Desde que en marzo de 1998 la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) promovió, organizó y realizó la presentación de mi libro “Napalpí, la herida abierta”, hasta la reciente realización por parte de esa misma Universidad del documental “La larga noche de la mañana de Napalpí”, pareciera que dicha casa de estudios estuvo pasando por una larga noche de poco académicas contradicciones.
Lo de contradicciones viene a propósito de una información según la cual entre más de 500 documentales enviados a la Red Televisión América Latina (TAL) ese documental fue seleccionado como uno de los mejores trabajos audiovisuales sobre Derechos Humanos.
Para cualquier versado en la verdadera historia (la historia real y desapasionada de la Reducción de Napalpí) aparece, sin embargo, como un documental difuso, erróneo, amañado, incompleto, tendencioso e indigno de los prestigios de la UNNE porque comete el peor pecado que un trabajo de esta clase puede cometer: faltar a la verdad.
Es, por encima de todo, una propaganda para esa gran y costosa puesta en escena que fue el “Juicio por la Verdad de Napalpí”, realizado entre los meses de abril y mayo de 2022.
Sorprendentemente, el documental echa un sospechoso manto de silencio sobre el verdadero juicio por la masacre de Napalpí, el cual comenzó hace más de veinte años, causa que actualmente está a consideración de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos.
En el documental se le volvió a dar título de “histórico” al “juicio por la verdad”. Ya lo dije en otras oportunidades: fue en realidad una histórica farsa política-judicial encarada por un tribunal fantasma y desarrollada en ámbitos extraños a un tribunal, entre ellos nada menos que la ex Escuela de Mecánica de la Armada (Ex ESMA).
Es perdonable que Red Televisión América Latina (TAL) lo haya nominado candidato a algún premio: fue por desconocer la verdadera historia de la Reducción de Napalpí.
Imaginaciones bien prendidas
Entre los equívocos que se observan en el referido documental está la inventada leyenda de que Napalpí era un siniestro campo de esclavos indios sometidos al látigo del amo blanco.
Eso es un insulto a la Constitución Nacional y una falta de respeto a la memoria de notables como el presidente Roque Sáenz Peña y el científico, periodista y escritor Enrique Lynch Arribálzaga; inspirador el primero, fundador, el segundo, de la Reducción de Napalpí.
Entre los “testimonios” vertidos en el documental de marras, gente con la imaginación bien prendida declara que en ese sitio “los indios obedientes tenían un brazalete blanco para ser identificados como indios obedientes, y no ser perseguido”.
Uno llegó al extremo de afirmar que el indio sin brazalete era “condenado a muerte o perseguido”.
Los que trabajaban en la Reducción de Napalpí no eran esos asustadizos, cobardes y apocados indios que salen en algunos libros y en ese documental de la UNNE.
Cuando se enojaban, hacían sonar sus tambores de protesta. Antes de 1924 (1914 y 1917) ya se habían levantado en otras dos oportunidades, la segunda vez por falta de pago, que el presidente Yrigoyen solucionó enviando el dinero para ello.
La Reducción de Napalpí tenía una cancha de fútbol y dos equipos aborígenes que participaban de los campeonatos organizados por colonos blancos, asombroso detalle revelado por “La Voz del Chaco” en su edición de julio de 1924.
Este dato, que tampoco fue advertido por los investigadores universitarios que crearon el citado documental, es otra prueba de que la Reducción de Napalpí no era un antro de inhumana explotación de indios como algunos desinformados enseñan.
Napalpí, por el contrario, era una fresca avanzada de civilización. Un lugar que mostró al país cómo debe ser tratado el indio: como a otro argentino.
Lamentablemente, en 1923 apareció Fernando Centeno, quien con su inconducta moral y sus medidas tiránicas contra los trabajadores de Napalpí pudrió todo lo bueno que había en ese lugar y terminó provocando una masacre de aborígenes.
Fue un crimen de lesa humanidad por el cual el pueblo aborigen sigue esperando una justa reparación.
