¿Quién debería ser el máximo héroe paraguayo? La otra guerra del Paraguay

Por Vidal Mario - Periodista-escritor-historiador

7 de junio 2026

Se han cumplido 91 años del fin de otra cruenta guerra internacional que debieron librar los paraguayos, esta vez contra Bolivia, que había invadido su territorio.

El 12 de junio de 1935, la diplomacia argentina encabezada por Saavedra Lamas (quien por esto se hizo acreedor al Premio Nobel de la Paz) logró apagar el infierno de fuego que tres años antes se había desatado sobre el Chaco Boreal.

El día de la firma del armisticio, miles de paraguayos y argentinos, portando banderas de ambos países, se volcaron a las calles argentinas para celebrar el fin de esa absurda guerra entre pueblos hermanos que, según algunos informes, había sido impulsada por la empresa petrolera norteamericana Standard Oil.

Bolivia le canta a la guerra

En realidad, desde hacía por lo menos treinta años que Bolivia se venía preparando para la guerra y conquista de un inmenso territorio sobre el cual desde los tiempos coloniales Paraguay presentaba justos títulos, tal como lo reconociera el presidente norteamericano Rutherford Hayes en su laudo de 1878.

Quería tomarse revancha de la pérdida ante Chile de su salida al Pacífico, pretendía desahogarse y tomar venganza a costa del pobre y empobrecido Paraguay.

Estadistas, escritores, periodistas, maestros y otras mentes representativas del altiplano ponían sus mejores energías en la preparación psicológica del pueblo para una guerra.

Concentraron todas las preocupaciones en la preparación del ejército, compraron armamentos modernos, contrataron militares europeos para la organización y entrenamiento de sus soldados, y pusieron al ejército bajo el mando de un general alemán.

Éste, veterano de la Primera Guerra Mundial, diseñó un plan de operaciones militares, para invadir el Chaco paraguayo.

Desplegaron aparatosas maniobras militares ante todos los representantes diplomáticos acreditados en el país, proclamando a Bolivia como la segunda potencia militar americana, y a su ejército como único de Sudamérica en potencia de fuego.

A continuación, desarrollaron una agresiva propaganda internacional como para que nadie tuviese dudas ni del poderío boliviano ni de la necesidad de dar satisfacción a sus pretensiones territoriales como único camino para evitar la guerra.

Confiado en el inmenso arsenal bélico que se había acumulado, en 1929 el canciller Elío declaró desde Oruro: “Bolivia tiene necesidad de una guerra para afianzar la moral interna e internacional”.

El diario La Prensa, de Sucre, sintetizó así el sueño boliviano: “Bolivia necesita desahogarse en una guerra victoriosa. Necesitamos el aliento del triunfo, necesitamos fundir en los campos de batalla el espíritu de una verdadera unión nacional”.

Bolivia terminó entonando canciones guerreras de conquista, y hasta el famoso escritor Jaime Mendoza proclamó: “Bolivia no podrá imponerse ante sus vecinos con la voz de sus estadistas, sino con la voz del fusil de sus soldados”.

Salamanca, profeta de la guerra

Apareció, como candidato presidencial, Daniel Salamanca, profeta de la guerra y caudillo de la violencia, lanzando su campaña a la Presidencia, apoyado por la Standard Oil.

Su discurso guerrero electrizó a sus compatriotas. “Las bayonetas bolivianas han de dar a Bolivia un puerto en el Atlántico para el petróleo de Santa Cruz”, prometió en las tribunas electorales.

Ganó las elecciones con una unanimidad única en la historia boliviana y asumió su cargo en marzo de 1931.

Como lo había prometido en su campaña, descargó una tormenta sobre las tierras pacíficas del Paraguay. “Éste es el único país al que podemos atacar con seguridades de éxito”, afirmó, confiado en un triunfo más que seguro y rápido.

Aseguró que iba a “pisar fuerte en el Chaco”, y humillar a “la más miserable de las republiquetas sudamericanas”.

Los soldados bolivianos, noventa por ciento de los cuales eran aborígenes, comenzaron las invasiones.

Diecinueve países americanos emitieron un documento advirtiendo al país invasor que no iban a convalidar la ocupación del Chaco por la vía de las armas.

Salamanca respondió que el pronunciamiento internacional era “una intimación a Bolivia” y que no iba a detener el avance de sus tropas. “La nación boliviana necesita romper la barrera que le impide el acceso a su litoral sobre el río Paraguay”, dijo.

Sobre el referido manifiesto internacional, el escritor alemán Korner apuntó, desde Europa: “Siendo la guerra contra Bolivia al mismo tiempo una guerra contra el imperialismo petrolero yanqui, aspiración de la América Latina, la causa paraguaya goza de las simpatías de los pueblos americanos”.

Desesperante situación guaraní

La verdad es que ya desde octubre de 1927, aunque en pequeña escala, venían produciéndose incursiones bolivianas al Chaco.

Los invasores plantaban fortines y puestos militares en suelo guaraní. Ya no había dudas de que tarde o temprano otra guerra golpearía las puertas del Paraguay.

El diario La Nación de Asunción desnudó crudamente en una de sus editoriales algo que no era misterio para nadie: la absoluta indefensión en que se encontraba el Paraguay para hacer frente a la agresión de los vecinos.

El mencionado periódico describió de esta manera la desesperante situación paraguaya:

“La Intendencia General de Guerra no dispone de organización ni de medios para abastecer ni siquiera a un cuerpo de dos mil hombres en campaña. La Sanidad del Ejército no tiene organización ni está en condiciones para atender decorosa e higiénicamente ni a quinientos enfermos. El ejército nacional no dispone ni de medio millar de caballos para los servicios del mismo.

No hay jefes ni oficiales para comandar y dirigir un ejército, ni hay materiales ni armas ni elementos para organizarlo.

¿Por qué no se obtienen los materiales y equipos que reclaman las necesidades de la defensa nacional?

¿O es que se dejará la defensa del país al auxilio providencial y piadoso de alguien? ¿O es que se pretende deliberadamente ofrecer la república, inerme e inerte, a la saña de los usurpadores, como una víctima desamparada que invoca como única defensa la conmiseración del mundo?”.

El artículo enfatizó que el Paraguay estaba siendo arrastrado a una guerra que no quería, y que carecía de equipos, armas, camiones, oficiales y soldados formados en cuarteles.

Razones de la desnudez paraguaya

¿Por qué el Paraguay estaba tan desnudo para enfrentar a la militarmente bien vestida Bolivia?

Porque los gobiernos que venían sucediéndose en los inmediatos veinticinco años antes de la contienda habían estado sordos y ciegos ante la visible penetración boliviana.

Las veces que la opinión pública reclamaba preparativos para la defensa del Chaco, era enérgicamente reprimida. Hubo destierro de ciudadanos, muerte de estudiantes universitarios, cierre de imprentas y abolición de libertades cívicas, sólo por reclamar que el Paraguay se ponga a la altura de su historia guerrera y defienda lo que legítimamente, desde tiempos inmemoriales era suyo.

A los gobiernos que se iban turnando en el Paraguay ese cuarto de siglo antes de la guerra poco parecía importarles ingratos episodios fronterizos perpetrados por las fuerzas bolivianas, como la muerte de Rojas Silva, la reconstrucción de Vanguardia, o la toma de Samaklay, actos que en sí ya eran actos de guerra.

Éste oscuro panorama se agravaba aún más con el desencuentro entre los mismos paraguayos.

“Me voy al norte a incendiar el país para que Ayala no pueda gobernar tranquilo”, dijo en 1921 el ministro de Guerra, Adolfo Chirife, alzándose en armas contra el presidente Eusebio Ayala.

Dos años, hasta abril de 1923, duró el incendio paraguayo provocado por aquella insensata revolución, que dejó al país más pobre y desarmado que antes.

Mientras tanto, fiel al principio de que los hermanos que se pelean entre sí son devorados por los de afuera, los bolivianos seguían infiltrándose en el Chaco paraguayo por la línea Pilcomayo, llegando incluso hasta Estero Patiño.

Bolivia, convertida en una máquina de guerra, ya había invadido más de la mitad del Chaco, y parecía que nada podía impedirles llegar de un salto hasta el río Paraguay.

Estaban convencidos de que tenían ante sí a un pueblo muerto porque no veían reacción de parte de los gobiernos y militares paraguayos que se turnaban en sus cargos.

Como si la patria no estuviera gravemente amenazada por un país extranjero, entre diciembre de 1930 a marzo de 1931, se desencadenó otra revolución encabezada por el ministro de Guerra, general Manlio Schenoni Lugo y el teniente coronel Arturo Bray.

Esta vez, el objetivo era sacar del medio al Jefe del Estado Mayor del Ejército, teniente coronel José Félix Estigarribia, quien sostenía que el Paraguay de hecho ya estaba en guerra y que había que actuar en consecuencia.

El llamado de la patria

Finalmente, José Félix Estigarribia ordenó reconquistar Pittiantuta. La estratégica reserva de agua (que los bolivianos llamaban Laguna Chuquisaca) fue recuperada el 15 de julio de 1932.

Muchos temblaron ante la prueba de fuego en que el coronel Estigarribia había colocado al país. Su decisión significaba que la nación de hecho estaba en guerra.

Los paraguayos se despertaron y se encontraron con que habían sido arrastrados a una nueva contienda y que no tenían equipos, ni armamentos, ni camiones, ni oficiales, ni suficientes soldados en los cuarteles para afrontarla.

Miles de agricultores, peones de campo, artesanos, artistas, oficinistas, estudiantes, docentes y profesionales fueron alistados. Estos improvisados soldados fueron concentrados en el hoy estadio Defensores del Chaco, desde donde partieron al frente.

Entre ellos iban los “macheteros”, combatientes inmortalizados en el ya desaparecido billete de un guaraní.

La estrategia paraguaya era sencilla: guerra de guerrillas. Todo se reducía a caer sorpresivamente sobre el enemigo, apropiarse de sus arsenales y combatirlos con sus propias armas.

Lentamente, uno por uno, se iban hilvanando los triunfos paraguayos de Pittiantuta, Pampa Grande, Pozo Favorito, Toledo, Gondra, Arce, Zenteno, Pirizal, Campo Grande, Campo Gilberto Báez, Cañada Tarija, Nanawa y Aliguatá.

En los primeros dos años de guerra los paraguayos recuperaron cien mil kilómetros cuadrados de territorio, y también cayeron en sus manos 113 fortines y puestos militares plantados por el ejército boliviano a lo largo de los pasados treinta años.

Habiendo iniciado la lucha con machetes, en dos años los paraguayos ya tenían un poderoso arsenal de guerra, que no era otro que el que tenían sus enemigos.

Un balance de 1934 consignó que ya le habían sacado al enemigo más de 400 camiones, 25 mil fusiles, 2.300 ametralladoras, 90 cañones y morteros, lanzallamas, millones de proyectiles y tanques de guerra que los paraguayos en su vida habían visto.

En Boquerón, infernal batalla que duró dieciséis días, los sueños de conquistas de Bolivia se derrumbaron para siempre.

Ante el sorprendente triunfo paraguayo, un ex embajador de Chile declaró: “Hay en el Chaco un depósito inextinguible de fuerza moral que irradia por todas partes el esplendor de su grandeza. Es ese pueblo paraguayo batiéndose y venciendo con cuchillos y machetes contra ametralladoras y tanques”.

El pueblo paraguayo había aceptado, afrontado y ganado la guerra.

Un héroe de verdad

Un recibimiento apoteótico, sin igual en la historia del país tributaron en Asunción a Estigarribia y a sus soldados.

Se había ganado el corazón de sus compatriotas. Nadie ponía en tela de discusión que su papel en la recién terminada guerra estaba por encima de toda discusión y crítica y que por eso merecía el título de actor glorioso de esa guerra.

Pero apenas ocho meses después, este coronel victorioso fue castigado con el feo y odioso rostro de la ingratitud.

Como si hubiera cometido un delito o una fechoría, el golpe militar de 1936 lo desterró del país y entronizó como máximo héroe de los paraguayos a uno que en realidad con sus sueños napoleónicos entre los años 1864-1870 había causado la destrucción del Paraguay: Francisco Solano López.

Estigarribia fue expulsado del país por los golpistas, que habían preparado el golpe desde un hotel de Buenos Aires, en complicidad con militares que vivían en Asunción.

Un castigo ingrato, injusto e inmerecido para quien en el campo de batalla había salvado al Paraguay de la humillación y del desmembramiento territorial.

El máximo héroe paraguayo nunca debería haber sido, ni ser, Francisco Solano López, título que se le inventó a través de un decreto decreto de facto, en 1936.

El héroe máximo paraguayo debería ser el mariscal (post mortem) José Félix Estigarribia.

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