Con motivo del 158º aniversario de la caída en manos aliadas de la fortaleza de Humaitá, el docente y escritor Luís Albornoz y quien esto escribe visitamos sus ruinas.
Ubicada sobre la margen del río Paraguay, a cuarenta kilómetros de Pilar, junto con las trincheras de Curuzú y Curupaitÿ conformaba el tridente defensivo paraguayo.
Es uno de los símbolos más emblemáticos de la tragedia de la Guerra de la Triple Alianza.
A pesar de sus características de invulnerabilidad, el 19 de febrero de 1868 comenzó a notarse que ya no era tan así.
Fue cuando seis naves brasileñas lograron sobrepasarla y navegar rumbo a Asunción, que es lo que con dicha fortaleza se quería evitar.
Cuatro días después, el 23, ante la presencia de dichas naves, los asuncenos huyeron masivamente a la ciudad de Luque, que pasó a ser la segunda capital del país.
Solano López permaneció en Humaitá hasta el 3 de marzo de 1868, día en que se alejó del lugar. Lo hizo en una embarcación que lo desembarcó en Timbó, actual Puerto Bermejo.
Veinte días después, el 23 de marzo de 1868, gran parte de los que seguían defendiendo la posición también cruzaron a Timbó, desde donde siguieron marchando hacia un nuevo campamento instalado por López en San Fernando, Paraguay.
De los 10.000 soldados que al principio de la guerra habían sido apostados en la fortaleza solamente quedaban unos tres mil.
A estos, el 24 de julio de 1868 López (justo ese día cumplía 41 años) les ordenó abandonarla porque la situación era insostenible.
los bombardeos no cesaban y la falta de alimentos y recursos provocaba estragos entre los mismos.
La fuga comenzó a la medianoche de ese 24 de julio hacia el único lugar posible de refugio: Isla Poí, en el lado argentino, en la margen del río opuesta a la fortaleza.
Para la fuga se utilizaron 17 canoas. Al día siguiente, 25, los aliados entraron y tomaron la ya desierta Humaitá.
Isla Poí bajo fuego
Los acorazados que habían estado atacando la fortaleza, comenzaron a bombardear Isla Poí, que además recibía el fuego graneado de la infantería enemiga.
Más de un millar de soldados paraguayos, muchos de ellos heridos, lograron escapar y refugiarse al otro lado de una laguna existente en esta región chaqueña.
En Isla Poí quedaron unos 1.800 combatientes al mando del coronel Francisco Martínez.
Virtualmente se morían de hambre y, para alimentarse, debieron sacrificar los pocos caballos que quedaban. A pesar de ello, increíblemente, seguían resistiendo.
Dos veces se les intimó rendición, que no fueron aceptadas. Una tercera intimación les fue enviada a través del padre Esmerat, capellán de la escuadra brasileña.
A este último mensaje le siguió una reunión entre el comandante argentino Rivas y el comandante paraguayo Francisco Martínez. Éste aceptó rendirse a condición de que los soldados paraguayos no fuesen obligados a servir en el ejército enemigo.
Martínez también pidió –cosa que también fue aceptada- que a los oficiales paraguayos se les permita mantener sus espadas como reconocimiento a su valor en el campo de batalla.
Los 1.324 soldados prisioneros paraguayos fueron llevados de vuelta a Humaitá.
Para el Paraguay, la caída de la famosa fortaleza fue otro golpe mortal. Ya nada le impedía al enemigo llegar a Asunción.
Así lo hicieron el 1 de enero de 1869. Tropas brasileñas comandadas por el coronel Hermes de Fonseca ocuparon la capital, que ya se encontraba desierta, y fue saqueada.
El sacrificio de Juliana
Por rendirse, López declaró traidor a la patria al coronel Francisco Martínez.
Pero no pudiendo tomar represalias contra él, ordenó que apresaran a su esposa, Juliana Insfrán de Martínez.
La pobre mujer recibió ochenta latigazos y torturas y fue ejecutada días antes de la batalla de Lomas Valentinas.
Alegaron, para su sentencia a muerte, lo mismo de siempre: conspiración y traición a la patria.
