En medio de un conflicto bélico que no parece estar llegando a su fin en Medio Oriente, se refuerza la idea de la semana pasada: Argentina muestra una resiliencia financiera más que atendible, mientras que el impacto sobre precios y actividad enciende alarmas.
Mucho de esto fue tema de conversación activa en el Argentina Week, el evento organizado por JP Morgan, Bank of América y la embajada de Estados Unidos en Nueva York para dar a conocer el cambio de modelo argentino. Algo así como un road show frente a inversionistas en el que Milei, Caputo, Bausilli y otros funcionarios expusieron sobre las bondades del actual programa económico.
Claro está, en ese ámbito se charló mucho de la resiliencia financiera y bastante menos de la mala pasada que atraviesa el país en la economía real. Sin dudas, el orador estrella fue Milei, quien fue muy optimista respecto al ingreso de dólares del campo en el corto plazo. Fue bastante directo al decirle al presidente del BCRA “prepárate porque te van a salir los dólares por las orejas”.
Ahí vemos el mayor activo, porque no sólo se trata de dólares estacionales de la cosecha, sino que el aumento desproporcionado del petróleo (+44% desde el inicio del conflicto) y, en menor medida, de otros commodities como la soja (+5%) significan más dólares para la Argentina. El paso de importadores a exportadores netos de energía es, sin dudas, un aspecto crucial para entender la fortaleza financiera.
Ahora bien, vemos dos caminos posibles para esos dólares, con consecuencias diferentes para la economía. La primera, es apretar el acelerador a fondo en la compra de reservas. Aprovechar el envión y seguir fortaleciendo el activo del BCRA.
Desde hace mucho tiempo, existe un consenso unánime sobre la necesidad de aumentar las reservas del Central, más aun en un contexto en el que el Tesoro todavía no puede salir al mercado a tomar deuda para afrontar vencimientos (restan USD 8.000 M en 2026).
El otro camino es no hacer nada con esos dólares. Es decir, que se transformen en oferta en el mercado de cambios y que encuentre su demanda. El asunto es que esto podría tirar abajo el tipo de cambio excesivamente; y sabemos que en Argentina, un dólar barato es sinónimo de problemas mas temprano que tarde.
¿Qué camino tomará el Ejecutivo? “Que no se vayan a inflación, por favor” le dijo Milei a Bausilli en la misma presentación, en alusión directa a las compras que el BCRA pueda hacer en esta época. Recordemos que todo dólar conduce a emitir pesos. Y, si bien hay argumentos de sobra para pensar que esta emisión de pesos es producto de una mayor demanda real, el Gobierno está bastante preocupado puertas adentro por la dinámica inflacionaria.
Como puede verse en el gráfico de la semana, la inflación núcleo anualizada (¿cuánta inflación va a acumularse en los próximos 12 meses si es igual al promedio de los últimos 3?) ya está en 41,1%. La promesa pública de una inflación empezando con 0 en agosto luce como el “segundo semestre” de Macri en 2016.
En el mientras tanto, lo dijimos hace algunos meses y los datos lo ratifican: el empleo va a ser el verdadero dolor de cabeza este año. ¿Atrasar el tipo de cambio para desinflar más rápido o soltar un poco para buscar un crecimiento más sano? Nos gustaría que la respuesta fuera lo segundo, pero la política siempre juega en la cabeza del político. Incluso si es un libertario.
Sección nacional
Resistiendo con aguante
Mientras el contexto internacional volvía a ponerse más turbulento, los activos argentinos mostraron una capacidad de resistencia que, al menos por ahora, luce notable. No es que el país esté desacoplado del mundo, pero los datos de mercado sugieren que la economía argentina atraviesa este episodio externo con amortiguadores propios.
El punto de partida fue constructivo. El Banco Central continuó comprando divisas en el mercado oficial y el acumulado de 2026 ya supera los USD 3.000 millones. Al mismo tiempo, las tasas overnight siguieron muy cerca del piso del 20% fijado por la ventanilla repo del BCRA, una señal de liquidez abundante y de un sistema financiero que, por ahora, no está bajo estrés. En ese marco, el peso volvió a apreciarse y regresó a niveles nominales de hace un mes, mientras los activos argentinos acompañaron con una reacción positiva.
Ahí apareció una primera señal importante. Bonos en pesos, acciones y deuda soberana en dólares se movieron bien incluso en ruedas globales desfavorables. El Merval en dólares volvió a ganar terreno y los bonos comprimieron rendimientos. Más que euforia, lo que se vio fue una continuidad de la idea que el mercado viene comprando desde hace varias semanas: que el frente monetario está más contenido, que la liquidez en pesos luce manejable y que, por ahora, no hay señales inmediatas de desorden financiero.
En ese contexto, la Argentina Week funcionó más como refuerzo narrativo que como motor autónomo. Milei y el equipo económico insistieron con el discurso de estabilización, desinflación y oportunidad en sectores como energía y minería, pero para los activos lo más relevante fue que ese mensaje no chocó con una realidad financiera deteriorada. En otras palabras, el relato oficial encontró una macro de corto plazo que al menos esta semana no lo desmintió.
No obstante, hacia finales de la semana con el petróleo en USD 100, un dólar global más firme y Medio Oriente agregando tensión, los emergentes tendieron a debilitarse. Argentina no quedó al margen. Los bonos en dólares corrigieron y el riesgo país volvió a moverse hacia la zona de 580 pbs. Vale decir, la reacción fue bastante más moderada que en otros episodios comparables.
En el frente doméstico, el Tesoro volvió a mostrar capacidad de renovación. La última licitación dejó un rollover por encima del 100%, tasas en línea con el secundario y una demanda otra vez concentrada en la parte corta de la curva. Eso sugiere que el mercado sigue dispuesto a quedarse en pesos cuando percibe que la liquidez está contenida y que el corto plazo no muestra sobresaltos. También siguieron cediendo las tasas reales, ya por debajo de 8,5% en la parte larga.
El dato de inflación, desarrollado en la siguiente nota, tuvo un impacto en el mercado. Si en el gráfico de la editorial se veía que el REM viene corrigiendo al alza la inflación esperada para 2026, acá el gráfico muestra otra dimensión del mismo fenómeno: la inflación implícita en bonos. Es decir, no lo que dicen los analistas en una encuesta, sino lo que el mercado está dispuesto a convalidar con precios. Y ahí la señal sigue siendo de desinflación, pero menos lineal y menos limpia de lo que se veía algunos meses.
El balance semanal sigue siendo favorable, aunque algo menos cómodo de lo que sugiere una lectura superficial. Argentina no parece hoy el centro de la tormenta, pero tampoco tiene margen para relajarse. La resiliencia financiera existe. El desafío será ver cuánto aguanta si el frente internacional se complica más y si la mejora de reservas no logra consolidarse con la misma fuerza en las próximas semanas.
La inflación de febrero fue peor de lo esperado
El dato de inflación de febrero decepcionó no tanto por el número en sí, sino por las presiones que está generando el aumento del petróleo en marzo. Si bien la inflación fue de 2,9%, al igual que en enero, la inflación núcleo se aceleró a 3,1%.
En tal sentido, los componentes que no están sujetos ni a la estacionalidad ni a la regulación del Estado reflejan un comienzo de año complicado para las expectativas de corto plazo. Los alimentos volvieron a estar “calientes” (+3,5%). Por el lado de los regulados, el aumento de tarifas tuvo un claro protagonismo, con un aumento de 12% en el rubro “Energía y Gas”.
Según nuestras estimaciones, esta inflación condujo a una caída del ingreso disponible de las familias de 1,8% en el segundo mes del año. Esto se debe a que, del universo de bienes y servicios relevados por INDEC, los correspondientes al gasto inflexible de las familias subieron 3,7% en promedio.
Como advertimos, marzo es un mes en el que se sentirá de lleno el aumento de combustibles, con surtidores que ya ajustaron entre 6% y 7%, pero que podrían extender esos aumentos al 10% de acá a fin de mes. A su vez, no olvidemos que marzo es en sí un mes con una estacionalidad complicada para los precios, donde veremos los aumentos de siempre en educación y relacionados.
La desinflación se tomó un descanso.
Empleo: la peor cara del cambio estructural
Con datos cerrados de 2025, el panorama del empleo privado registrado muestra la verdadera sombra del actual cambio de modelo. A diciembre pasado, el empleo total cayó 1,4% respecto a igual mes de 2024, con un marcado protagonismo de sectores muy intensivos en mano de obra: industria (-3,3%), servicios profesionales (-1,2%) y comercio (-1,0%).
La tabla sintetiza esto y nos lleva a marcar dos patrones que, juntos, nos impiden ser optimistas. El primero es el juego de sectores ganadores y perdedores. “Los empleos que se destruyen en un sector se van a crear en otro sector” dijo Milei en su exposición en la Argentina Week. El argumento es plausible, pero los datos muestran que los sectores pujantes expulsaron empleo (Oil & Gas y Minería -8,6%) y Agro (-1,3%).
El segundo es un tema de velocidades. Si tomamos la variación del empleo del cuarto trimestre y la anualizamos, vemos que tanto el comercio (-4,3%) como la industria (-5,8%) están acelerando la destrucción de empleo. A monitorear…
Sección mundo
Sigue la batalla, se complica la inflación
La semana arrancó con una señal que los mercados venían esperando con urgencia: algunos indicios de desescalada en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán. Trump afirmó que la guerra estaba “muy avanzada” hacia su final y el G-7 evaluó liberar entre 300 y 400 millones de barriles de reservas estratégicas, un volumen equivalente a unos 20-25 días de interrupción del Estrecho de Ormuz. La reacción fue inmediata. El petróleo bajó desde la zona de US$120 hasta cerca de US$90, las bolsas rebotaron y los activos de riesgo respiraron. Pero la calma duró poco. En este tipo de conflictos, el mercado sabe que no alcanza con un rebote inicial: lo que importa es cuánto dura el shock.
Por eso, el petróleo sigue siendo el termómetro central. Desde el inicio del conflicto, el crudo llegó a subir cerca de 40% en el mes, un movimiento que, si se sostuviera, podría sumar alrededor de 0,4 puntos porcentuales a la inflación de Estados Unidos. Los ataques a buques en el Golfo y las amenazas sobre Ormuz mostraron que el riesgo sigue ahí. Incluso la mayor liberación de reservas estratégicas de la historia anunciada por la Agencia Internacional de Energía tendría un efecto más bien transitorio si el estrecho permaneciera bloqueado. Por ahora, el mercado sigue apostando a un shock limitado: un Brent cerca de US$100 sugiere una disrupción de algunas semanas, no un cierre prolongado.
La diferencia con otras crisis petroleras es que hoy el golpe sobre la actividad global podría ser menor. El mundo consume menos petróleo que hace veinte años y, además, EE.UU. se convirtió en un productor relevante gracias al shale. Ajustado por inflación y por la menor intensidad energética, un petróleo de USD 100 hoy equivale aproximada mente a US$57 en términos de 2011. Dicho simple, el mundo tolera mejor este nivel de petróleo que antes. El problema no pasa tanto por el crecimiento como por los precios.
Ahí aparece el segundo frente de tensión. El IPC núcleo de Estados Unidos subió 0,3% mensual y volvió a instalar la idea de una inflación más persistente justo cuando el shock petrolero amenaza con filtrarse al resto de la economía. Esa combinación pegó de lleno en la tasa del Tesoro americano a 10 años, que es una referencia clave para el costo global del dinero. El gráfico muestra eso: después de haber tocado 3,97%, la tasa saltó hasta 4,27% en muy poco tiempo. Que esta tasa suba no es un dato menor. Significa que el mercado exige mayor rendimiento para prestarle a EE.UU. y, a la vez, descuenta menos margen para que la FED baje tasas.
La reacción fue bastante clásica. Dólar más fuerte, acciones más débiles y menos apetito global por riesgo. Wall Street cerró una semana negativa, con el S&P 500 cayendo 1,5% y el Nasdaq 1%. A eso se sumó un condimento político incómodo: la presión creciente sobre la Reserva Federal. El bloqueo a la nominación de Kevin Warsh, la investigación judicial sobre Jerome Powell y la tensión entre la Casa Blanca y el banco central reabrieron dudas sobre la independencia de la Fed en un momento delicado.
La economía global no parece estar ante un “frenazo”, pero la inflación vuelve a ganar protagonismo cuando los bancos centrales esperaban bajar tasas. Es decir, el escenario se parece cada vez menos a “aterrizaje suave” y cada vez más a un equilibrio frágil entre geopolítica, energía y tasas.
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