Era un solitario de vida errante que a lo largo de casi toda su vida no pudo echar raíces en ningún lado. Uno que, increíblemente, luego de las luchas por la independencia, siempre andaba pobre y perseguido. Recién de viejo alcanzó la paz y la tranquilidad que merecía.
Liberó tres naciones, incluida la suya, pero tuvo que ir a Europa a buscar la paz que su país no le daba.
Era un personaje extraño para la época en la que le tocó vivir: odiaba la soberbia y la ostentación.
Cuando el 12 de julio de 1822 entró con su ejército en el Perú, lo hizo sin fasto alguno, rechazando homenajes y agasajos. Con el dinero que le dieron fundó la Biblioteca Nacional de Lima.
El 20 de septiembre de 1822 anunció que renunciaba a sus poderes políticos y militares. Nadie le creyó, pero no mentía. Efectivamente, así lo hizo. Desprovisto de todo cargo, con sólo dos o tres acompañantes regresó al lugar de donde había salido al frente de un ejército: Mendoza.
En su propia patria llevaba una vida de prisionero. Ni siquiera podía salir de su chacra de “Los Barriales”, ubicada a cuarenta kilómetros de la capital mendocina.
Intentó viajar a Buenos Aires para ver a su hija y a su mujer, la cual para entonces ya estaba muy enferma. Le avisaron que no viajara. Había gente hostil esperándolo en el camino.
Nunca hubo misterio sobre por qué puso un océano de distancia entre él y su patria. Decidió hacer tal cosa porque la situación en su país no le daba la paz que perseguía. Uno como él no podía quedarse a beber de la copa de la grieta que bebían unitarios y federales.
La maldición de la fama
Era alguien que por donde fuera era perseguido por la maldición de la fama. Hasta en Europa sus pergaminos de guerrero despertaban desconfianzas. En Francia, la aparición de uno de los dos grandes jefes de la revolución emancipadora en América del Sur generó gran revuelo en las autoridades de ese país.
El 23 de abril de 1824, luego de un viaje de setenta y dos días, su barco “Le Bayonnais” atracó en el puerto de El Havre. Lo trataron como un bandido. Lo interrogaron y le revisaron sus baúles, Sólo doce días le dejaron quedarse en Francia.
Tragos amargos como éste lo llevaron a escribir a un amigo: “No sé ya qué línea de conducta seguir. Ni siquiera el vivir oscuramente pone a cubierto de repetidos ataques a éste General que nunca ha hecho derramar lágrimas a su patria. Séame permitido, por lo menos, un corto desahogo a 2.500 leguas del suelo al que he servido con los mejores deseos”.
De Francia pasó a Inglaterra, donde los quince mil pesos que le habían mandado a cuenta de una pensión que el gobierno del Perú le había asignado y los ahorros de seis mil pesos que había llevado se esfumaron.
Tuvo que pedir auxilio a su amigo chileno O´Higgins en una carta donde, entre otras cosas, le decía: “Ni para sostenerme oscuramente me queda recurso alguno para subsistir”.
De Inglaterra pasó a Bélgica, donde vivir era más barato. Pero al cambio vigente su moneda americana allí tampoco servía de mucho, y los pesos que recibía del Perú apenas le alcanzaban para comer y pagar el colegio de Merceditas. Tal situación le obligaba a vivir “como un cuáquero”, según él mismo lo confesó en una carta.
Un día recibió un golpe de suerte. Pudo alquilar por 5.000 pesos mensuales su casa de Buenos Aires. No era mucho, pero ayudaba mucho. “Como no tengo caprichos y vivo con frugalidad, con esto ya soy el hombre más poderoso de la tierra”, dijo.
Poco duró su primavera económica. La guerra de Argentina con el Brasil hizo que la moneda argentina se devaluara tanto que prácticamente desapareció del mercado extranjero.
El definitivo adiós a su patria
El 21 de noviembre de 1828, con un pasaporte falso a nombre de “José Matorras” llegó a Buenos Aires en el buque “Countess of Chichester”. Llegó en el peor momento: el 1º de diciembre de 1828 había estallado una revolución en Buenos Aires, el país estaba en plena guerra civil, y Lavalle había fusilado a Dorrego.
No pudo bajar en Buenos Aires. Debió hacerlo en la siempre hospitalaria Montevideo.
Desde Montevideo regresó a Bruselas, donde su hija estaba internada en un colegio. Estaba más pobre que nunca porque se había cortado la pensión del gobierno peruano y ya no recibía el dinero por el alquiler de su casa en Buenos Aires.
Llegó al extremo de tener que vivir de las mercaderías que le pasaba un comerciante “con una generosidad de que se da pocos ejemplos en Europa”, según sus palabras.
El 25 de agosto de 1830 estalló una violenta revolución en Bélgica. Hubo saqueos, incendios, asaltos y violaciones. San Martín sacó del colegio a su hija y huyó a París, desde donde después se trasladó a Grand-Bourg, a la casa de su amigo Aguado.
Grand-Bourg le fue fatal. Se desencadenó allí una epidemia de cólera que mató a mucha gente y los alcanzó también a ellos. Él estuvo siete meses debatiéndose entre la vida y la muerte.
El final
Hasta que recaló en el puerto marítimo de Boulogne Sur Mer.
Lo hizo con Merceditas, su yerno (empleado en la embajada de la Confederación Argentina en Francia) y las dos nietas que le había dado “la mendocina”, como le decía a su hija.
Desde allí, el 17 de agosto de 1850, como rezan los textos escolares, voló a la eternidad.
