se reafirmó su utilización para la propaganda del candidato oficial en forma tan insólita que puede asegurarse que jamás la patria ha visto un caso análogo, ni siquiera en los tiempos más pecaminosos en que los recursos del Estado Argentino se usaban también para esos fines.
Paralelamente a este fantástico plan de derroche de los dineros del pueblo en una propaganda proselitista, el candidato oficial se ha apoderado de todas las radiodifusoras del país, no permitiendo que para fines políticos las utilice otro que no fuese él mismo o sus elementos de propaganda.
Esto sólo se ha visto en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini, y en la España de Franco”.
Una marcha nunca vista
El 19 de septiembre de 1945, en lo que se consideró el primer acto masivo contra el gobierno de la dupla Farrell-Perón. Fue una marcha nunca vista hasta entonces en el país.
Medio millón de personas (según los organizadores), doscientos mil (según el gobierno) protagonizaron la “Marcha de la Libertad y la Constitución”.
La multitud entonaba estribillos como estos: “¡Pueblo Libre, Prensa Libre!”, “¡Hoy hacemos el cajón, para Farrell y Perón!”, “¡Con tranvía o sin tranvía, Perón está en la vía!” y, también, “El nazi de ayer no puede ser el candidato de hoy!”.
Nadie se acuerda hoy der aquella gigantesca movilización de oposición a los militares pro-alemanes que en ese momento tenían el control del poder en la Argentina.
El peronismo la enterró en el cementerio del olvido debido a que esa marcha derivó en una purga militar que provocó la caída de Perón, que debió renunciar a los cuatro cargos que tenía.
Con su entonces pareja Eva María Ibarguren (“Eva Duarte”) se refugió en una casa que el millonario empresario alemán Ludwig Freude, uno de los hombres de más confianza que había tenido la embajada del Tercer Reich en la Argentina, tenía en el Delta del Tigre.
Todo lo que ocurrió después, ya es otra historia.
