“Mundial ‘78… ¡Ya! Hoy, Argentina mostrará al mundo su vida en paz, su hospitalidad, su pujanza y su fe en el futuro”.
De esta forma, Norte, entonces a cargo del interventor judicial Eduardo F. Seguí, anunció en su tapa del 1º de junio de 1978 la inauguración oficial de la Copa del Mundo.
En una de sus páginas interiores, se leía esta declaración de Videla: “Dios Nuestro Señor, que este evento sea realmente una contribución para afirmar la paz, esa paz que todos deseamos para todo el mundo y para todos los hombres del mundo”.
A su vez, su ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, pidió: “Pateemos todos juntos hacia el mismo arco, y la Nación ganará una y mil veces”.
El gobernador Serrano decretó asueto general para la administración pública, y centenares de personas se apiñaron en Regatas Resistencia y el Parque 2 de Febrero para ver por primera vez en sus vidas una transmisión en directo, en colores y en pantalla gigante, el partido inaugural que Argentina le ganó a Hungría.
Pasaron 48 años de esto, y quienes ya peinamos canas recordamos aquel junio del ‘78 tan nítidamente que nos produce esa extraña, rara, impresión de que fue ayer.
¿Cómo es posible, para quienes lo vivimos, olvidarlo si fue un mes que barrió con la atención de casi todos hacia el campeonato, los militares eran los héroes de los medios, se presentaba al país como derecho y humano, aunque en el ropero escondían algo denso y desagradable, pero en la cancha salimos campeones mundiales?
El único que mostraba serio desinterés por el fútbol era Jorge Luís Borges. Los demás fuimos arrastrados por las cataratas de noticias y columnas sobre el Mundial.
Fillol, Olguín, Galván, Passarella, Tarantini, Ardiles, Gallego, Valencia, Houseman, Luque, Kempes y el flaco Menotti, eran como próceres de la República.
Nos entusiasmaban sus gambetas y sus arremetidas hacia el arco rival televisadas “en color” hacia todo el mundo a través de Argentina 78 TV y la empresa estatal que después sería ATC, la cual era manejada por capitanes y coroneles que nada sabían de periodismo.
Ni siquiera importaba que el “Mago de Hoz” andaba por Shangai, Pekín y Taiwán firmando acuerdos comerciales para llenar la Argentina de baratijas, que un kilo de pan ya costaba 380 pesos, y que el dólar había subido a 760 pesos la unidad.
A nadie pareció inquietarle, tampoco, cosas como un petitorio de esclarecimiento de Amnesty Internacional sobre desaparecidos, el reclamo de Francia por dos monjas desaparecidas, y los pedidos de libertad para Adolfo Pérez Esquivel.
Ni siquiera nos enteramos que una hija de nuestra tierra, la soprano lírica María Nadecha Brizuela, había sido premiada con una beca por la Fundación del Teatro Colón.
Como tampoco advertimos que en Juan José Castelli (donde estaré dentro de unos días) ocurrió un hecho histórico y muy esperado por la comunidad: el comisionado municipal Roberto Sánchez inauguró una cabina pública de teléfono.
El Día del Periodista
El 7 de ese mes de junio, llegó el Día del Periodista, oportunidad que fue aprovechada por generales, almirantes y brigadieres para lucirse con encendidas palabras a favor de la libertad de expresión y el trabajo de los hombres de prensa.
En Resistencia, durante un agasajo, el gobernador Serrano se refirió con admiración al papel del periodismo.
Pero justo ese día el diablo metió la cola: se difundió la desaparición de Julián Delgado, director del diario “El cronista Comercial”, chupado cuando regresaba de visitar a su médico.
Para colmo, ese mismo día unos periodistas franceses entregaron a Videla una carta reclamando la libertad de 68 periodistas presos y pidiendo que se investigue la muerte de otros 31 hombres de prensa, así como la desaparición de 40.
En París, el distinguido embajador argentino, Tomás de Anchorena, habló de las religiosas francesas desaparecidas, refiriéndose a ellas con este increíble desliz verbal:
“Estaban ligadas a la subversión. Las personas desaparecen por distintos motivos, incluso por errores de esta guerra contra el terrorismo. Hay gente y organizaciones que quieren hacer su propia justicia, por lo que nos resulta difícil establecer un control”.
A la gente, sin embargo, parecía que le interesaba más la llegada de un cantante extraño, mitad griego y mitad egipcio, que comía perros, y se hacía llamar Demis Roussos.
El 25 de junio, la selección argentina venció por 3 a 1 a su par de Holanda, y por primera vez en su historia recibió una alegría futbolística de tamaño mundial.
