La antigua ciudad de Jaffa, que desde 1954 forma parte del ejido urbano de Tel Aviv, se ha convertido en los últimos tiempos en un centro del diseño, el arte y la gastronomía israelí que le han dado una característica particular al lugar, de casi 5.000 años de historia.

La ciudad cuenta con uno de los puertos más antiguos del mundo y el preferido del turismo que llega a este rincón de Asia.

Previo a recorrer sus calles empedradas, plenas de locales de estilo, un grupo de periodistas invitados por el Ministerio de Turismo de Israel, entre ellos uno de Télam, hizo una parada obligada en la vieja estación de HaTachana, hoy reconvertida en un área de entretenimiento.

“Con una variedad de restaurantes, cafeterías, tiendas de moda y regalos, y numerosas actividades culturales, la estación de HaTachana, vecina al barrio de Neve Zedek, fue reconvertida en los últimos años en un atractivo centro al aire libre de recreación y compras”, explicó el guía argentino-israelí, Gabriel Waserman.

Desperdigados por cada uno de los rincones, algunos del grupo optan por contemplar el ir y venir de gente mientras saborean un café, en tanto que otros recorren alguna de las decenas de tiendas que exhiben los principales diseñadores de moda israelíes, en varias de las 22 estructuras rescatadas.

HaTachana en un gran punto de encuentro en esta ciudad, Tel Aviv, que tiene la ganada fama de ser epicentro de la cultura y el entretenimiento en Medio Oriente, y que en la vieja estación de tren se manifiesta con espectáculos callejeros y perfomances de todo tipo.

El viajero curioso puede visitar el edificio de terminal de carga, funcional y simple, que se terminó de construir en 1892 y sirvió para almacenar productos de tránsito que en su mayoría llegaban desde el puerto de Jaffa en ruta a Jerusalén.

Otra edificación atractiva es la estación de tren, en la actualidad totalmente restaurada en su forma original, que fuera construido de manera simétrica en un estilo arquitectónico muy influenciado por la cultura constructiva europea-templaria del siglo XIX.

También se puede visitar la casa de la familia Wieland, que llegó de Alemania a la tierra de Israel en 1.900 y decidió establecer su casa y su fábrica de materiales de construcción cerca de la estación de trenes; la Casa Roja, una típica vivienda árabe que debe su nombre al yeso rojo utilizado en sus paredes; y la fábrica de la familia Weiland, de 1.905, pionera en la industria de productos de construcción de hormigón en Israel.

Es momento de seguir hasta Jaffa, no sin antes admirar que esta estación, la primera del país, suplió lo que era un mercado de cargas que se hacía en camello o en carretas, y que dejó e funcionar tras la independencia de Israel en 1948, hasta que se convirtió en el activo centro que es hoy día.

A pasos de HaTachana ingresamos en el laberinto de estrechos callejones y pasajes de Jaffa, antigua ciudad por la que han pasado todos en su larga historia: desde su creación, adjudicada a uno de los hijos de Noé, los egipcios -de hecho se ha descubierto un arco o “puerta” de esa civilización de unos 1.200 años antes de Cristo-, los fenicios, los bizantinos, los árabes, los cruzados, los mamelucos los otomanos, y hasta el mismo Napoleón, que sitió, conquistó y saqueó la ciudad.

En la actualidad, este sitio por el que ingresaron los cedros del Líbano para el Templo del Rey Salomón y que fue hasta el siglo XIX la puerta de entrada al hoy Estado de Israel, está habitado por artistas y diseñadores, y cuenta con una decena de lugares para comer y tomar alguna copa, hoteles, galerías de arte y todo aquello que otorga a Jaffa su reconocido “LifeStyle”.

Imperdible visitar, como lo hizo el grupo de periodistas, el Museo Ilana Goor, que además es la casa de la ecléctica artista -de hecho el visitante se puede topar con ella en cualquier momento del recorrido-, donde se encuentra una de las colecciones de arte del Medio Oriente más interesantes y peculiares, con objetos traídos de toda la región.

Salir de esa mansión-museo lleva al grupo a internarse por calles de piedra donde se detiene en alguno de los lugares para degustar alguna exquisitez, o contemplar originales obras de arte callejero, como un naranjo que sostiene una piedra de proporciones que parecería flotar, desafiando la ley de gravedad.

La idea, después de esa aventura para los sentidos que es perderse por la callejuelas de Jaffa, es dirigirse al milenario puerto, para lo cual se sale al parque HaPisgah en lo alto de la colina, que ofrece unas vistas privilegiadas de Tel Aviv y el Mediterráneo, y admirarse con una extraña escultura blanca que representa, dicen, la caída de Jericó, el sacrifico de Isaac y el sueño de Jacob,

También está el santuario de San Pedro, que domina desde lo alto el pueblo de pescadores, se vincula a diversos episodios de la vida de Pedro, pero también a la historia del profeta Jonás.

Previo, el grupo pasa por un original puente con los signos del zodíaco en sus barandas -la leyenda dice que si se apoya la mano en el signo que a uno le corresponde se volverá a Tel Aviv- y la tentación de volver puede más que cualquier otra, así que cada uno busca su signo y apoya sus manos para que alguna vez se produzca el milagro del regreso.

Es momento de bajar por las estrechas calles bordeadas de negocios para bajar al puerto, no sin antes adentrarse en alguno de los locales para curiosear las pequeñas o grandes objetos de arte que se ofrecen.

Abajo, el puerto es un paseo junto al Mediterráneo que invita a soñar sobre todo lo que guarda en su interior ese espacio mágico.

Aunque más prosaico, pero no menos interesante, el grupo reserva una mesa en uno de los tantos restaurantes que se alinean por la costanera para saborear desde el día los buenos platos y excelente ambiente, experiencia que se repetirá por la noche, donde las luces envuelven el lugar en una atmósfera particular.

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