La Polinesia Francesa: el lugar ideal para lunas de miel

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Este paraíso oceánico siempre estuvo asociado al hiperlujo . Para los argentinos, la Polinesia Francesa, compuesta por 118 islas y atolones, organizados en cinco archipiélagos, es un destino de lunas de miel a la medida de recién casados. Un lugar lleno de magia y aguas cristalinas soñadas para disfrutar!

En cierto modo, la frecuencia de los vuelos le juega bastante en contra a la Polinesia Francesa, que recibe 200.000 turistas al año. En comparación, esa es la cantidad de gente que visita Hawái en una sola semana. En cuanto a los argentinos, en 2016 ingresaron 2556 pasajeros a Papeete y, según datos del ente de turismo local, fue la primera vez en mucho tiempo que esa cifra superó a la cantidad de turistas brasileños y chilenos.

Para orientarse, desde Google maps se puede ver que Tahití está perdido en el medio del Pacífico, casi a mitad de camino entre Australia y Chile. Se entiende que sea un paraíso no tan descubierto porque realmente es difícil llegar desde casi todos lados (Sudamérica, Estados Unidos y Europa). Lo bueno es que se puede ir durante todo el año: hace calor para andar en remera y ojotas durante el día y la noche -los meses húmedos son de noviembre a enero, pero tampoco llueve tanto- y no hay temporada de huracanes. El fenómeno climático más grave de los últimos 35 años fue un ciclón.

La isla más explotada turísticamente es Bora Bora, donde hicieron pie las grandes cadenas hoteleras. También es famosa Tetiaroa, el atolón privado de Marlon Brando, que se enamoró del lugar cuando vino en 1962 a filmar El motín del Bounty. Pero, a menos de una hora de avión por Air Tahití, hay muchísimas islas más por conocer, como Ahe y Raiatea, por citar algunas, cada una diferente a la otra.

Tahití, la reina

En el aeropuerto internacional de Tahití-Faaa, al recién llegado le cuelgan collares de caracol y flores de Tiaré, le cantan un par de canciones con ukelele y le conceden algún baile típico.

A pocos minutos del aeropuerto se despliega la europeizada Papeete, conocida por sus jardines, sus roulottes (puestos de comida al paso) y un colorido mercado de artesanos bajo techo en el centro. Se recomienda el restorancito que hay en el primer piso de este mercado, en donde se come el mejor atún crudo con leche de coco de Tahití.

Un rasgo distintivo de la ciudad es que todos sonríen sin motivo evidente. Y la verdad que no parece una impostura para quedar bien con el turista de estación sino una especie de alegría complaciente. Aquí no hubo una colonización violenta y quizás esa sea la raíz de todo; cuando los europeos desembarcaron en estas islas, los tahitianos se rindieron a un razonamiento sencillo, que sería algo así: estos tipos tienen armas y su Dios es más fuerte. Quedémonos en el molde. Por eso aceptaron a los protestantes y, entre otras cosas, terminaron con el hábito del canibalismo, que se practicaba sobre todo en las Islas Marquesas, los bailes tahitianos, los tatuajes y el andar desnudo por ahí.

Una buena forma de conocer Tahití es navegarlo, surcando en lancha el canal de entrada de la laguna de Vairao, donde las ballenas jorobadas asoman el lomo entre principios de julio, cuando florece el atae, también conocido como árbol de ballena, y finales de octubre. Vienen a reproducirse en esas aguas cálidas para luego, emprender su viaje hacia el Antártico.

El guía del barco pone la proa hacia Fenua Aihere, la zona de la isla en donde se terminan la carretera y también la electricidad y el agua corriente. Durante la navegación, se pasa por el lugar en donde se forma la mítica ola de Teahupoo, una de las más famosas del mundo para los surfistas, que alcanza hasta ocho metros de altura. También hay locaciones memorables para bucear, como la pipa maravillosa, en la parte oeste de la laguna, en donde enormes pedazos de coral suben en cilindros para formar una pared submarina de 25 metros.

Luego va hacia la costa y se nota el lado más salvaje y frondoso de Tahití, con el monte Ronui vigilando todo desde sus 1332 metros de altura y hermosas cascadas fileteando en las montañas. El barco entra por el río Vaipori, que en tahitiano significa agua en la oscuridad, y amarra entre los árboles. Al bajar a tierra, se descubre un lugar mágico: un bosque de castaños (mapes) que componen un paisaje entre lúgubre y prehistórico, salpicado por gallinas salvajes que corretean buscando comida. Después de las cinco de la tarde, cuando empieza a bajar el sol, caerán las flores del árbol de Purao, tiñendo el piso y el aire de rojo.

En Vaipori aparece la entrada a un pequeño espejo de agua dentro de una gruta. Hay que bajar una pendiente y, cuando la vista finalmente se acostumbra a la oscuridad, se nada por esas aguas silenciosas hasta tocar el fondo de la cueva. Cuenta la leyenda que en esta caverna se refugió un príncipe que se había enamorado de la hija del gran jefe de Teahupoo, pero antes de entrar a la cueva tuvo que matar a dos lagartos gigantes. Cumplido el ritual, príncipe y princesa (el detalle es que eran medio hermanos) vivieron felices escondidos en esta penumbra. Ahí mismo, en la oscuridad más tranquila, hay que pedir un deseo. Luego el barco va hacia los acantilados de Te Pari, en donde hay más locaciones de buceo al pie de una cascada, y luego hasta la bahía de Faraoa, punto final del tour marítimo.

Moorea, la isla de ananá

En la isla de Moorea, que durante el siglo XV supo estar habitada por 40.000 habitantes pero hoy sólo tiene 18.000.

Una de las mejores excursiones para hacer en Moorea (además de nadar con delfines en el Moorea Dolphin Center): recorrer en auto o a caballo el valle de Opunohu, que en realidad es la inmensa caldera verde de un volcán, completamente tomado por plantaciones de ananá y vigilado por la montaña de Mouaputa, que parece una cara mirando al cielo. Es tanta la cantidad de piñas y tan fértil la tierra (quien plante una semilla de mango tendrá un arbolito en dos semanas) que los recolectores tienen que cosechar cada dos o tres días para no verse desbordados de ananás.

Recorriendo el valle se pasa por el Colegio de Agricultura, en donde venden helados de flor de Tiaré, y se ingresa a uno de los templos (Marae) más importantes de la Polinesia (se estima que hay más de 900 en todas las islas). En este caso no se trata de una edificación construida sino de un rectángulo repleto de piedras; los tahitianos, que son muy supersticiosos, dicen que jamás hay que levantar una roca dentro del templo.