Rezar en medio de las ocupaciones de la era digital

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XVII DOMINGO DURANTE EL AÑO Ciclo C (28/07/19)

Gen 18, 20-21. 23-32; Sal 137, 1-3. 6-7a. 7c-8; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13

  1. Un momento de oración en medio de las tareas

Es importante considerar la escena del Evangelio en el marco de la tarea misionera de Jesús, el pasaje de hoy viene después del envío de los setenta y dos discípulos, texto ya comentado en una reflexión anterior; seguramente, después del trabajo y de las exigencias de la misión ellos sintieron la necesidad de rezar, para encontrar apoyo y respuestas a muchos interrogantes, y sentir las fuerzas renovadas para no decaer en el fervor y la dedicación a ese servicio.

En esto, descubrimos como la oración surge de la sabiduría de la vida, la que nos lleva a percibir y a sentir la confortadora ayuda de Dios para llevar adelante lo que hacemos. Ciertamente, los discípulos al ver la carencia de la gente y las dificultades con la que se encontraron, necesitaron un encuentro reparador en Dios.

El domingo pasado explicaba sobre la ‘vertiginosidad’ con que se vive en los tiempos actuales; la era digital nos expone a tantas conexiones y vínculos virtuales que no queda tiempo para la reflexión y menos aún, para la oración. Ampliemos este panorama, reflexionando el texto siguiente: “En un documento que prepararon 300 jóvenes de todo el mundo antes del Sínodo, ellos indicaron que «las relaciones online pueden volverse inhumanas. Los espacios digitales nos ciegan a la vulnerabilidad del otro y obstaculizan la reflexión personal. Problemas como la pornografía distorsionan la percepción que el joven tiene de la sexualidad humana. La tecnología usada de esta forma, crea una realidad paralela ilusoria que ignora la dignidad humana». La inmersión en el mundo virtual ha propiciado una especie de “migración digital”, es decir, un distanciamiento de la familia, de los valores culturales y religiosos, que lleva a muchas personas a un mundo de soledad y de auto-invención, hasta experimentar así una falta de raíces, aunque permanezcan físicamente en el mismo lugar” (Christus vivit, 90).

Evidentemente, en las condiciones actuales no hay mucho espacio para la meditación personal y para conectarse con Dios por medio de la oración. De este modo, todo se lleva adelante con el apuro y la ansiedad del hombre actual, sin la reflexión y la serenidad interior que se hacen necesarias para realizar las tareas positivamente, afrontar las dificultades del camino y asumir los desafíos hasta alcanzar los frutos esperados. Sin momentos dedicados a la oración, de reflexión con la Palabra y de diálogo con el Señor, las tareas fácilmente van perdiendo el sentido, nos cansamos y el fervor se va apagando. Por esto, lo discípulos piden a Jesús: “Señor, enséñanos a rezar, (…).”

¿De qué modo programamos en nuestra vida, momentos dedicados al encuentro con Dios por medio de la oración? ¿Tenemos un equilibrio entre el tiempo que nos insumen las actividades y los espacios de espiritualidad?

El Salmo 137 nos muestra la actitud y la sabiduría de la persona de fe; viene bien tenerlo siempre presente, para realizar con fecundidad la misión que nos toca a cada uno: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón, porque has oído las palabras de mi boca, te cantaré en presencia de los ángeles. Me postraré ante tu santo Templo.

Daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad, porque tu promesa ha superado tu renombre. Me respondiste cada vez que te invoqué y aumentaste la fuerza de mi alma.”

  1. Guiados por el Espíritu, aprendamos a rezar

Lo dicho hasta aquí, nos muestra que es necesario aprender a ejercitarse en la oración; esto implica, adquirir las disposiciones propicias para dirigirnos a Dios, allanarle el camino para que venga a nosotros y encontrar un modo de rezar que nos satisfaga. El docente que nos enseña a rezar es el Espíritu, pero necesitamos colaborar con Él, dedicando tiempo para la oración y dando importancia a la misma para encarar nuestras ocupaciones.

Recordemos estos consejos de un maestro espiritual, sobre las disposiciones para la oración: “Prepara tu corazón para el Señor, para que venga y habite en ti. Pues Él dice, el que me ama guardará mi palabra, y vendremos a él y haremos morada en él. De modo que hazle en ti lugar a Cristo. Si posees a Cristo, serás rico, y con él te bastará. Él será tu proveedor y fiel procurador en todo, (…). Pon en Dios toda tu confianza, y sea él, el objeto de tu veneración y de tu amor. Él responderá por ti y todo lo hará bien, como mejor convenga.” ¡Es una sugerente invitación para llevar una vida agradable a Dios!; no dejemos de aportar lo nuestro, para que sus dones den muchos frutos en nosotros.

La lectura del libro del Génesis nos anima a rezar con confianza. El dialogo que tiene Abraham con Dios, es expresión clara de la cercanía recíproca que compartían; aquel no solamente le hace un pedido, sino que le expresa algunas cualidades, principalmente su bondad y misericordia, fuente de bendición y esperanza. Recordemos el pasaje:

“Entonces Abraham se le acercó y le dijo: ‘¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya en la ciudad cincuenta justos. ¿Y tú vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en él? ¡Lejos de ti hacer semejante cosa! ¡Matar al justo juntamente con el culpable, haciendo que los dos corran la misma suerte! ¡Lejos de ti! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no va a hacer justicia?’.” Cuando recemos, no dudemos de la bondad y misericordia de Dios, porque es la expresión más genuina de lo que es Él; ¡acudamos con confianza a su encuentro!

En el Evangelio se revela una gran novedad: ¡Nuestra oración se dirige la Padre! Nos invita a tener un dialogo filial con Él. También, se muestra como Alguien muy cercano afectivamente, y esa expresión nunca falta en la vivencia auténtica de la fe. Si hacemos experiencia de esto y lo sentimos en el corazón, sin lugar a dudas, hemos dado un gran paso para alimentar nuestra espiritualidad. Recordemos la primera palabra que enuncia Jesús en la oración: “Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, (…).” ¿Sentimos en nuestro interior la paternidad de Dios, que siempre nos guía y anima por el camino del bien? ¿Fomentamos un diálogo filial y nos atrevemos a hablarle de los temas de nuestra vida personal y social?

El Evangelio termina diciendo que en la oración se nos da lo mejor, el Espíritu: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!” Como ya les decía, el gran docente es el Espíritu, por eso, debemos pedir su asistencia, sabiendo que nos guiará en la oración, para seguir a Jesús, en el sendero de nuestra misión cotidiana.

Que podamos proclamar a Dios después de cada oración, con las palabras del Salmo: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón, porque has oído las palabras de mi boca, te cantaré en presencia de los ángeles”.

 Pbro. Alberto Fogar

Párroco Iglesia Catedral

(Resistencia)

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