Estimulados por el espíritu de magnanimidad

PENTECOSTÉS Ciclo C (09/05/19) Hech 2, 1-11; Sal 103, 1ab. 24ac. 29-31. 34; 1-Cor 12, 3b-7. 12-13; Jn 19, 20-23

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  1. El Espíritu nos inspira a caminar juntos

Culminamos el tiempo pascual con la gran celebración de Pentecostés, la presencia fuerte del Espíritu desea hacerse vigente en nuestra realidad. Y esto no es una palabra más, estamos convencidos que Dios actúa en nosotros por su Espíritu para que nuestros servicios, tareas y ocupaciones se realicen con más intensidad y alegría.

El colorido de los templos y la dedicación en la preparación nos lleva pedagógicamente a meternos de lleno en este clima que pretende renovarnos y movilizarnos; ¡queremos celebrar esta fiesta y sentir como el Espíritu se mueve en nosotros, invitándonos a vivir con fuerza y vitalidad!

Si Babel representa la confusión de la humanidad y la falta de entendimiento, Pentecostés expresa cómo interviene el Espíritu para que podamos ponernos de acuerdo y lograr el encuentro entre personas, diversas en ideas y convicciones; repasemos el pasaje del libro de los Hechos: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo.

Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: ‘¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?’” El Espíritu nos da un nuevo lenguaje, nos une a todas las personas en experiencias de fraternidad cada vez más amplias.

Sin lugar a dudas, es el idioma del amor que modera, clarifica, apasiona y pone palabras justas y oportunas en nuestros labios, y el gesto amable y comprensivo. Cuando el Espíritu está presente se nota y nos expande, no lo podemos contener porque anhela siempre que nos encontremos, hasta con aquellos que nos resultan más difícil de acordar.

¿No es esto lo que se necesita en nuestras comunidades, una presencia fuerte del Espíritu que promueve el acercamiento entre todos? ¿No tendríamos que soltarnos un poco más y animarnos a romper barreras que ponen tantas distancias entre personas y grupos?

Estamos llamados a madurar para saber expresarnos con amabilidad y alegría, y de ese modo, atraiga a muchos para que se sientan inclinados a compartir experiencias de encuentro. Es bueno recordar que “Dios ama la alegría de los jóvenes y los invita especialmente a esa alegría que se vive en comunión fraterna, a ese gozo superior del que sabe compartir, porque ‘hay más alegría en dar que en recibir’ (Hch 20, 35) y ‘Dios ama al que da con alegría’ (2 Co 9, 7).

El amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros: ‘Alégrense con los que están alegres’ (Rm 12, 15). Que la espontaneidad y el impulso de tu juventud se conviertan cada día más en la espontaneidad del amor fraterno, en la frescura para reaccionar siempre con perdón, con generosidad, con ganas de construir comunidad.

Un proverbio africano dice: ‘Si quieres andar rápido, camina solo. Si quieres llegar lejos, camina con los otros’. No nos dejemos robar la fraternidad” (Christus Vivit, 167). Que no nos gane la tristeza que lleva al aislamiento y, a replegarnos sobre nosotros mismos y llenarnos de resentimientos que ponen muchas distancias.

¡Pidamos el Espíritu para conectarnos con la alegría auténtica y decidámonos a hacerla presente para tender redes con los demás!

  1. El Espíritu de magnanimidad

Si nos preguntáramos qué nos pide el Espíritu, seguramente vamos a encontrar muchas expresiones de los compromisos que tendríamos que asumir. Me inclino a pensar que nuestra sociedad reclama de manera urgente una presencia valiente y dedicada de todos, en especial de los que tienen mayores responsabilidades en su conducción.

Si consideramos la situación actual del país y las decisiones respecto al futuro que se definirán este año de elecciones, viene bien reflexionar sobre la virtud de la magnanimidad, expresión de la conducta humana que no podría faltar en todo dirigente social o pastoral. Esta nos lleva a aspirar a cosas grandes para el bien de todos, ofrecer lo mejor de nosotros para ese fin, no quedar paralizados y pensar mezquinamente en nuestros intereses.

La magnanimidad es la mirada que se eleva por encima de pequeñeces, frivolidades, rencores, avaricias, enemistades o partidismos, hacia cosas más nobles; conjuga la generosidad, el buen trato con todos, amigos o enemigos, y el deseo audaz de realizar acciones que promuevan la dignidad plena de las personas.

Pero lamentablemente, “nuestro tiempo parece sufrir el predominio de la pusilanimidad y la mezquindad. Esta mezquindad se puede ver por doquier. Por ejemplo, en la forma de actuar de muchos políticos, que deberían ser los mayores ejemplos de magnanimidad por su vocación de servir al bien común, pero en cambio conceden una importancia absoluta a obtener votos y se muestran incapaces de reconocer los propios errores o lo bueno que han hecho sus contrincantes (…)” (Francisco).

Este tema nos ayuda a pensar en algo que muchos pregonan, promover una nueva forma de hacer política. Entendemos que, entre muchos aspectos, consiste en un modo eficaz y transparente de gestionar en orden al bien común y de ejercer los cargos con la ética que se espera de toda autoridad.

Los ciudadanos reclaman estos cambios y una acción clara de la política hacia los sectores más vulnerables. Pero no se podrá percibir claramente esto en las acciones públicas, sin la conducta generosa, humilde y laboriosa, es decir magnánima, que sepa superar los intereses personales y se ejerza el cargo con una vocación política genuina, o sea, que se piense, decida y actúe en función del bien integral de todos los ciudadanos, con una dedicación esforzada y heroica, si es necesario.

¿De qué modo se ejerce la acción política en los cargos públicos?, ¿se anhela lograr programas que estén en función de los intereses del ciudadano y no de beneficios mezquinos?

En el caso del cristiano esto es mucho más importante. Porque cuando uno entra en la amistad de Jesús, cuando nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, el corazón se abre a muchos horizontes de compromiso por los demás, se vuelve magnánimo; y ya no podemos pensar sólo en nuestros intereses, sino en términos de comunidad.

Una oportunidad para ensanchar nuestra caridad, es participando activamente en este fin de semana de la Colecta anual de Cáritas. ¡No dejemos de realizar este gesto valioso para dar una mano a los más vulnerables!

Pidamos la ayuda de Dios para que haga crecer nuestra capacidad de dar, lo hacemos con el Salmo de hoy: “Bendice al Señor, alma mía: Señor, Dios mío, ¡qué grande eres! ¡Qué variadas son tus obras, Señor! ¡La tierra está llena de tus criaturas! Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra.”                                                             

Presbítero Alberto  Fogar

Párroco Iglesia Catedral (Resistencia)