Por Vidal Mario*

Agradezco a Sebastián Schapiro, conductor del programa “Duplex” de Radio LU2 Bahía Blanca, su gentil llamado para una entrevista sobre el 172º aniversario de la muerte del General José de San Martín.

En la entrevista, recordé que San Martín era un solitario de vida errante que durante gran parte de su vida no pudo echar raíces en ningún lado, que siempre andaba pobre y perseguido, y que recién en su ancianidad alcanzó la paz que merecía.

Que liberó a tres naciones americanas, pero que tuvo que irse a Europa a buscar la calma que en su país se le negaba.

Que era un personaje extraño para la época en que le tocó vivir porque odiaba la soberbia y la ostentación.

Que cuando el 12 de julio de 1822 entró con su ejército en el Perú, lo hizo sin el menor fasto, rechazando homenajes y agasajos, y que el dinero que le dieron lo empleó en fundar la Biblioteca Nacional de Lima.

Que cuando el 20 de septiembre de 1822 anunció que renunciaba a sus poderes políticos y militares, nadie la creyó, pero que así lo hizo y que él regresó con dos o tres acompañantes a Mendoza, de donde había salido con un ejército.

Que en su propia patria llevaba una vida de prisionero y que ni siquiera podía salir de su chacra de “Los Barriales”, ubicada a cuarenta kilómetros de la capital de Mendoza.
Que una vez intentó viajar a Buenos Aires para ver a su mujer, para entonces ya muy enferma y conocer por fin a su hija, pero que le avisaron que no viajara porque había gente hostil esperándolo en el camino.

Que nunca hubo misterio en cuanto a las razones de por qué puso un océano de distancia entre él y su patria, que eso fue porque sabía que en su país no podría vivir tranquilo “mientras no se calmase la exaltación de las pasiones” y no podía quedarse a beber de la copa del odio y de la grieta que bebían unitarios y federales.

Que otro gran problema que lo perseguía por donde fuera era la maldición de la fama debido a que hasta en Europa sus pergaminos de guerrero despertaban desconfianzas, que la presencia de uno de los dos grandes jefes de la revolución emancipadora en América del Sur generó gran revuelo en las autoridades francesas.

Que el 23 de abril de 1824, luego de un viaje de setenta y dos días, su barco “Le Bayonnais” atracó en el puerto de El Havre, donde lo trataron como un bandido, lo sometieron a un humillante interrogatorio, le revisaron sus baúles y sólo doce días le permitieron quedarse en Francia.

Que tragos amargos como éste lo llevaron a escribirle a un amigo: “No sé ya qué línea de conducta seguir. Ni siquiera el vivir oscuramente pone a cubierto de repetidos ataques a éste General que nunca ha hecho derramar lágrimas a su patria. Séame permitido, por lo menos, un corto desahogo a 2.500 leguas del suelo al que he servido con los mejores deseos”.

Que de Francia pasó a Inglaterra, donde los quince mil pesos que le habían mandado a cuenta de una pensión que el gobierno del Perú le había asignado y los ahorros de seis mil pesos que había llevado se esfumaron, que tuvo que pedir auxilio a su amigo chileno O´Higgins en una carta donde entre otras cosas le decía: “Ni para sostenerme oscuramente me queda recurso alguno para subsistir”.

Que de Inglaterra paso a Bélgica, donde en esos momentos vivir era más barato, pero que al cambio vigente su moneda americana allí también servía de poco y los pesos que recibía del Perú apenas le alcanzaban para comer y pagar el colegio de Merceditas, de tal manera que tenía que vivir “como un cuáquero”, según confesó en una carta.

Que un día recibió un golpe de suerte porque pudo alquilar por 5.000 pesos mensuales una casa que tenía en Buenos Aires, que eso lo llevó a escribir “como no tengo caprichos y vivo con frugalidad, con esto ya soy el hombre más poderoso de la tierra”, pero que poco le duró su primavera económica porque la guerra con el Brasil hizo que la moneda argentina se devaluara tanto que virtualmente desapareció del mercado extranjero.

Que el 21 de noviembre de 1828 con pasaporte falso a nombre de “José Matorras” seembarcó en el buque “Countess of Chichester”, pero que llegó en el peor momento debido a que el 1º de diciembre de 1828 había estallado una revolución en Buenos Aires, que el país estaba en guerra civil, y que Lavalle había fusilado a Dorrego; que no pudiendo bajar en Buenos Aires debió hacerlo en Montevideo.

Que desde Montevideo regresó a Bruselas, donde su hija estaba internada en un colegio, más pobre que nunca porque se había cortado la pensión del gobierno peruano, ya no recibía el dinero por el alquiler de su casa en Buenos Aires, y llegó al extremo de vivir de las mercaderías que le daba un comerciante “con una generosidad de que se da pocos ejemplos en Europa”, según sus palabras.

Que el 25 de agosto de 1830 estalló una violenta revolución en Bélgica, con saqueos, incendios, asaltos y violaciones, que San Martín sacó del colegio a su hija y huyó a París, desde donde después se trasladó a Grand-Bourg, a la casa de su amigo Aguado.

Que incluso en Grand-Bourg lo persiguió la fatalidad porque se desencadenó una epidemia de cólera que mató a mucha gente y también los alcanzó a su hija y a él, que durante siete meses estuvo entre la vida y la muerte.

Que finalmente recalaron en el puerto marítimo de Boulogne Sur Mer él, Merceditas, su yerno Mariano Balcarce, a quien Rosas había dado empleo en la embajada de la Confederación Argentina en Francia, y las dos nietas que le había dado “la mendocina”, como llamaba a su hija.

Que, desde allí, el 17 de agosto de 1850, como rezan los textos escolares, voló a la eternidad.

(*) Periodista, escritor, historiador.


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