Que ricos eramos... cuando éramos pobres

Arq. Carlos Alabe - Presidente Fundación Ciudad Limpia

18 de agosto 2026

Parece una contradicción, pero no, es que la vida tiene su propio reloj y muchas veces nos enseña cosas a su tiempo y no al nuestro, que por lo general anda más rápido o al menos queremos acelerarlo.

Cuando éramos chicos y después jóvenes disponíamos de más tiempo para hacer cosas poco importantes. No necesitábamos trabajar para vivir y eso ya era algo que aunque no nos dábamos cuenta era una gran riqueza no valorada, andar por ahí, jugar, pasear, dar la "vuelta al perro" o "hacer cebo” como decían los abuelos, eran acciones placenteras vistas desde nuestros ojos de hoy pero que en su momento hasta la confundíamos con pérdidas de tiempo.

No nos dábamos cuenta de lo maravilloso que era que te llamen a comer sin haber movido un dedo para conseguir el mínimo ingrediente, o cuando te tirabas de cabeza al Rio Negro o la Laguna Blanca sin correr el riesgo de tragar agua contaminada, jugar hasta que se hacía de noche en la placita sin estar pendientes de algún travieso que te quiera robar algo. Nos olvidábamos las zapatillas o un buzo, que hacía las veces de poste de arco en la cachita y al otro día estaban allí.

Cuántas cosas nos pasaban y no las valorábamos ni contabilizábamos como de mucho valor: Ir a un almacén o quiosco y que te fíen porque simplemente eras del barrio.

Pasar las nochebuenas con vecinos conocidos o no, caer de sorpresa a la casa de un amigo sin que nadie se ofenda o se enoje, pasar horas escuchando anécdotas de un desconocido sin sospechar de nada ni de nadie, mirar tele en casa de los vecinos, remontar una pandorga, jugar a las figus, hacerle los mandado a la Señora del frente, que otra vecina te regale una torta para que pruebes o ir a un cumple de un vecino del barrio pero que ni siquiera éramos amigos y así todos los días.

Cuantas cosas simples para el momento pero que hoy con la mirada madura y actualizada podemos cotizarlas con los precios más altos de la vida y sin embargo no nos dábamos cuenta de lo millonarios que éramos sin tener un peso en el bolsillo.

Hoy todo cambió, para bien o para mal pero así es la vida. Por suerte pudimos vivir aquellos momentos felices sin tener tarjetas de crédito, QR o transferencias para comprar un poco de felicidad.

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