XXII DOMINGO DURANTE EL AÑO Ciclo A (30/08/2020)

Jr 20, 7-9; Sal 62, 2-6. 8-9; Rom 12, 1-2; Mt. 16, 21-27

· De contrariedades y peligros

Ante aquello que obstaculiza la marcha de nuestros proyectos y programas, una primera reacción que tenemos es la de negarnos o resistirnos a aceptar lo que acontece. Como le ocurrió a Pedro, cuando se dio cuenta que sus planes no se iban a cumplir como lo había fijado, reacciona y dice a Jesús: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”.

Le es difícil renunciar a todos los éxitos que iban teniendo y a la fama que se habían ganado entre muchos, pero Jesús siente que no puede alejarse de lo que se había fijado y anhelaba con ansias realizarlo; por eso, responde: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará”. ¡Esta es la gran disyuntiva para los discípulos, sobre qué hacer ante tal desafío!, pero también, ¡es la gran oportunidad de optar para ir hasta el final en la entrega y el compromiso por la causa del Maestro!

En estos meses que transcurren nos dimos cuenta que nuestra vida ha cambiado mucho, tuvimos que detenernos para poder enfrentar el “desafío del coronavirus”, renunciar a muchas cosas y a reprogramar todo, porque el presente y el futuro se ha modificado. Es importante tener en cuenta, que hace poco tiempo la lógica en general que acompañaba a la sociedad era la “vertiginosidad”, esa manera de hacer muchas cosas y no detenernos para conectarnos con nosotros mismos, el estrés era el indicador para reflejar cómo andábamos.

También, sentíamos esa especie de necesidad compulsiva de hacer mucho, para tener siempre un poco más, sin medir las consecuencias personales y familiares. ¡Todo era poco para sentirnos satisfechos! Ese tipo de mentalidad nos llevaba a cierta enajenación personal y a no encontrar un sentido valedero que nos colme personalmente; porque nos fue quitando la capacidad de estar dispuestos a crecer en el sentido más profundo y a renunciar a aquello que sea necesario para alcanzar los ideales altos.

En cambio, hoy vemos que no podemos seguir como antes, porque todo ha cambiado y tenemos que asumir los contratiempos y peligros presentes, saber tolerar lo difícil de todo esto y encarar con esperanza lo que va a venir, aunque la desconfianza se haga notar. ¿No es esta una oportunidad para aceptar las contrariedades que tenemos y asumir con fortaleza lo arduo, para transitar con apertura el desafío de madurar en lo que implica reflexión, aceptación, esfuerzo y trabajo?

Esperar más allá de lo que percibimos cotidianamente, tolerar lo frustrante, renunciar a aquello que no se puede hacer en el presente, aceptar los desafíos y esforzarse, son actitudes importantes para incorporar en estos tiempos rigurosos. La postergación no es negar el anhelo de alcanzar los proyectos, sino diferir su logro y satisfacción, y educarnos en la capacidad de esperar, trabajando en el presente para que las cosas se alcancen en

el futuro. Esta enseñanza ayuda a toda persona a fortalecer la voluntad, a no desanimarse ante los infortunios que nos presenta la vida y a ocuparse en lo que sea necesario, para superar aquello que ponen en riesgo nuestros planes.

En concreto, ¿cuáles son los peligros que tenemos que afrontar?, ¿qué significado tienen hoy las palabras de Jesús que nos invita seguirlo cargando su cruz?

· Con valentía para encarar

Para asumir con integridad las contrariedades y los peligros, debemos aprender “a relativizar el mal, es decir, a no absolutizarlo, a ponerlo en relación con el futuro último, a situarlo en su verdadero lugar, a vivirlo en sus verdaderas dimensiones ‘Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros’ (Rom 8,18).

Por otra parte, esta esperanza se vive prácticamente descubriendo que no hay ninguna situación, por muy difícil que sea, que no esté abierta al amor de Dios. No hay sufrimiento, problema, crisis, ni siquiera pecado, que no pueda convertirse en posibilidad de crecimiento y renovación. En la vida siempre hay salida. Así dice el resucitado ‘He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar’ (Ap3,8)” (José Pagola).

Encarar la vida de este modo, nos lleva a descubrir las exigencias de seguir un camino que reclama esfuerzo, pero también, nos conduce al crecimiento personal y a no darle una importancia superior a lo que no podemos hacer, a las renuncias y a los obstáculos. Porque tenemos confianza que podremos lograr cosas superiores, si sabemos conectarnos con lo que es más exigente y ponernos en clave de esperanza. ¡Esto es lo que atrae y justifica la entrega y las renuncias, lo que es bueno, lo positivo!, es la fuerza irresistible para no abandonar la lucha.

Ante el panorama preocupante que tenemos, ¿qué esfuerzo se nos pide hoy para estar dispuesto a resistir y no amilanarse ante lo más difícil?

El profeta Jeremías tiene que enfrentar la persecución de muchos, que quieren acallar su mensaje y acobardarlo en su entrega. Pero él siente un empuje interior que nada ni nadie lo puede detener en medio de tantos riesgos; dice el texto: “Porque la palabra del Señor es para mí oprobio y afrenta todo el día.

Entonces dije: ‘No lo voy a mencionar, ni hablaré más en su nombre’. Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía”. Cuando hacemos nuestras tareas impulsados por la fe, no importan el esfuerzo ni las inseguridades, sólo miramos lo que tenemos que asumir, porque nos moviliza una fuerza interior.

¡Qué el Señor nos ayude a afrontar los riesgos y a no dejarnos desalentar por aquello que es difícil y desconcertante!

Pbro. Alberto Fogar
Párroco Iglesia Catedral
(Resistencia)

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