Este año 2026 se cumplen 1701 años de la presentación oficial del libro conocido como Nuevo Testamento.
Convocado por el emperador romano Constantino I y con 220 obispos presentes, en el año 325 tuvo lugar en Nicea (ahora Izmik, Turquía), el primer gran Concilio católico.
Un año antes (324) Constantino había nombrado a Constantinopla (actual Estambul) capital del Imperio romano, y había trasladado allí todos los registros administrativos.
Unos diez años atrás, dicho emperador y sus asesores eclesiásticos, entre ellos el obispo de Roma, san Silvestre, y Eusebio de Cesárea, autor del libro “Vida de Constantino”, había fusionado el mitraísmo, el judaísmo y el cristianismo para dar nacimiento a una nueva religión: la Iglesia Católica Apostólica Romana, de la cual se auto-designó “Póntifex Máximus”.
El objetivo de la cumbre de obispos en Nicea era fijar lo que a partir de ese momento todo cristiano debía creer.
Las nuevas creencias fueron resumidas en un denominado “Credo Niceno-Constantinopolitano”.
Niceno porque el Concilio fue en Nicea; Constantinopolitano porque el mismo fue convocado por Constantino I, hijo de la británica hoy conocida como Santa Elena.
Las nuevas creencias eran:
La existencia de un solo Dios que, a la vez, son tres dioses: Padre, Hijo, y Espíritu Santo (la Trinidad).
Que Jesús es Hijo Único de Dios, y Dios como él.
Que María, madre del Jesús humano, habida cuenta que Jesús es Dios, es Madre de Dios.
Que, a los tres días de ser crucificado, Jesús resucitó, bajó a los infiernos y después subió al cielo, donde está sentado a la derecha del Padre.
Que muy pronto Jesús regresará a la tierra para juzgar a vivos y muertos por igual.
Que el bautismo es necesario “para el perdón de los pecados”.
Un Nuevo Testamento
En ese mismo Concilio, ocurrió algo trascendental: se presentó oficialmente un libro conocido como Nuevo Testamento.
Era una obra que desde hacía mucho tiempo venía siendo elaborado por los “Padres de la Iglesia”.
Como nada de cuanto decía ese libro tenía respaldo de pruebas, evidencias o certificados de autenticidad, fue declarado “Palabra de Dios”, o palabras que fueron dictados por el Espíritu Santo a determinados hombres.
Eran, consecuentemente, textos en los que simplemente había que creer, no investigar.
Respecto de la necesidad de un “Nuevo Testamento”, la Iglesia ofrece una sorprendente explicación.
Dice que el primer anuncio de salvación estuvo dirigido a los israelíes, que originalmente ellos eran “el pueblo de Dios” y depositarios exclusivos de sus “promesas”.
Dios extendió a favor de este pueblo un “testamento”, que es el conocido como Viejo Testamento.
Siglos después, este pueblo rechazó a Jesús como Salvador enviado por Dios, y Dios los rechazó a ellos.
En represalia, el Señor ordenó que “la Buena Noticia del Reino” deje de ser algo exclusivo para judíos como lo era hasta entonces, sino que “sea predicada a todas las naciones”.
Para esta tarea, sigue diciendo la Iglesia Católica Apostólica Romana, Dios estableció una “Nueva Alianza” con esta institución, pacto que quedó sellado con un “Nuevo Testamento”, que es el aquel que se presentó en el Concilio de Nicea.
Sin embargo, la autenticidad de los cuatro evangelios escogidos no fue unánimemente aceptada por los obispos presentes, por lo que debió ser sometida a votación con este resultado: 217 obispos a favor, 3 en contra.
Por qué sólo cuatro Evangelios
En esos tiempos existían y se conocían alrededor de sesenta escritos diferentes sobre Jesús.
Excepto los cuatro que hoy conforman el Nuevo Testamento, los demás fueron definitivamente rechazados por apócrifos, es decir, por ser de autenticidad dudosa, por ser nada recomendables, o directamente por sospechosos de ser heréticos.
Que la cantidad de evangelios fuesen solamente cuatro era una antigua idea de San Ireneo, obispo de Lyon.
Este, en el siglo anterior, había declarado: “El mundo tiene cuatro regiones, y conviene, por tanto, que haya también cuatro Evangelios. Hay cuatro vientos cardinales, de ahí la necesidad de cuatro Evangelios. Los querubines tienen cuatro formas, y he aquí que el Verbo nos ha obsequiado con cuatro Evangelios”.
Dicho obispo basó su idea en Apocalipsis 7-1, que dice: “Después de esto vi a cuatro ángeles de pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, reteniendo los cuatro vientos de la tierra, para que no soplara viento alguno sobre la tierra ni sobre el mar ni sobre ningún árbol”.
Si, como dicen, las Escrituras fueron inspiradas por Dios mismo, cabría preguntarse si no sabía Dios que la tierra que creó es redonda y que por lo tanto no podía tener cuatro ángulos como si fuera un mosaico.
Como sea, la selección de los cuatro evangelios se realizó en ese Concilio de Nicea del año 325. Fue ratificada treinta y ocho años después en el Concilio de Laodisea (también en la actual Turquía) en el 363.
Una tradición de la Iglesia explica que la “elección milagrosa” de los cuatro Evangelios denominados de Mateo, Marcos, Lucas y Juan se produjo en alguna de las siguientes formas:
1)- Después de que los obispos rezaran mucho, esos cuatro textos volaron por sí solos hasta posarse sobre un altar.
2)- Se colocaron todos los evangelios conocidos sobre el altar, los apócrifos cayeron al suelo, y los identificados con los nombres de Mateo, Marcos, Lucas y Juan no se movieron.
3)- Elegidos los citados cuatro, fueron puestos sobre el altar y se conminó a Dios a que si había una sola palabra falsa en los mismos cayeran al suelo, cosa que no sucedió con ninguno.
4)- Penetró en el recinto el Espíritu Santo en forma de paloma, y posándose en el hombro de cada obispo les susurró qué evangelios eran los auténticos, y cuales los apócrifos.
Historias aparte, el “Nuevo Testamento” es simplemente esto: un libro de teología que en su momento se elaboró sobre la base de fantásticas leyendas para fundamentar y difundir una nueva religión llamada Iglesia Católica Apostólica Romana.
