Por Mateo Oubiña

La historia nos remonta a junio del 1198, en tierra española, donde nacía un niño, Fernando. Hijo de Alfonzo IX de León y Berenguela de Castilla.

Vivió su infancia en un ambiente de estudio, atención a los necesitados y de oración, con un especial amor por la Virgen María, de quien siempre llevaba una imagen consigo.

Cuentan que, tras la muerte repentina de Enrique, segundo marido de su madre, el día de la coronación de ésta, tomó la corona y se la colocó a Fernando nombrándolo rey de Castilla, desconcertando con esta decisión a todo el pueblo.

Ella lo aconsejó diciendo: “siempre que vayas a tomar una decisión piensa en todos como Dios piensa en todos, y se justo, como Dios es justo con todos”.

Siempre buscó ser honesto y sencillo, buen esposo y padre, un gobernante sabio y humilde. Se destacó por ser defensor de la justicia. Atento a las necesidades de su pueblo y de vida austera. Él decía “temo de la maldición de una viejita más que a otra cosa”.

Fue un defensor de la familia. Se casó dos veces, tras quedar viudo, y tuvo quince hijos entre ambos matrimonios. De sus hijos se destaca su sucesor, Alfonzo X, apodado “el sabio”, autor de canciones a la Virgen María, al igual que su padre. La historia y la memoria de la Iglesia también recuerdan a su primo San Luis, rey de Francia.

A san Fernando le pedimos por todas las familias alejadas, lastimadas y dolidas, para que sientan la presencia del Dios de la Misericordia y abracen la vida.

Hoy, también es reconocido por su sabiduría, impulsó la literatura, y entre sus labores para el pueblo, fundó la Universidad de Salamanca, edificó la Catedral de Burgos y preparó la codificación del Derecho, entre otras actividades.

Se caracterizó por el buen trato con las demás religiones y protegió a las órdenes de franciscanos y domínicos.

Por último, cuando sintió que ya llegaba el momento de su muerte, pidió que vinieran sus hijos y que se le trajera una Hostia consagrada y un crucifijo, también que vinieran su esposa e hijos.

Luego de recibir la Comunión, se despojó de su ropa de rey, y de arrodillas, ante la gente y muy enfermo, Fernando entregó su alma a Dios diciendo, “Señor, me diste un reino que no tenía, honra y poder que no merecí; me diste vida cuanto fue tu voluntad. Señor, te doy gracias y te devuelvo el reino que me diste,  y te ofrezco mi alma”.

El 30 de mayo de 1252, fallecía Fernando, como un hombre más.

Quinientos años después, en un pequeño rincón de la que hoy llamamos Argentina, el 26 de agosto de 1750, luego de que el Teniente Gobernador de Corrientes, Nicolás Patrón, convino con el cacique Ñaré, se firmó el acta de fundación de la nueva reducción en las proximidades del Río Negro sobre la actual Avenida 25 de Mayo a la altura 2000, donde hoy se encuentra un monolito recordatorio.

Al día siguiente, el 27 de agosto de 1750, al son de repiques de Campanas y ante la puerta de la Capilla de San Fernando del Río Negro, se congregaron personas destacadas de la ciudad de Corrientes, familias abiponas, acompañadas por el cacique Ñaré, y el Padre José García SJ., quien bendijo la Iglesia proclamando a san Fernando III, Rey de España, patrono de la ciudad.

Este es el motivo de que el 27 de agosto de cada año, hoy nos congreguemos también a celebrar la vida de este santo, defensor de la familia, devoto servidor del pueblo y atento a sus necesidades.

San Fernando, ruega por nosotros.


COMPARTIR