El Espíritu alienta e intensifica nuestras decisiones

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II DOMINGO DURANTE EL AÑO Ciclo A (19/01/20)

Is 49, 3-6; Sal 39, 2. 4ab. 7-10; 1-Cor 1, 1-3; Jn 1, 29-34


  1. Decididos en la línea de Dios

Para conocer más profundamente el significado del bautismo de Jesús y las consecuencias personales del mismo, las palabras del Salmo de hoy nos explican ese aspecto, nos dice el texto: “Tú no quisiste víctima ni oblación; pero me concediste un oído atento; no pediste holocaustos ni sacrificios, entonces dije: ‘Aquí estoy’. ‘En el libro de la Ley, está escrito lo que tengo que hacer: yo amo, Dios mío, tu voluntad, y tu ley está en mi corazón’”. Para seguir el proyecto de vida que Dios nos propone, en primer lugar, se piensa y madura la decisión en el interior de cada uno; es un proceso personal que lo vivió hondamente Jesús, sintió un fuerte impulso en su corazón y entrego su vida para realizar la voluntad del Padre. Tanto es así, que en el evangelio de Juan llega a decir: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y culminar su obra”. ¿No es este el modo que debería conducirse nuestra vida, poniendo la propuesta de Dios, ante todo?

Para vivir esta experiencia existencial, una actitud que no debemos dejar de lado es la escucha atenta y creyente, como dice el Salmo citado más arriba: “me concediste un oído atento”. Porque en esa escucha se va forjando la persona con apertura a la fe, se forma el discípulo del Señor. En este punto, Jesús muestra una disponibilidad total a Dios para llevar adelante con generosidad la misión encomendada. En este sentido, se aplica bien lo que dice el texto de Isaías de hoy: “El Señor me dijo: ‘Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré (…) yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra’”. El “SÍ” a la voluntad de Dios se da a partir de la escucha y es lo que va construyendo la historia personal y social, porque para Dios lo individual tiene referencia a los demás, no es autorreferencial, sino comunitario y social.

También nosotros, no perdamos la oportunidad de responder positivamente para seguir la proposición que Dios nos hace, y tengamos confianza que la podemos realizar. Recordemos esta frase de la obra “El Alquimista”: “Las decisiones son solamente el comienzo de algo. Cuando alguien toma una decisión, se zambulle en una poderosa corriente que lleva a una persona hasta un lugar que jamás hubiera soñado en el momento de decidirse”. El testimonio de Jesús es un aliciente enorme para arriesgamos a tomar esas decisiones que se espera de nosotros; porque no imaginamos todo el bien que lograríamos realizar si damos ese paso, ¡y los “sueños” que se podrían concretar!

Hoy se necesita que tengamos una expresión clara y firme para afrontar los desafíos que tenemos, porque no podemos conformarnos con una respuesta a medias; hace falta ese paso de conversión para que Dios logre de cada uno de nosotros ese “SÍ” grande. No podemos caer en la mediocridad que lleva a transitar la vida “suavizando” las grandes responsabilidades que deberíamos asumir y no permitiendo que despleguemos todos los recursos y capacidades. En el camino de la fe, no tendría que haber lugar para ese tipo de actitud; por eso, se nos alienta a revisar nuestro compromiso actual y a responder con una entrega al Señor más ferviente, audaz, llena de amor y alegría hasta el fin.

¿Estamos dispuestos a analizar nuestra vida, para visualizar lo que nos impide una respuesta más audaz y generosa?

2. Dar más intensidad a lo que hacemos

En el Evangelio de hoy, Juan nos alienta a tener apertura al Espíritu, lo expresa el texto: “Y Juan dio este testimonio: ‘He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu santo’”. ¡Y lleno del Espíritu, Jesús asumió y vivió su misión hasta el final! ¡Este es el bautismo que necesitamos!, tenemos que recibirlo con apertura, dispuestos a vivir con más intensidad todo lo que hacemos.

Necesitamos sentir ese impulso interior para tener la fuerza necesaria y no desanimarnos, para no caer en el pesimismo que contamina el alma y nuestro alrededor; también, para que nos ayude a tener la audacia de abrir siempre nuevos caminos y aportar las enseñanzas del Evangelio. En este sentido, es importante recordar que, en los procesos de formación personal y social, “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra (…), no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón” (Evangelii Gaudium, 266). No nos dejemos influenciar por algunos que nos dicen que ya nada se puede hacer para cambiar la realidad, o que el Evangelio es un mensaje desactualizado y no es importante su anuncio y vigencia. ¡Todo lo contrario!, la presencia de los valores evangélicos siempre es expresión de una humanización auténtica, es decir, se muestra a la persona en su máxima plenitud.

Pero sabemos que en la realidad actual no es tan sencilla la tarea de hacernos presente con nuestras ideas y aportes, porque “en algunos lugares se produjo una ‘desertificación’ espiritual, fruto del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus raíces cristianas.

Allí el mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser ese ambiente árido donde hay que conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero (…) en el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza” (Evangelii Gaudium, 86). ¡Gran parte de nuestra tarea es orientar hacia dónde ir y alentar a seguir adelante, sin resignar los “sueños” e ideales!

¡Qué el Espíritu nos renueve y fortalezca! ¡Lo necesitamos!

Pbro. Alberto Fogar                                                                                              Párroco Iglesia Catedral                                                                                                (Resistencia)

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