Esta forma de crianza grupal se genera, principalmente, por una necesidad de las familias cuyos integrantes pasan largas horas fuera del hogar y precisan que otras personas cuiden a los niños en su ausencia. Pero los jardines maternales no son simplemente un espacio donde “cuidan” a los niños sino que deben cumplir otras condiciones que garanticen el crecimiento y desarrollo apropiado de ellos.
Una cuestión en la cual no suele pensarse de manera adecuada o tenida a menos es precisamente en la capacitación del personal que tendrá a cargo los niños. Lógicamente me refiero a lo formal, en cuanto a estudios referentes al aprendizaje y los diferentes periodos que se atraviesan durante estos años tan importantes, pero también quisiera ir un poco más profundo.
Sabemos qué bebé y mamá forman una relación íntima y exclusiva que tiene carácter fundante para el desarrollo del infante. Por este motivo no solamente importa la formación profesional sino también el grado de salud mental que tenga la persona a cargo de los niños, ya que la misma deberá cumplir una labor importantísima. En este sentido, los psicólogos que trabajan en las instituciones deberán asegurarse que el personal tenga las aptitudes requeridas para hacer frente a esta tarea.
Durante los primeros meses del bebé la cuidadora/el cuidador deberá ser muy perceptiva/o al mensaje que el bebé transmita, de manera tal que sus necesidades puedan ser atendidas en forma urgente.
Precisamos comprender y valorar el rol de la persona que cuida, la importancia afectiva que tiene para el bebé en un tiempo que podríamos denominar como crítico debido a su gran inmadurez y absoluta dependencia emocional con el adulto. A esa edad, aún no pueden esperar y precisan de un compromiso y entrega absoluta.
La cuidadora / cuidador no es simplemente quien cambia pañales o da la mamadera en forma mecánica, pues los niños precisan algo más que la satisfacción de necesidades corporales, precisan también de miradas tiernas, sostén y contacto corporal adecuado, palabras y canciones, precisan ser mecidos. Mediante todas estas acciones es que el bebé podrá ir generando un vínculo con esta persona, sintiéndose seguro y contenido.
Por supuesto que cada niño/a es único y tendrá demandas diferentes, esto significa que se debe respetar los ritmos propios de cada uno, intentando no poner rutinas que atenten contra ellos (por ejemplo cambios de pañal o alimentación por horarios establecidos rígidamente).
Todo lo expuesto nos lleva a reflexionar también respecto a la cantidad de niños que una sola persona puede tener a cargo, dándonos cuenta que a veces es muy inferior a lo que efectivamente sucede en las instituciones.
Otro factor a considerar es la estabilidad del personal de la institución, ella es imprescindible para la construcción de los vínculos. La continua rotación de cuidadores/as no favorece que el niño se desarrolle en un clima seguro afectivamente.
Concluyendo, es importante que las instituciones junto a madres y padres puedan tener una comunicación abierta, enfocándose siempre en las necesidades de los niños y las niñas. Entendiendo que la sala de bebés debe garantizar la continuidad de lo que el niño debería recibir en su casa, esto es, amor y seguridad por sobre todas las cosas.
El objetivo siempre será apuntar a la construcción de modalidades vinculares más sanas juntos, lo cual derivará en niños y niñas felices.

Melisa Alderete es Licenciada en Psicología (MP Nº 385),
especialista en Psicoperinatología y Puericultura – Cel: 362 – 4657934

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