La herida abierta de España

Por Vidal Mario
(Autor del libro “El maleficio de la mariposa. Lorca, la herida abierta de España”)

25 de agosto 2026

Se cumplieron 90 años del asesinato de Federico García Lorca, ingrato y misterioso episodio que sigue siendo una de las grandes heridas abiertas de España.

Sicarios franquistas lo asesinaron el 19 de agosto de 1936 en Viznar, muy cerca de Granada.

Al momento de morir sólo tenía 38 años. Sin embargo, su poco tiempo de vida le bastó para ser inmortal.

La suya es una inmortalidad que se basa en que es uno de los literatos más leídos de todos los tiempos.

Por las manos de generaciones enteras de lectores han pasado obras suyas como “Primer romancero gitano”, “Bodas de sangre”, “La casa de Bernarda Alba”, “Doña Rosita la soltera”, “La zapatera prodigiosa”, “Yerma”, y “Mariana Pineda”.

Para la religión de ciertos contemporáneos suyos, parecía un escritor rebelde.

En realidad, no era más que un poeta disidente que, a su manera y en su estilo, luchaba por la libertad del hombre en todos los frentes posibles, incluso el sexual.

Por su manifiesta y nunca ocultada homosexualidad, para el tiempo y para la sociedad en que le tocó vivir era un autor maldito, incendiario, y subversivo.

Vivía sintiendo sobre sí la torva mirada de la conservadora sociedad española de entonces, tanto que un periódico al anunciar una presentación suya eliminó a propósito la letra “R”, y su nombre quedó como “Federico García Loca”.

Era una represalia del diario a “Canción del Mariquita”, una de cuyas estrofas decía: “Los mariquitas del sur/ cantan en las azoteas/ y el escándalo temblaba/ rayado como una cebra”.

Los últimos días de la víctima

Cuando el 18 de julio de 1936 Francisco Franco levantó sus manos contra el Gobierno de la República, el destino empezó a tocar las puertas de todos y cada uno de los españoles. Una de esas puertas fue la de Federico García Lorca.

A lo largo y ancho del territorio hispano se desataron las furias del infierno, y la alucinada España de esos días descendió bruscamente a situaciones de intolerancia y de barbarie primitivas que en poco tiempo la convirtió en un país destripado.

Parecía que Dios había salido de vacaciones, el diablo se reía, y cualquiera podía ser Caín o Abel.

A Lorca, cuyo reino no era de este mundo sino del mundo de la poesía, le tocó en suerte ser Abel.

Por las noches, los habitantes de Granada se tapaban los oídos para no escuchar el paso de los camiones de las cuadrillas exterminadoras que acarreaban hombres y mujeres para fusilarlos en la soledad de los cementerios o en las secretas fosas comunes de las afueras.

Una de esas noches fue la última noche de Federico.

Al atardecer de un día los ángeles de la muerte llegaron a la casa de los Rosales, donde se había escondido, y lo llevaron.

Lo cargaron en uno de los camiones del Gobierno Civil. Todo estaba listo para que sea protagonista de uno de los crímenes más estúpidos de la historia española del siglo pasado.

En la madrugada del 19 de agosto de 1936 lo subieron a un camión para el último “paseo” de su vida.

Sus compañeros de infortunio eran, entre otros, un profesor universitario, un antiguo banderillero cojo apodado “Galadí”, y el único pastor protestante de Granada.

El camión que llevaba a la muerte a Federico era como una de esas carretas de la Francia de los días del Régimen del Terror que conducían condenados a la guillotina.

En Viznar, el vehículo torció a un lugar donde se perfilaba un barranco rodeado de olivares. Los bajaron a todos y los alinearon en un cauce seco donde había una vieja fuente.

Era costumbre entregar a cada uno de los condenados un azadón para cavar su propia tumba, y apenas concluida la torturante tarea, sonaban las descargas.

Cuentan que eso no ocurrió en este caso. Los sicarios simplemente les dispararon por la espalda. Tras el crepitar de los fusiles y de las pistolas colocaron piedras en la cabeza de cada fusilado y arrojaron los cuerpos a aguas poco profundas.

Por eso en ese trágico paraje había tantos agujeros de agua. En realidad, eran tumbas.

En uno de esos agujeros está y estará, por los siglos de los siglos, quien tanta poesía diera a su pueblo.

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