Una dura realidad deportiva dejó de rodillas al Xeneize, desnudando la mediocridad de un plantel sobrevalorado por el periodismo militante. ¿Convicción o billetera detrás del relato para proteger a Riquelme?
BUENOS AIRES | La prematura e inapelable eliminación de Boca Juniors del plano internacional no debería sorprender a nadie que haya mirado los partidos con un mínimo de objetividad en el último año.
Sin embargo, el golpe dolió el doble en el hincha genuino. Y no dolió únicamente por el flojo nivel futbolístico mostrado en la cancha, sino por el brusco despertar de una fantasía colectiva que fue alimentada de manera sistemática, diaria y obscena por el grueso del periodismo deportivo argentino.
Durante meses, las principales pantallas de los canales de deportes y los micrófonos radiales de mayor audiencia instalaron un relato unificado: que Boca tenía el mejor plantel del país y que el equipo era el rival a vencer en el fútbol argentino.
Esta lectura, forzada hasta el ridículo, terminó por confundir por completo al socio y al simpatizante xeneize, creándoles una falsa expectativa. La realidad, implacable, demostró todo lo contrario: este Boca es un equipo claramente mediocre, predecible, sin identidad de juego y mal armado desde lo estructural.
El periodismo de infantería y el escudo protector a la gestión
¿Cómo se explica semejante brecha entre lo que el hincha veía en la cancha y lo que los "especialistas" analizaban en la televisión? La respuesta no se encuentra en la táctica ni en la estrategia de juego, sino en la política interna del club de la Ribera.
Gran parte del arco mediático deportivo funcionó como un verdadero escudo de infantería destinado a respaldar y blindar la gestión de Juan Román Riquelme. Cada triunfo ajustado contra un rival menor era catalogado de "cátedra de fútbol", mientras que las derrotas o eliminaciones eran sistemáticamente matizadas como "accidentes del destino" o, en el peor de los casos, culpa exclusiva de los directores técnicos de turno. Nunca de la dirigencia.
Al inflar de forma desmedida a un plantel limitado, el periodismo no hizo más que perjudicar al propio Boca, ya que tapó las falencias operativas y la falta de refuerzos de jerarquía que hoy quedaron expuestas ante los ojos del continente.
La pregunta incómoda: ¿Convicción ideológica o pauta incentivada?
Hoy, con la eliminación consumada y el fracaso deportivo sobre la mesa, es momento de que el periodismo deportivo se mire al espejo, y es allí donde surge el interrogante más incómodo y punzante que se replica en las redes sociales y en las tribunas de la Bombonera:
¿Todos esos periodistas que defendieron lo indefendible y construyeron el mito del "Boca arrollador" lo hacían por una auténtica e inocente convicción lírica hacia la figura de Riquelme, o existieron incentivos económicos tangibles para sostener el relato?
El tufillo a pauta oficial, los viajes compartidos, los accesos preferenciales y los silencios cómplices ante las decisiones más controvertidas de la dirigencia hacen que la sospecha de una "militancia paga" deje de ser una teoría conspirativa para convertirse en una hipótesis sumamente lógica.
El despertar del hincha
El daño ya está hecho. El hincha de Boca fue engañado por un coro de comunicadores que prefirieron cuidar su relación con el poder de turno antes que hacer periodismo independiente.
Al confundir los deseos con la realidad, el periodismo deportivo local no solo perdió la poca credibilidad que le quedaba, sino que arrastró a Boca a un pozo de falsa seguridad que terminó de la peor manera: con las manos vacías y la cruda certeza de la mediocridad.
